
El segundo lugar en toda competencia en ocasiones deja una sensación de derrota que va desapareciendo gradualmente en la medida en que reconocemos que estar en el podio es símbolo de grandeza, sobre todo cuando se ha estado en él varias veces.
Los Cocodrilos, los mismos que lucharon hasta el final aunque las cosas no salieron de manera impecable, tienen en sus manos el trofeo de subcampeones, por segundo año consecutivo, y eso es mucho para celebrar.
Cinco meses transcurridos, prácticas, ajustes, salidas esperadas, otras no tanto; todo quedó en un roletazo por tercera de Javier Camero, fue ese el out número 27 de la 62 Serie Nacional.
La corona se quedó donde estaba, en Bayamo, con los Alazanes de Granma, que tuvieron en el equipo de Matanzas un digno rival, para dar un excelente espectáculo a dos aficiones fieles y respetuosas.
La tropa yumurina que tuvo en duda su clasificación, transitó la postemporada de manera impecable, como un equipo crecido, superior y sobre todo cohesionado.
Sobreponerse a más de 16 bajas en su nómina, algunas de jugadores regulares, no fue tarea fácil. Es, sin lugar a dudas, una hazaña que merece ser reconocida, aplaudida y premiada.
Forzar un séptimo partido en una Gran Final no sucede a menudo, plantarle cara al verdugo de los últimos años tampoco es muy común, aunque varios elementos de juego hayan fallado a la hora cero.
LA RUTA
Entre el séptimo y el octavo puesto se mantuvieron los matanceros durante la etapa clasificatoria. En ocasiones, estuvieron fuera de la línea imaginaria que marcaba la tropa de avanzada, donde militaban los ocho primeros. Así comenzó la ruta que los conduciría hacia la gran final.
De esta manera los momentos tensos iniciaron mucho antes, con el peligro de quedar fuera y enfrentando a rivales directos de alta competitividad y calidad probada; la suerte estaba echada.
El desafío para entonces radicaba en la producción de carreras, pues los hombres con mayor responsabilidad en el line up, aunque exhibían averages ofensivos por encima de 300, fallaban con hombres en circulación, y la casilla de carreras impulsadas marchaba anémica en la mayoría de los casos.
Pero, como los grandes equipos, las piezas claves comenzaron a hacer ajustes con el madero y a producir a la hora buena, apoyando a un staff de picheo de lujo, que cargó sobre sus hombros la mayor responsabilidad en los resultados que comenzaron a reflejarse en el terreno.
Todo funcionaba como un reloj y la defensa fue clave en el camino de cuartos y semifinales, con un campo corto inmejorable, Erisbel Arruebarruena es quizás el torpedero que más rápido suelta la bola en un lance, lo que brinda enormes posibilidades de casar out en la inicial, completar un doble play y sacar a los lanzadores de apuros.

El un dos que hacía con Yadil Mujica en segunda base era cada vez que ligaban un espectáculo aplaudido, incluso en escenarios adversos por la versatilidad de este par que inspiraba al resto a hacer mejor las cosas.
Roberto Loredo, Yariel Duque, Juan Miguel Vázquez, Alain López, y otros, empezaron a tomar protagonismo en varias ocasiones, a hacer lo que les correspondía, y hasta lo que no se les había exigido.
Los cuartos de final pasaron con un 4-1 de ensueño. En ese momento comenzaron a creérselo en serio; surtía efecto el trabajo psicológico realizado por los especialistas y el empuje del cuerpo de dirección.
Ir juego a juego, darle protagonismo a los líderes en los vestidores, fueron las claves para no pensar en los que se habían ido, que, aunque hacían falta, no podían cargar culpas y responsabilidades.
En semifinales se hizo mucho más fácil y un 4-0 daba el puntillazo que necestaban para alcanzar el objetivo de discutir por tercer año consecutivo una final de las series nacionales.
Mientras tanto, el rival hacía lo mismo y avanzaba el mismo día con solo minutos de diferencia, como vaticinando que sería una batalla dura, cruenta y que no dejaría espacio a barridas.
Era Granma, los actuales campeones, que en varias ocasiones habían eliminado a los Cocodrilos en playoff, en finales y se habían convertido en la piedra en el zapato, en la espinita que no habían podido sacarse.
El escenario estaba listo entonces. Comenzaría la lucha por el máximo trofeo del mayor espectáculo deportivo de Cuba.
LA ÚLTIMA BATALLA
División en el Mártires de Barbados, 2-1 en el palacio de los Cocodrilos, llevaron contra la pared a los caballos a su terreno, para disputar el sexto o el séptimo partido.

Estaban a un paso de levantar el título, pero la lluvia, dos malas salidas de Dariel Góngora, errores a la defensa y, sobre todo, la pobre ofensiva matizaron el que podía ser el juego decisivo, y los orientales llevaron la justa a un séptimo duelo.
Y entonces sucedió: con muchas carencias a la ofensiva, los Cocodrilos de Matanzas no pudieron ante los Alazanes y cedieron 4 carreras por 0, en la última batalla de la Gran Final.
Aunque Yamichel Pérez tuvo otra vez una buena actuación, con solo 5 jits y ninguna producción de anotaciones no se puede ganar un juego de pelota tenso y complejo.
Una dudosa jugada en home, que costó dos carreras, puso el puntillazo en el ánimo de los Cocodrilos yumurinos, que acudieron a Noervys Entenza para frenar el ímpetu alazán en el octavo capítulo.
Por enésima vez, el arbitraje da traspiés y empaña esta Serie Nacional en la que han sobrepasado con creces las malas actuaciones de eventos anteriores y, aunque ese hecho no incidía en definitiva en el resultado, sí deja un mal sabor.
Segundos no es la aspiración, pero premia el sacrificio y el talento de un equipazo que muchos no veían levantando trofeos este año, y que hombres lesionados hayan salido al terreno a dar lo mejor es meritorio.
Los discípulos de Carlos Martí mantienen su invicto en cuatro finales y se reafirman como los crueles verdugos de los yumurinos, al batirlos en las cuatro ocasiones que se han visto las caras en postemporadas.
Esta fue la tercera vez que se produce una remontada en los dos últimos partidos en 18 playoffs de definición del premio mayor, hazaña realizada por la bien conocida y temida aplanadora santiaguera de 1999, y por los Industriales del 2010. Además, es la primera vez que se realiza como home club.
Uniformes manchados de tierra, lances espectaculares, jonrones de infarto y la celebración en el medio del terreno son parte de las imágenes que quedarán en la mente y los corazones de miles de seguidores, que recibieron por cada rincón de la Atenas de Cuba y más allá, a unos Cocodrilos grandes y dignos.