Quien amenaza, ¿a qué le teme?

Las relaciones internacionales están permeadas por los interes y la hipocresía, y en muchas ocasiones, por el cinismo. No obstante , resulta muy difícil encontrar en la historia reciente un ejemplo tan descarado como el que protagoniza cada octubre la diplomacia estadounidense en la Asamblea General de Naciones Unidas (ONU).

¿Por qué ? Pues porque hace más de tres décadas el concierto de naciones ha expresado con abrumadora vehemencia su rechazo al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto contra Cuba, con votaciones que superan los 180 países a favor del levantamiento del cerco. Y, sin embargo, cada año, cuando se acerca la fecha de la votación, el Departamento de Estado desempolva su viejo manual de intimidación y amenazas y se lanza a la caza de votos.

Pese a que el canciller Bruno Rodríguez lo denunciaba hace apenas unos días, esta no es una práctica nueva. Aunque sea notorio —y hasta risible— que el secretario de Estado, Marco Rubio, “nervioso y ansioso frente a otra nueva derrota en la ONU, está presionando y chantajeando a Jefes de Estado y Gobierno de varios países para que cambien su voto contra el bloqueo”.

Mayoría abrumadora de países respalda fin del bloqueo a Cuba
Mayoría abrumadora de países respalda fin del bloqueo a Cuba

Llamadas telefónicas, promesas de ayuda, amenazas veladas sobre cooperación y aranceles. Todo vale para el imperio en esta cruzada por intentar maquillar lo que ya es indefendible en el foro multilateral.

La escena tiene su intríngulis. El mismo gobierno que se llena la boca hablando de “orden basado en reglas” y de “respeto a la soberanía” es el que, pistola en mano, exige a naciones soberanas que traicionen su propia conciencia y el mandato de sus pueblos. Entonces cabría una sola pregunta: ¿Con qué derecho? … Pues con ninguo. En el derecho internacional no existe una norma que faculte a una potencia a coaccionar a otras naciones para que cambien su voto en un organismo multilateral.

Eso no es diplomacia, es matonismo institucionalizado.

Para entender la profundidad de esta agresión, hay que remontarse al origen. El 19 de octubre de 1960, la administración de Dwight Eisenhower declaró un “embargo” a las exportaciones norteamericanas hacia Cuba. Fue la respuesta del imperio ante la nacionalización de las propiedades estadounidenses por parte de la Revolución cubana, un proceso soberano que el gobierno de Estados Unidos se negó a aceptar.

Lo que comenzó como una medida de represalia comercial se convirtió, con el paso de las décadas y la codificación de leyes como la Helms-Burton, en un sistema de asfixia económica integral, con un alcance extraterritorial que viola flagrantemente el derecho internacional.

El recrudecimiento actual es un salto cualitativo en esa escalada. Las órdenes ejecutivas firmadas por Trump —y diseñadas y promovidas por Marco Rubio— en enero y mayo de este año, junto con el sistema de sanciones secundarias que apunta a cualquier entidad extranjera que se atreva a hacer negocios con Cuba, son la expresión más brutal de esa política de castigo colectivo.

Y los datos lo confirman, no es cuento de camino. Según el informe presentado por la Cancillería cubana en septiembre, las pérdidas ocasionadas por el bloqueo entre marzo de 2025 y febrero de 2026 ascendieron a 8 083,3 millones de dólares, una cifra récord, mientras que los daños acumulados superan ya los 178 700 millones de dólares.

¿Qué significan estas cifras? Significan hospitales sin medicamentos, escuelas sin materiales, viviendas sin recursos, una economía entera estrangulada. Significan que cada año, mientras el mundo vota mayoritariamente por el fin del bloqueo, Washington responde con más sanciones. Es una actitud que define a un imperio que no soporta que le digan “no” en su propia cara.

Pero la votación en la ONU, más allá de su carácter simbólico, ya que la resolución no es vinculante, tiene una importancia enorme en el orden diplomático, jurídico y ético.

Diplomático, porque aísla a Estados Unidos y a sus satélites en el concierto de las naciones. Jurídico, porque refrenda año tras año la ilegalidad de una medida que viola la Carta de las Naciones Unidas y los principios de libre comercio. Ético, porque es un acto de dignidad de los pueblos que se niegan a ser cómplices del sufrimiento de Cuba.

Al imperio le queda el consuelo de los votos comprados. Pero esa victoria pírrica no detendrá el clamor de la comunidad internacional. Mientras el Departamento de Estado siga gastando saliva y teléfono en su intento de cambiar votos, el mundo seguirá alzando la voz contra el bloqueo.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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