La tristeza y el asco: el niño que arrastró la corriente

La tristeza y el asco: el niño que arrastró la corriente
El niño desapareció por una alcantarilla abierta en una calle de La Habana. La corriente se lo tragó y ya. Nos recuerda que aquí estamos prestados. La vida resulta demasiado frágil y fugaz.

No obstante, a ese muchacho alguien lo llora, desconsoladamente, porque perder un hijo debe ser igual a que te rajen a la mitad. Alguien no ha podido dormir con la leve esperanza de que se haya salvado, aunque sea irracional; pero la tristeza no sabe nada de lógicas.

Incluso, si no conocieras al niño, por una cuestión de empatía —porque pudo ser ese al que acabas de abrocharle los botones de la camisa blanca para enviarlo a la escuela, o el sobrino que te pregunta si esta vez le trajiste chocolates—, debes sentir el dolor como tuyo.

Lo humano consiste en entender que, como ese infante que la ciudad arrastró a sus profundidades es el prójimo para nosotros, nosotros somos el prójimo para los extraños que coincidimos en las colas, con aquellos que intercambiamos miradas de cansancio en una tarde sofocante, los que debimos pedir permiso para empujarlo y poder avanzar en la guagua.

Por tanto, la empatía —el saber que yo puedo cargar conmigo tus mismas penurias, que yo puedo estar ahí donde tú estás ahora o viceversa— nos debería definir. Resulta una cuestión de amor y de lógica.

Entonces, por qué rayos nadie se lanzó al agua cuando vieron que el muchacho, sencillamente, desaparecía como si nunca hubiera estado ahí. Solo se lamentaban una y otra vez. Cuando la palabra no viene acompañada de actos, es solo letra muerta, ruidos sin concepto. El testigo no tiene que, obligatoriamente, convertirse en héroe, pero tampoco debería quedarse impasible como farallón en la tempestad.

Hagamos un ejercicio de pragmatismo —no quiero llamarlo cobardía—, pensemos que nadie se zambulló en esa piscina urbana de aguas turbias y negras, para comprobar si había alguna posibilidad de rescate, por precaución de no ser arrastrado también. A veces, cuando uno se halla en una situación límite, puede bloquearse.

Sin embargo, lo que no comprendo de ninguna manera, y en eso me considero irreductible, es cómo a alguien se le ocurre compartir el video del accidente en las redes. Imagino a los padres o a los familiares del muchacho, mientras lo observan en bucle, una y otra vez, destrozados, golpeados porque convirtieron su sufrimiento en carroña para los morbosos.

Ya no es solo el no socorrer, sino el sacarle provecho a una desgracia. ¿A la empatía le dimos en el botón de no querer ver dicha publicación en 30 días? ¿Será que la sobredosis de redes sociales nos ha convertido en seres tan ególatras, que nos importan más los seguidores que la ética? ¿Como en el antiguo Egipto, cuando lleguemos al más allá, compararán el peso de nuestra alma contra la cantidad de reacciones en nuestros post y solo si la segunda pesa más alcanzaremos el paraíso de los influencers?

No es la primera vez que ocurre un hecho así, ni será la última. Los buitres seguirán volando en círculos por encima de nosotros en búsqueda de la podredumbre que los sustenta, o porque no saben hacer más nada que eso, rondar con sus alas negras abiertas como un mal presagio. No obstante, cuando sucede, uno siente como un asco por sus iguales.

empatía cero

Cada vez que sucede una muerte accidental, sabemos que intervienen elementos circunstanciales, y otros no tanto. Pudieron intervenir la decisión del niño de cruzar la avenida inundada, las malas condiciones de los desagües pluviales en muchas zonas de Cuba, la falta de supervisión parental o de un adulto.

Las causas se deberán investigar; mas, aunque se busquen decenas de culpables, hay una verdad intrínseca ahí: ayer 24 de febrero se perdió la vida de un niño, una vida aún sin despegar del todo, como un papalote a la mitad entre el suelo y el cielo.

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6 Comments

  1. Es injusta la acusación, porque la persona hacía una directa, y por casualidad filmó la desaparición del niño. No podía impedir que fuera a las redes. Y este tipo de videos, aunque la persona lo borre rápido, alguien lo descarga primero. Pues, entre una cosa y la otra, ya no puedes controlar su viralización, ni su uso inescrupuloso. Es el «precio» de internet 3.0 Mis condolencias a esos padres.

  2. Colega, quien hizo el video se felicitó por haber tomado el instante exacto de la desgracia. Seguro anda por ahí blasonando de su buena suerte. Me asquean también estas conductas.

    1. En total desacuerdo, el video fue casual, una en mil millones y considero una total desgracia presenciar la muerte frente a ti, y más cuando se trata de un alma inocente, así que límitese por favor, mis respetos para los que no se lanzaron a lo incierto con la vaga esperanza de enfrentar lo incierto, sería posiblemente otra familia más llorando una pérdida de haber sufrido la misma suerte, la esencia del problema aparte de un niño solo en plena calle inundada, sientanse esos padres ellos y solo ellos responsables de su desgracia, es un hueco en plena calle, si no era un niño, sería un transeúnte, un auto, un moto taxi, cualquiera pudo haber sido víctima de la falta de gestión y dejadez que sufren los cubanos

  3. Algunas cosas bien. Pero correr en su rescate era tan en vano como peligroso. A la hora de hablar de un rescate se debe tener conocimientos. No es tratar de ser héroes para pasar a ser mártires. La localización exacta de la alcantarilla era imposible saberla por la turbiedad del agua. En el video no se aprecia ningún remolino tampoco. Llegar allí sin medios de protección, al menos una soga, era arriesgar más vidas. Los rescatistas mas avezados, tampoco habrían arriesgado en entrar a un lugar donde la visibilidad era nula, y donde se sabe, que en fracciones de segundos, las presiones que se generan en esos túneles del alcantarillado, deben haber arrastrado al niño decenas de metros.

  4. Me neguè a ver el video, no podía, e igual me sigo preguntando de qué están hecho esos seres que son capaces de tomar un video de ese tipo sin ayudar y con el único afán de «hacerlo viral».
    Una vez mas se demuestra como va en picada la humanidad, como se va terminando el sentido de la solidaridad y el humanismo, pero así estamos en cuba, aunque luego muchos digan que no.

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