Entre el diente de perro y el azul de la bahía, la llamada Piscina de Míster Claude guarda una historia que va mucho más allá de sus piedras.
Nació como parte de un experimento científico extraordinario: en 1930, el francés Georges Claude puso allí en funcionamiento la primera planta termo-marítima del mundo, aprovechando la diferencia de temperatura entre las aguas superficiales y las profundidades de la bahía de Matanzas.



Pero con los años, aquella obra destinada a la ciencia terminó convirtiéndose también en un lugar de encuentro y esparcimiento. Generaciones de matanceros llegaron hasta esta costa para bañarse, compartir en familia y buscar, entre las rocas, una tregua frente al calor del verano.
Hoy, mientras apenas sobreviven la poceta de enfriamiento y algunos conductos tallados en la roca, permanecen también los recuerdos de quienes alguna vez hicieron de este rincón su piscina, su playa y su pedazo de verano.


La historia científica puede encontrarse en los libros. La otra —la de los baños, las familias, los juegos y las tardes junto al mar— permanece en la memoria de quienes todavía llaman a este lugar, simplemente, Míster Claude.





