
El Cinematógrafo: Un blues para los pecadores
—¿Sinners es de vampiros? —pregunto.
—Sí, pero no —me contesta mi amigo, sin poder explicarme.
Días después, cuando veo el filme, comprendo perfectamente por qué no supo responderme. La amalgama temática de Sinners es una respuesta para los que ponen etiquetas al cine: parece un drama racial con tintes musicales, hasta que se convierte en un thriller de vampiros acompañado de una acción explosiva.
Los gemelos Smoke y Stack (ambos interpretados por Michael B. Jordan), veteranos de la Primera Guerra Mundial y exmiembros de la mafia de Al Capone, regresan a su pueblo natal, Delta del Mississippi, con el objetivo de construir un juke joint (club nocturno para la comunidad afroamericana). Compran un aserradero, contratan músicos, decoradores y se reencuentran con fantasmas de su pasado.

Dividir filmes por actos o capítulos es una práctica bastante común, con ejemplos de Tarantino como Pulp fiction, Inglorious basterds y The hateful eight o la reciente The substance, de Coralie Fárgeat. La única diferencia de Sinners con respecto a dichas obras está en su clasificación, no se divide en acto 1 o capítulo 2, pero posee tres momentos de larga duración donde cambian el tono, la música y el enfoque.
Los primeros 40 minutos retratan la vida de una comunidad sureña en los Estados Unidos de 1932. Entre planos generales y escenas violentas se muestra la sordidez de los negocios en los bajos fondos, la belleza virgen de los campos norteamericanos y las diferencias raciales. Un arranque atípico porque, más allá del comienzo, no hay indicio alguno de terror, sino que asemeja más un drama de época.
Le sigue la inauguración del club, bautizado como The Smoke Stack, y funciona como homenaje a la cultura afroamericana y su gente. La música, protagonista indiscutible de la noche, y quizá del filme, se apodera del espectador. No importan prejuicios raciales o creencias religiosas; hasta los que no soportan un musical sucumben al ritmo envolvente del blues.
En medio de la celebración aparecen los villanos, liderados por un vampiro irlandés llamado Remmick (Jack O’Connell). El terror adquiere un rol principal cuando varios personajes pasan al lado inhumano y, de manera predecible, se desata un conflicto sangriento de golpes y disparos, coreografiado como el más puro cine western y de aventuras.
El enfrentamiento, punto central de Sinners, ocurre aproximadamente a la hora y veinte minutos, lo que implanta dudas sobre el ritmo. A pesar de la demora, ninguna de las escenas anteriores se siente forzada o vacía; cada una representa algo y converge dentro de la mezcla de géneros. Ryan Coogler realiza una apuesta arriesgada con la narración, pero acertada por su intensidad y grado de madurez.

Si algo permite que la historia transite con fluidez y ritmo es, sin duda, la variedad de personajes y las interacciones entre estos. Cada uno, además de reflejar un dilema propio, va acompañado de una gran interpretación.
Tal es el caso de Sammie (Miles Catton), conocido como “el predicador’’, joven que posee un talento descomunal para la música; aunque dicho don le trae problemas con su padre, reconocido pastor de la zona que considera el blues como algo pecaminoso y contrario a las enseñanzas de Dios. Este adolescente, por su trayectoria, se convierte en hilo narrativo y sirve de catalizador para el conflicto arte-religión.
Como parte más íntima del contexto histórico se encuentra Annie (Wunmi Mosaku). Su primera aparición asesta un golpe de idiosincrasia; todo en ella desprende un halo de afroamericanismo puro: vestimenta, carácter y tendencias religiosas derivada al hoodoo (costumbre espiritista creada por los esclavos del sur de los Estados Unidos).
Delroy Lindo interpreta a Delta Slim, personaje que es tomado como alivio cómico por sus chistes, sin embargo, algunos de sus diálogos están cargados de complejidad. Refiriéndose al blues, explica que no es impuesto como el Evangelio, sino que es propio, traído de casa (África); enjuiciando a los cristianos de piel negra como practicantes de la misma religión que sus conquistadores. Con acidez y humor, Slim es el personaje más carismático de Sinners.
Michael B. Jordan pone punto final a las críticas sobre sus habilidades actorales con un papel doble bastante complejo; convirtiéndose en una figura capaz de interpretar roles dramáticos y de acción con la misma maestría. Su presencia en pantalla lo asemeja a otros paradigmas del cine de acción como Sylvester Stallone o Bruce Willis.

Los vampiros, como en tantas historias, son seres chupasangre que le temen al ajo y a las estacas de madera, pero poseen algo que los hace diferentes: la música. Su presentación es totalmente atípica; no son atraídos por la sangre, sino por el ritmo hipnótico del blues. En medio del conflicto, y sin perder un tono maduro, protagonizan bailes y coros cargados de energía.
Tanto el IMAX como los lentes de 65 mm alcanzan una fotografía detallista. Cada plano general, cargado de un naturalismo tremendo, resalta el atractivo del entorno en alta resolución. Sin embargo, la búsqueda de la belleza es tan exhaustiva que ciertas imágenes se sienten vacías; más allá de su atractivo visual no poseen nada. También destaca la utilización de planos secuencia.
Uno de ellos, y quizá pasado por alto, es la escena donde una joven cruza la calle en busca de su madre. A lo más puro Scorsese, Coogler filma cómo cambiar de acera significa cambiar de entorno. En una viven personas marginadas, la mayoría de color, mientras que en la otra predomina la piel blanca, con trajes costosos, tiendas lujosas y comentarios racistas.
La escena más memorable, filmada también en plano secuencia, gira en torno al blues. Se dice que los más versados en la música convocan seres de otro tiempo. Mientras Sammie alcanza notas graves con su voz, aparecen espíritus del pasado y el futuro, bongós y tambores rústicos, guitarras eléctricas y dj. Convergen distintas épocas, culturas y sonidos, todos convocados por un mismo ritmo.

Un componente importante, y por momentos excesivo, es la alta dosis de sexualidad. Casi todos los personajes mantienen relaciones sexuales o poseen diálogos referentes a ello. Para la comunidad afroamericana, el sexo puede percibirse como resultado de su fogosidad y escape al marginamiento histórico al que han sido sometidos.
Ryan Coogler tuvo diversas influencias aquí, desde John Carpenter hasta Quentin Tarantino. La secuencia donde todos comen un ajo para comprobar si son humanos se asemeja a The thing, tanto en el suspense como en el humor incómodo. Mientras que la más obvia es From Dusk Till Dawn, por la simple existencia de vampiros y la historia donde los protagonistas deben defenderse de seres sobrenaturales.
De manera directa, pero abarcadora, el título Pecadores recoge a la perfección toda la trama; ni siquiera el componente fantástico impide la humanidad que derrocha esta obra. Al igual que nosotros, Sinners es sexo y sudor, música y disparos, y es, por encima de todo, un recordatorio de nuestro error favorito: el pecado.
(Por: Máximo Enrique Badía Yumar, estudiante de Periodismo)