Liliam Padrón: Dedos en cruz y un Premio Nacional de Danza

Llaman a Liliam Padrón al escenario para que reciba su Premio Nacional de Danza. En los altavoces repiten su nombre dos o tres veces. «Me estoy poniendo los zapatos», responde ella desde atrás del telón. Sin embargo, por el apuro al minuto, «No le dan tiempo a cambiarse a una», exclama en jarana, mientras aparece descalza.

Los dedos de los pies de Liliam arman cruces, muchas cruces. Los observo como pisan y me recuerdan a la Santa Cruz: suerte, redención y sacrificio; también me trae a la cabeza la X en los mapas de los tesoros y esa letra, con sus líneas cortantes, a las confluencias. Esos pies son polisémicos.

Ahora esos pies se aferran al tablado de la sede del Teatro El Mirón Cubano, como si lo bendijeran. Aguantan ahí, quietos, tal vez eso de estar quietos, les cueste demasiado, pero aguantan ahí, mientras diferentes instituciones y personalidades le entregan a su dueña distintos reconocimientos.

Hace unas semanas se conoció la obtención del galardón a la obra de la vida a Liliam Padrón Chávez, primera matancera en recibirlo; sin embargo, solo este 29 de junio se hizo la entrega oficial. Ella decidió esta fecha para homenajear a su maestro Ramiro Guerra.

En una ceremonia pequeña, dada la poca capacidad del lugar en cuestión, ella hizo lo que debía hacer: bailó. No podía ser de otra manera. La tarde era una coreografía de luces biorritmos. Interpretó tres piezas Eclipse, Aproximación a la adivinación y La consagración de la primavera. Algunas, en solitario; otras, con integrantes de su compañía Danza Espiral.

Solo cuando estuvo satisfecha de los alfabetos que armamos con el cuerpo, con la violencia y contención fluctuante en cada movimiento, de girar para recordarnos la belleza de los regresos, salió a recibir su premio.

Entonces, ahí está ahora, firme, como no debiera estar quien ama el movimiento y la inercia. Le obsequian sus cuadros enmarcados, sus juegos florales, sus artesanías de manos de Mario Sabines Lorenzo, primer secretario del Partido en Matanzas y de José Manuel Espino, presidente de la Uneac en la provincia.

También le hicieron regalos, de manera especial, Rubén Darío Salazar, Zenén Calero y Miriam Muñoz, los tres Premios Nacionales de Teatro. Asimismo, Alfredo Zaldívar y el colectivo de Ediciones Matanzas, confeccionaron un libro arte con poemas dedicados a ella.

Al fin se mueve. Va hasta un micrófono al principio del escenario. Canta un fragmento de Gracias a la vida, de Violeta Parra. Luego recuerda a todos aquellos, quienes de una forma u otra, han incidido en su realización personal y profesional: padres, esposo, hijo, sus maestros, los muchachos de su agrupación. Trata de no dejar a nadie afuera. Es una larga lista; pero dice mucho de ella los intentos para espantar los olvidos.

Termina en medio de un aplauso y con pasos rápidos, con sus cruces que suenan contra la madera, regresa detrás del telón a terminar de ponerse los zapatos.

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