
Matanzas tiene tres obras civiles que se destacan por su importancia y utilidad pública: el Hospital de Santa Isabel, el más antiguo en funciones continuas del país, inaugurado en 1836, el cementerio de San Carlos, segundo en área de Cuba, y el acueducto de Burriel, ambos de 1872. Las obras de este último, cuya historia conviene relatar, incluyeron un puente para cruzar los tubos conductores de uno a otro lado del río San Agustín.
Este puente, levantado en 1872, que aún cumple sus funciones es el más antiguo de la ciudad, con la singularidad de ser de tipo colgante, el único en su tipo para una ciudad que se prestigia de tener notables innovaciones y modelos en materia de puentes.

A la característica de ser de tipo colgante añade el curioso hecho de haberse construido no para que fuera una vía transitable, sino para salvar el espacio del cauce fluvial y quizás por ello no haya sufrido el natural desgaste del uso humano continuo o el paso de vehículos. Que se conozca, hasta la fecha, luego de estar en servicio por 153 años, la estructura no ha sido objeto de una reparación capital, excepto algunas labores de mantenimiento.
Se debe a la indagación en archivos del investigador Lic. Jorge Navia Díaz, de la Oficina del Historiador de la Ciudad, una compilación histórica del acueducto de Matanzas, llamado también “Acueducto de Burriel” por el gobernador de la ciudad que en la fecha impulso tanto la obra del cementerio como del acueducto. Llama la atención que el rápido desarrollo de la ciudad, la importancia económica que tuvo, al extremo de ser considerada la segunda de las urbes de la isla, hubiera debido esperar a casi los finales del siglo XIX para tener dos instalaciones de elemental necesidad Matanzas contaba con el beneficio de poseer dos ríos que por el sur y el norte escoltaban la ciudad.
Por debajo del subsuelo estaba presente un generoso acuífero que permitía, pozos mediante, la provisión de agua, además de aquella que vendían aguadores. Debajo de cualquier edificación colonial en pie se esconde bajo el pavimento uno pozo de agua. Sabedores de habitar una locación profusa en fuentes naturales subterráneas, la nueva casa colonial incluyó otro elemento de importancia: la cisterna.
La primera evidencia de un proyecto para construir un acueducto en la ciudad data del 7 de mayo de 1841, cuando los concejales debatieron el oficio sobre “[…] la necesidad de la construcción de una cañería de hierro para proveer a esta ciudad de agua, trayéndose de los manantiales del río San Agustín, cuyos planos se ha prestado levantar, generosamente, don Julio Sagebien]”. Una comisión, integrada por el alcalde de segunda elección don Jaime Saladrigas y el síndico procurador don José Francisco De Aguiar y Loicel, estuvo a cargo del análisis del proyecto, sin embargo no informaron al cabildo de su gestión ni la asamblea volvió a tratar el asunto.
La existencia de manantiales no lejanos, el propio brazo fluvial Sabicú y lo que hoy se conoce como Pon Pon fueron indudables fuentes de abastecimiento de agua sin que por ello fuera preciso desempeñar un gran esfuerzo. De igual modo, cabe pensar que algún vecino se diera a la tarea de convertirse en aguador para beneficio de los estrenados primeros colonos. Fue un privilegio que Matanzas tuviera por lugar de fundación un sitio regido por el signo de las aguas, tanto las dulces como las del mar.
En agosto de 1845 don Manuel Del Portillo, vecino de la ciudad, promovió un expediente ante el gobernador superior civil de la isla con la intención que le concedieran: “[…] la propiedad perpetua del acueducto que se propone construir para traer aguas potables de buena calidad y en abundancia a esta ciudad con el privilegio de no pagar impuesto por 50 años”. Su proyecto tenía por base tomar el agua del río San Agustín en el punto llamado la presa de Contreras y conducirla por medio de una zanja a la parte baja de la ciudad para después distribuirla, a través de carros, a los barrios.
El costo de la obra podía fluctuar entre 150 000 a 180 000 pesos. La idea quedó aprobada, el 19 de septiembre de 1845; su ejecución se consideró ineludible porque: “[…] las aguas de los pozos existentes en la ciudad eran malas, de un color tan extraño y tan fétido que no tenían aplicación alguna a los diferentes usos de la vida». Al cabo, el promotor de la idea, don Manuel del Portillo, retiró el apoyo a la propuesta en 1847.
En enero de 1852 el comandante de ingenieros don Antonio Montenegro, aforó en algunos puntos los cauces de los ríos Cañas y San Agustín. Más tarde continuaron las labores, mas no tuvieron la aprobación del coronel de ingenieros don Francisco de Alvear y Lara y la obra quedó en espera. En el propio año el ingeniero Sagebien propuso represar el agua del río de San Agustín, poco más arriba del punto llamado Paso del Medio, hasta Molinos del Rey, donde emplazarían una máquina hidráulica para bombear por tubería a los tanques de depósitos que tendría la ciudad en la plaza de La Horca, para distribuirla desde allí a toda la ciudad y que ascendiera hasta el segundo piso de las casas más altas de la población. Este propósito estuvo valorado en 84 000 pesos, pero no fue aprobado por el ayuntamiento.

Para febrero de 1857 se designó responsable de la construcción del acueducto al ingeniero civil don Francisco Villafranca. Por renuncia o abandono de algunos colaboradores y los miembros de la comisión, fijaron su atención en el ingeniero civil don Juan Francisco Sánchez Bárcenas quien, a principios de mayo de 1861, fijó su residencia en la ciudad de Matanzas.
Una vez que este concluyó el estudio del terreno pudo exhibir, el 4 de septiembre de 1860, tres anteproyectos donde contempló la conducción de agua para 73 000 habitantes a razón de 140 litros por habitantes. Los proyectos fueron remitidos al gobierno superior civil de la isla. El 10 de febrero de 1861 presentaron un informe en el que ratificaron algunas partes, desaprobaron otras y recomendaron algunos otros estudios.
El nuevo anteproyecto dividió las obras entre los manantiales, las máquinas hidráulicas un canal, un aliviadero para las crecidas, la cañería al depósito de distribución, y su ulterior destino en las calles de la ciudad. El 18 de mayo de 1864, en reunión extraordinaria del cabildo, el secretario leyó un informe en el cual Sánchez Bárcenas concibió construir el acueducto financiado por una empresa o sociedad particular y que después, cobrando un canon por las aguas, recuperara la inversión.

Así entre reuniones, propuestas, ampliaciones, ajustes de presupuesto y demoras, la ejecución definitiva fue tomando cuerpo. De este modo, con la marcha que le imponían los intereses y la necesidad evidente del acueducto se fue desarrollando la idea que desde la citada fecha hasta la inauguración tomaría ocho años más.
Los detalles que marcan la historia del acueducto de Matanzas exceden el comentario breve. En el curso del tiempo las obras fueron discutidas, ampliadas, y reajustadas. Se comprende que los problemas técnicos estaban requeridos de una profesionalidad para la ejecución sobre todo para una ciudad en continuo crecimiento y que la obra al cabo de los años no fuera obsoleta.
El 29 de abril de 1871, en reunión extraordinaria del cabildo matancero, se otorgó a los señores Fernando Heydrich Klien y Gabriel Faura Casanella la concesión para construir el acueducto y operarlo por un término improrrogable de 40 años, que comenzó a contarse el día 23 de junio de 1872, fecha en que oficialmente se inauguró el servicio del acueducto de la ciudad con su puente colgante, 69 días antes que se inaugurara también el cementerio de San Carlos, ambos en servicio continuo de desafiando el tiempo. (Por: Dr.C. Ercilio Vento Canosa)