Llegar a viejo

Llegar a viejo

De niño, cada vez que veía a papá o mamá coger la calle y preguntaba «¿a dónde vas?», siempre respondían: «para viejo». Al principio solo atinaba a reírme. Luego lo entendí en parte, como si se tratara de un destino lejano y abstracto.

Hoy, cuando mis padres tocan las puertas de la vejez y no pocos seres queridos la padecen desde hace mucho, comprendo por fin que todos, absolutamente todos, llevamos el boleto comprado hacia ese lugar llamado «viejo». Lo que no siempre calculamos es con cuánto equipaje de certezas, afectos y seguridades llegaremos a esa estación final de la existencia.

En ella viven hoy poco más de dos millones y medio de cubanos que entregaron su vida a la sociedad. Los mismos que madrugaron durante décadas, que sudaron en fábricas, surcos, hospitales y aulas. Gente que creyó en un proyecto donde la vejez no sería sinónimo de desamparo, sino una etapa de descanso digno, con el respeto ganado por los años de trabajo. La Revolución, desde sus inicios, abanderó la protección de los más vulnerables y sembró en ellos la convicción de que envejecer en Cuba sería un derecho amparado, no una intemperie.

Sin embargo, hoy el país atraviesa una tormenta económica de proporciones complejas, donde se mezclan las medidas de asfixia, los efectos pospandemia y las distorsiones internas de nuestra economía. En ese vendaval, los más expuestos son, paradójicamente, quienes menos fuerza tienen para resistir: nuestros ancianos. La precariedad no golpea igual en un cuerpo de 30 años que en uno de 75. Y a ellos, los abuelos de esta isla, la escasez les toca la puerta con nudillos de hambre, de remedio ausente, de transporte imposible.

Cualquiera que camine hoy por un barrio cubano sabe que el jubilado se ha convertido en una suerte de equilibrista silencioso. Su pensión, que en otro tiempo permitía una vida modesta pero estable, ahora apenas alcanza para unos días del mes. La carne, el pollo, ¡el aceite!, se han vuelto distancias siderales. La comida cotidiana se reduce, con suerte, a un plato inventado con la creatividad que solo la necesidad extrema inspira.

Y si comer es faena, transportarse es odisea. Muchos abuelos han renunciado a visitar a familiares y amigos o a acudir al médico porque no pueden costearse un pasaje en las rutas informales que hoy predominan. El encierro involuntario se ha vuelto una forma moderna de soledad, y las piernas cansadas miran desde el portal cómo la vida pasa sin ellos.

Ante esta realidad, el Estado cubano no ha permanecido inmóvil. En un reciente gesto de sensibilidad, se aplicaron aumentos a las pensiones y jubilaciones, tratando de inyectar un alivio a los bolsillos más desgastados. También se ha instrumentado una medida audaz: que actores económicos no estatales asuman el pago de algunos jubilados, en virtud de aliviar la carga de los bancos.

Reconocer estos y otros aciertos es justo y necesario, pero también es honesto decir que aún no son suficientes para paliar la situación crítica de nuestros ancianos. La brecha entre el salario estatal y el costo real de la vida convierte cualquier aumento en un alivio efímero. Los viejos no piden extravagancias ni lujos; aspiran a lo elemental: un plato de comida, un frasco de pastillas, la posibilidad de transportarse sin que el precio les robe la mitad de la pensión… A quién engaño, ojalá solo fuera la mitad.

Esa insuficiencia duele, porque detrás de cada jubilado hay una historia de entrega, de trabajos voluntarios, de donaciones de sangre, de guardias dobles y triples sin cobrar. El pacto tácito era: trabaja y sacrifica tu juventud, que la sociedad te devolverá cobijo en el ocaso. Pero cuando los años solo trajeron problemas y más problemas, ese pacto se tambalea, no por mala voluntad, sino a causa del desfiladero económico que atenaza al país.

Llegar a viejo debería ser un logro, no un via crucis cotidiano. Nuestros ancianos merecen —nos merecemos todos en el futuro— que la frase «voy para viejo» recupere su inocencia original, la de un destino natural que se alcanza sin miedo, rodeado de una red solidaria que funcione en la práctica, no solo en el discurso.

Hay que volver a mirar a los viejos con la ternura y la urgencia que merecen. Ellos no son una carga; son la memoria viva, los que sostuvieron los momentos más duros, los que no emigraron aunque hayan tenido la posibilidad. Hoy necesitan que la Cuba por la que tanto dieron les devuelva la certeza de que envejecer aquí no fue un error. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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Sobre el autor: Humberto Fuentes Rodríguez

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Matanzas en el año 2024. Egresado del Taller de Técnicas Narrativas del Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Jefe de la Sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Matanzas. Escritor, fotógrafo, trovador y guionista.

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