La Marina, barrio de Matanzas. Fotos: Izet Morales
Levanta el pulgar hacia el cielo. Quisiera decirme que todo está bien, aunque poco esté bien. Luego, se inclina en el quicio y apoya la espalda contra la puerta en ruinas de una casa abandonada. Toma un buche de “dispensada” en su vaso desechable. Sonríe y un poco de cerveza se desliza por el mentón.
Está relajado. No tiene los ojos duros de quien la realidad le transforma las córneas en cristal. No lleva los hombros caídos. La fuerza de gravedad de Newton no tiene poder sobre él. La fuerza de la gravedad de Cuba no logra asustarlo. No hay lugar en el mundo en que pudiera estar más cómodo… o eso parece.
Ha estado en ese pedazo de muro de La Marina siempre e, incluso, cuando el planeta se convierta en polvo, ahí seguirá. Estuvo cuando el barrio era solo un monte tupido a las orillas del río Yumurí. Contempló desde su quicio el día que apisonaron la tierra para levantar los primeros almacenes y casas.
Cuando se mudaron para allá los primeros negros libertos, observó cómo construían altares y colocaban las primeras ofrendas. Recuerda a los santos traídos desde el África esconderse en las raíces de los árboles, en los manantiales serpenteantes bajo el suelo, en el cielo rajado de luz.
Atestiguó nacimientos, cumpleaños, toques de rumba, demasiadas injusticias históricas y par de datas de dominó. Todo lo sabe. Posee omnisciencia cinco cuadras alrededor. Si tuviera deseos de conversar, si no quisiera disfrutar su cerveza en silencio, mientras escucha la última canción de Bebeshito proveniente de un bafle cercano; tal vez, compartiera algunas de sus visiones.

Hablaría de El Moro, que arregla una bicicleta, sentado, como él en su quicio-trono. Este se jacta, con sus 77, de haber pedaleao hasta Guanábana, a unos cuantos kilómetros de Matanzas, para lucharse unos quilos.
Me contaría sobre una ceiba inmensa, cuyas ramas parecen las varillas de un paraguas y bajo su sombra santa se protege La Marina. Relataría cómo la sembraron, y que su vecina más cercana es descendiente de quien lo hizo. Ahora, la muchacha pone alrededor de sus raíces caramelo, ajiaco, aguardiente para rendirle pleitesía a sus tatarabuelos. En el futuro, sus hijos podrán ofrecer ritos y libaciones por su alma en el mismo sitio.

Con un tono sombrío, como a quien la impotencia lo carcome, hablaría de Salamanca final, donde la ciénaga desea recuperar el terreno perdido durante la fundación de la barriada.


Hoy, por unos salideros desatendidos y porque el barrio no tiene manera de deshacerse de la lluvia cuando baja desde las alturas de la ciudad, parece un pantano. El agua se encuentra estancada, podrida, repleta de excrementos. Los ratones rondan las mesetas de las casas. El dengue acecha para hacerle honor a su nombre africano: una enfermedad silenciosa.

Pregúntenle, por las dudas, a Juliana y Dayami. Cada año, ellas agrandan unos cuantos centímetros el muro en la puerta de su casa para que las aguas albañales no lo sobrepasen, aunque cuando arriban los aguaceros no resultan suficientes. El caudal crece y supera los pequeños diques. Nadie viene. Cabe mencionar que constituye uno de los barrios en transformación de la ciudad.
Él, si tuviera ganas, después de darse otro buche, describiría El Colmado, negocio cercano de donde proviene la canción de Bebeshito. Ahí podrás hallar un variado inventario de artículos: ensalada fría, Cola Loca, Captopril, gorros para dormir. Es y no es, a la misma vez, ferretería, fonda, atelier y punto de encuentro.


Explicaría cómo a los hogares no llega el agua potable. Entonces, unos señores, que empujan carritos criollos repletos de tanquetas, la venden casa por casa. Se quejaría del antiguo parque plástico infantil donde ahora, susurran los vecinos, en las noches, se reúne la gente adicta a las fugas fáciles para consumir el químico.
Enumeraría esquina por esquina dónde la basura se acumula y lucen como barricadas del subdesarrollo. También disertaría sobre cómo las clases sociales eléctricas se notan ahí mismo en sus cuadras de omnisciencia: la mitad de ellas pertenece al circuito priorizado y, en la otra, los hombres se asemejan más a sombras que a hombres, en la noche, por la oscuridad semiperenne.

En ese lugar abundan los santos en los quicios. No los católicos, abrazados por la gloria eterna a través del sacrificio, sino los provenientes de África, aquellos que trascienden gracias a la lucha: el niño de los rayos y las hachas, la señora con una saya ancha como el mar, la joven de los violines y los girasoles.


Quizá podría contar todo esto; sin embargo, no lo hará. Acerca el vaso a su rostro. Huele el contenido. Un poco de espuma se le pega a la nariz. Mira hacia un maribo, una tira de donde cuelgan hojas secas, en el dintel de una puerta. Con él los creyentes tratan de espantar a Ikú, la muerte, de sus hogares. No comenta nada; solo lo observa. Luego, levanta un pulgar hacia el cielo. Todo está bien, quiere decir, aunque poco esté bien.



Gracias , por tan excelente artículo sobre las historias del barrio de la Marina y sus ancestros
Cada vez que conecto por internet diario Girón siempre busco sus artículos sobre la ciudad de MTZ personajes y costumbres
A pesar de su juventud Ud lo catalogó como un buen y eficiente periodista
Deseándole salud éxito en su profesión y mucho optimismo