Libros como Puentes: El cuento que Raúl Flores nos quiere contar
Ya lo de este escritor que una vez vendió el mundo no tiene medida. Se comparte la convocatoria del Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas y el escritor se relame los dientes y busca entre su obra inédita el arsenal bélico-literario más contundente.
Nada de tiro a tiro, se prepara para las ráfagas. Un último vistazo al documento digital. Minutos más tarde envía un PDF para la plica y el otro con la master piece y mientras sigue sentado tranquilito a la espera del veredicto, escribe para otros concursos, que también ganará. Sin levantar la vista del teclado, sonríe a su esposa y le asegura que no se preocupe, que del derecho de autor de Ediciones Matanzas sí comerá.
Y lo tiene más que merecido, porque Raúl Flores Iriarte (La Habana, 1977), es miembro de honor de la plantilla autoral de la editorial yumurina. Dicen que a la tercera va la vencida, pero en su caso hablamos de una cuarta vez.
Su racha ganadora comenzó en el lejano 2010, con la novela Paperback writer. Cinco años después Raulito conquista de nuevo el podio con el libro de cuentos Esperando por el sol y como sus ciclos vencedores son cada cinco años, la soledad del corredor de fondo se vio premiada con dos textos de narrativa, el que correspondía al del 2020 y ahora el del 2025.
Acude a la silla eléctrica va dirigido al público adulto, pero El cuento que yo te cuento sale a la búsqueda y captura de adolescentes, el club de los intrigados por la lectura ingeniosa, esa que reta a los jóvenes con momentos de sorprendentes absurdos. Eso mismo pensaron Nelson Simón, José Manuel Espino y Lidia Meriño, escritores que apostaron por este libro y el cuento protagonista del primer cuento, «El cuento que yo te cuento» que necesita un diagnóstico y pasa por 27 consultorios, habla con 95 doctores, 14 enfermeras y 2 conserjes.
La segunda pieza, «La escuela de los batidos», es mi momento predilecto. Como siempre insisto, cero spoilers, pero no puedo dejar de mencionar lo conmovedora que es esta historia. Entras por un camino a ella y sales convencidísima, una vez más, de que cada familia en el mundo es una entidad única. Por ese cuento ya era merecedor, en mi modesto criterio, del Premio Fundación.
«Deliciadearmas, Panconqueso y el cuadro de Van Gogh que falta en Bélgica» es una locura total para cualquier lector. Me gustan sus estadísticas y las atmósferas del entramado social de cada territorio. Este texto me recuerda las leyendas rusas de mi infancia: un suceso se encadena a otros y la sumatoria de todos resulta en un final épico.
«Títulos» es una queja, creo yo, a la institucionalidad y a poner límites en la infancia. Nada más diré. Es el cuento más breve del volumen. Continúa «Antihéroe», donde Víctor, el niño protagonista, representa las tendencias, las mareas humanas en su vaivén de masas desprotegidas, un texto donde siempre todos me saben a villanos, incluyendo a Víctor.
«El día que se inventó el mundo» es un divertimento del pí al pá. Un génesis muy controversial y amoroso para los niños, a lo Raúl Flores. O sea, lo mismo se puede viajar en un tornado, que regresar a casa en guagua y siempre el jugo de tamarindo será sabroso.
«Comeleón» es una extrañeza, cargado de símbolos y no creo que los lectores todos puedan comprender sus sutilezas narratológicas. Me deja un cierto aire de desamparo narrativo, creo en esas burlas de Raúl Flores, pero compenso con «Bolos como estrellas».

El protagonista niño, a quien le fascina jugar a los bolos, es amigo de un cosmonauta que dirige una orquesta. Pues qué mejor competencia que un partido de bolos entre extraterrestres comedores de pasteles de chocolate y un niño, para determinar si la Tierra es invadida, en dependencia de los resultados del torneo interestelar.
Cierra el texto «Esta historia no tiene final», un cuento a la manera del inicio del libro, con la venia de un personaje simpatiquísimo: Yeni, Yenifer Yenipérez Yeniez, que le gusta como a mí la guanábana. Flores incorpora aquí otros personajes de los clásicos para niños, con unas notas de humor muy cubanas.
Un aparte especial para agradecer a Carlos Molina en su labor como editor y al equipo de trabajo de Ediciones Matanzas.
Está clarísimo que ya Raúl Flores le está haciendo un cuento a Johann E. Trujillo para que vaya preparando el diseño de su quinto libro en Ediciones Matanzas, con la asertividad y buen gusto con que lo ha hecho desde el 2010. Sería para el 2030, si mantiene su ritmo quinquenal de participación.
Queridos narradores que me escuchan, corran por sus vidas y otros derechos de autor. Raúl Flores Iriarte desde hoy ya comienza a afilarse los dientes.
(Por Maylan Álvarez/Reseña leída durante la jornada del Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas en diciembre de 2025, en la Sala White)
Fragmentos de «El día que se inventó el mundo», del libro El cuento que yo te cuento, de Raúl flores Iriarte (Ediciones Matanzas, 2025)
El día en que se invitó el mundo, Carlos tenía cinco ojos y una sola pierna. Esto no era nada raro porque el mundo estaba acabado de crear. Los bosques y los ríos aún tenían olor a nuevo y las montañas parecían recién salidas del lugar donde se crean las montañas.
De los cinco ojos del niño, dos eran azules y los tres restantes eran color café. La pierna le sirvió a Carlos para llegar dando brincos hasta el parque y divertirse junto a otros niños y adultos. Como todo era de estreno, los adultos no sabían lo que era ir a trabajar y las madres tampoco sabían qué hacer con sus criaturas recién nacidas.
Como es lógico en los primeros días, después del parque fueron a la escuela para aprender lo que debe ser aprendido. Pero allí las cosas también eran muy confusas. Los maestros no estaban seguros de nada, y cuando les preguntaban dónde estaba, por ejemplo, España, señalaban en el mapa a Venezuela y aseguraban que ahí se hallaba. Los profesores de matemáticas no estaban muy seguros de cuánto era dos por dos, y los de biología no conocían la diferencia entre un burro y un pingüino.
Carlos se daba cuenta de esas cosas y, al principio, le divertían. Pero después acabaron por molestarle. No era el único. Tres mesas más allá se hallaba una niña llamada Estefanía que tenía dos ojos y dos piernas y tres brazos.
Carlos le preguntó a Estefanía si deseaba ser su amiga y ella le preguntó qué significaba ser amiga de alguien (como recordarán el mundo estaba recién creado y había muchas palabras aún no inventadas). El niño se esforzó por hacerle entender a ella qué significaba ser amigos y ella comprendió que, si tenía cuatro paquetes de rositas de maíz, tener un amigo le aportaba cuatro paquetes más. Estefanía aceptó entonces ser amiga de Carlos, porque le gustaban mucho las rositas de maíz.
Levantaron las manos y le pidieron permiso al profesor para ir al baño. Este no entendía qué significaba.
