El reto actual de hacer periodismo. Ilustración: Luis Daniel Báez Ramírez
Hace ya más de 130 años que José Martí fundó Patria, y entonces lo tenía todo en contra. Todavía se le honra con razón cada mes de marzo, porque el periodista, como Martí en su día, aunque siga «haciendo Patria» lo sigue teniendo todo, o casi todo, en contra.
Desde una simple nota informativa hasta el más profundo trabajo de investigación, su eficacia o falta de ella no quedan ocultas a salvo en intramuros, sino expuestas a la palestra pública. Viene en el contrato. Es su nombre el que permanece ahí, para acuñar un trabajo digno o mediocre, una mentira o una verdad.
Y es el público ese juez que dicta sentencia constante porque, entre otras cosas, es su derecho. Para él se hace el trabajo, y más vale que sea sólido y veraz si no se le quiere insultar ni perder. Por eso uno no puede olvidar el consumidor de prensa que lleva dentro, casi siempre ávido, deseoso de haber sido un mejor periodista en todo momento.
Poco antes de iniciar la Jornada de la Prensa a raíz de la cual escribo, se producía un nuevo cambio en el paisaje de la Cuba de nuestro tiempo: el cese de circulación de los periódicos provinciales en su formato tradicional, por tiempo indefinido, con lo cual a muchos se les desdibujó del mapa la figura del viejito leyendo la última edición en su portal.
Pero esa estampa se te desdibuja desde mucho antes, aunque duela reconocerlo, cuando te preguntas qué de bueno habrá para leer en esas páginas y de pronto las abres sin encontrarte entre ellas, sin advertir la crítica necesaria o la revelación imperiosa. Semana en la que dejo de abordar el tema acuciante, semana en la que he fracasado como periodista. Semana en la que lo hago, semana en la que más me vale hacerlo bien, o habré fracasado el doble.
Los otros soportes del clásico sistema de medios, por las inclemencias de la corriente, han dejado de transmitir y emitir a través de antenas y cables. Al menos con la frecuencia y alcance deseados. Pero el problema es extrapolable: ¿no tiene derecho a indignarse el oyente o el televidente cuando enciende la radio o la TV –luz mediante– y, simplemente, no se encuentra allí tampoco?
¿De qué vale entonces al consumidor esperar por nosotros, por nuestro tardío abordaje de los problemas, si lo puede obtener antes, con el quíntuple de inmediatez y redoble de tambores, en cualquier muro de Facebook? Tanto en un móvil suyo como ajeno, donde alguien le enseñe una noticia que nosotros no fuimos capaces de enseñarle.
Por si fuera poco, incluso en estos tiempos de mal dormir, de cargar agua y dividirse en mil trabajos porque la cosa no está fácil, y de los cuales el agente mediático no está exento porque de reportajes y crónicas no se sobrevive, todavía se alcanza a presenciar instantes de un periodismo cubano que no lo parece, ajeno en su conformidad y sosiego a la masa telúrica que estamos, se supone, desandando juntos.
Entonces, ¿qué fue de la energía almacenada para enfrentar todo descaro dicho a la cara de la grabadora? ¿Qué fue del empeño prometido en no publicar por salir del paso, por quedar bien con alguien y ya? ¿Qué fue del periodista modelo que quisimos ser y, quizá, nos adelantamos a actuar como si no nos lo hubieran dejado ser?





Todo eso, confío, subsiste en cada uno de los que sienten, aman y entienden esta profesión como lo que es: una contradicción diaria entre el individuo ordinario y el observador extraordinario; entre el que recibe y el que comunica; entre el que admira leyendo a Martí y el que se mataría por conseguir emularlo.
A veces pienso que toda persona lleva dentro un periodista, en frustración o en realización. Quizá por esa razón, pese al auge de redes sociales, pese a las credibilidades perdidas, pese a mil pesares más, todavía se oyen reclamos tan intensos en cualquier esquina donde te pares y digas serlo: porque en ti, periodista, la gente querría verse. Siempre querrá verse. Por eso haces falta de marzo a marzo. Por eso hace falta que seas mejor.
