Crónica de domingo: El poco descanso de los justos

Crónica de domingo: El poco descanso de los justos
Crónica de domingo: El poco descanso de los justos

El día me ha golpeado fuerte. Me pateó las costillas. Me atenazó los hombros. Me hizo añicos el cerebro. No soy un hombre, sino un refugiado de guerra con la cara tiznada de carbón en vez de pólvora. No soy un hombre, sino un peregrino con los pies destrozados por recorrer las iglesias de la santa carne a 800 pesos la libra. No soy un hombre, sino una cansada criatura que necesita dormir para convertirse otra vez en lo más parecido posible a una persona.

Lanzo los escombros de mí sobre el lecho. No tengo fuerzas siquiera para sentarme con calma. Ella está al otro lado del colchón. Ya duerme. Envidio su manera de desconectarse de la realidad. Entre ambos hay un ventilador recargable. De esa manera nos corresponde la misma cantidad de fresco.

Sin embargo, este resulta un alivio pobre. La potencia del aparato no basta para espantar este calor húmedo, metiche, sin final ni principio del casi verano de Cuba. El ventanal está abierto de par en par; no obstante, corre solo una mínima brisa. Esta trae consigo los olores del basurero cercano. Perfumes de cartón embarrado de huevo. Colonia de pepino echado a perder. Aromas de vertedero Gucci.

Sudo y sudo. Imprimo mi contorno en la sábana. Pienso en las líneas blancas con las cuales marcan los cadáveres en las escenas del crimen. Trato de ser eso, un cuerpo en reposo absoluto; pero un mosquito me pica en el empeine y me recuerda mi propia mortalidad, lo jodidamente vivo que estoy y, por tanto, todo el dolor que puedo llegar a sentir.

De los cuatro bombillos del ventilador solo queda encendido uno. No durará demasiado. Pusieron la corriente en la tarde dos días atrás. El equipo no ha podido cargarse por completo, tampoco las lámparas.

El cuarto está a oscuras. La única claridad proviene de la luz reminiscente de la casa del vecino, donde hay una planta eléctrica. Qué triste recordar cómo se siente dormir una noche entera con electricidad. A veces es como si tratara de rememorar mis reencarnaciones pasadas, cuando fui árbol de azahar o pocero en un pueblo de la Ruta de la Seda o yo mismo cinco años antes.

Agarro un poco de sueño, pero me preocupa el momento exacto cuando no oiga las aspas girar. Ahí me terminaré de derretir. Me convertiré en sudor. Transitaré de sólido a líquido. Me filtraré por la guata y desapareceré. Quiero creer que cuando eso suceda no me enteraré, porque estaré rendido, inconsciente. Si por un milagro de los dioses, quienes emplean las calderas de las termoeléctricas como tambores sagrados, la corriente llegara, habría que levantarse a ablandar frijoles, encender la turbina, cargar los móviles, terminar de centrifugar la ropa en el corazón de la lavadora. No sé si deseo eso, aunque lo necesitamos.

Caigo en una media nada. Aún no duermo, pero tampoco estoy despierto. Creo que alcancé mi cometido. Unas voces altas me sacan de la modorra. Algunos vecinos salieron a la calle. Se gritan los unos a los otros. Me asomo al ventanal. Alguien aprovechó la oscuridad para prenderle candela al basurero. Ella no se entera de nada, realmente envidio demasiado la impasibilidad suya, semejante al mármol de los ángeles.

El incendio se ha expandido rápido. La gente teme que se propague a los hogares cercanos. Le lanzan un par de cubos de agua. Lo sofocan, al revolver los deshechos con haraganes. Al final, logran apagarlo. Mas, la algarabía interrumpe mis intentos de llegar al sueño de los justos. Hoy no dormiré.


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