Noventa minutos para olvidar
Durante más de cuarenta horas un barrio yumurino permanecía sin electricidad. Las casas estaban oscuras, los refrigeradores mudos y los ventiladores detenidos en medio de un calor que parecía no terminar nunca. Tampoco había agua. Era otra jornada difícil en la Cuba de hoy.
Pero aquella noche, en un pequeño negocio privado de la cuadra, una pantalla volvió a encenderse. No fue gracias a la red eléctrica. Una estación de energía cargada con paneles solares alimentó el televisor que transmitiría el partido de Argentina.
Bastó esa pequeña fuente de energía para que el barrio encontrara un lugar donde reunirse.
Llegaron vecinos. Algunos desde la misma cuadra, otros desde calles cercanas y varios simplemente se detuvieron al descubrir que allí rodaba el balón. Los guardias que vigilaban las tiendas en divisas olvidaban por momentos su puesto para seguir una jugada. Los niños, que no podían ver el Mundial en sus propias casas, observaban atentos cada pase, cada ataque y cada celebración. Muchos seguían a Messi con la misma ilusión con la que otros persiguen un sueño.

No todos podían comprar una cerveza. El cartel anunciaba «Cerveza bien fría, 300 pesos», una cifra que para muchos representaba un lujo. Sin embargo, nadie cobraba entrada para compartir la emoción. Bastaba con quedarse en la acera, encontrar un espacio entre los demás y mirar la pantalla.
Mientras el resto del barrio permanecía sumido en la oscuridad, aquel pequeño portal parecía una plaza pública improvisada. Durante noventa minutos desaparecieron las conversaciones sobre la inflación, la falta de alimentos, el transporte, los salarios insuficientes, el calor insoportable y las interminables horas sin corriente. El fútbol consiguió lo que pocas cosas logran en tiempos difíciles: reunir a personas que, por un instante, dejaron de pensar en todo lo que les faltaba.


Estas fotografías no hablan de un Mundial. Hablan de nosotros. Hablan de un país donde la pasión encuentra siempre una rendija por donde entrar, incluso cuando la oscuridad parece haberlo ocupado todo. Hablan de la necesidad humana de reunirse, de compartir una emoción y de sentirse parte de algo más grande que la rutina de la supervivencia.
Cuando el árbitro señaló el final del partido, el televisor se apagó y cada cual regresó a su casa. La realidad seguía esperándolos, intacta. Los apagones continuaban. El agua seguía sin llegar. Los problemas no habían desaparecido. Pero durante noventa minutos, un barrio entero volvió a tener luz.






