Como los niños, yo quisiera no comprender el valor del dinero. Ellos con un billete de cinco pesos estrujado entre sus manitos piensan que pueden comprar el mundo envuelto en papel regalo y con un hermoso lazo mariposa color violeta.
Cuando pasan por delante de la vidriera de una tienda o la puerta abierta de una juguetería particular en la sala de una casona colonial, piensan que, al señalar con un dedo aquella muñeca de las K-Pop Demon Hunter o una pistola de aire con muchas lucecitas rojas, la pueden obtener.
Cualquiera de esos artículos llega a montarse en los 2 000 o 3 000 pesos. Ello sería más de la mitad del salario de un padre con un trabajo de profesional dentro del sistema estatal cubano.
Sin embargo, a un infante no le importa la devaluación de la moneda, el mercado cambiario, la inflación, los bloqueos energéticos. Para ellos Donald Trump puede ser un títere de mano dentro del retablo del televisor y la economía nacional un nuevo juego de la rueda-rueda; giras y giras, pero no sabes por qué ni cuándo se detendrá.
Le corresponde al padre, entonces, agarrarlo del brazo y alejarlo de la tienda, en ocasiones, a mitad de una perreta. Caras rojas. Llanto nervioso. Ira de los inocentes. Tratarás de explicarles, una y otra vez, que ahora no se puede. No son ricos y en el patio no crece ni crecerá el frondoso árbol en el cual las hojas son billetes de dólar.
Ahí se conversará y conversará con el hijo o el sobrino o el ahijado para hacerlos entrar en razón; pero nunca se sabrá quién se siente más impotente, si el niño o el adulto. Este último, aunque lo desee o lo sienta, no puede armar una perreta. Caras rojas. Llanto descontrolado. Agotamiento sicológico del proveedor.
En un país donde incluso los objetos de primera necesidad (alimentos, aseo, medicinas, electricidad, agua) resultan de difícil acceso para la población, no sorprende que otros, a primera vista vacuos, como los juguetes, también se encarezcan de manera particular por considerarse un lujo.
Si a veces mantener las tres comidas calientes de una casa o abastecerse de lo mínimo se complica, imagínense destinar parte del presupuesto doméstico para adquirir juguetes.

Uno de ellos, más o menos refinado o grande, en tamaño infantil, un conjunto para fingir una fiesta del té, una cimitarra de polietileno, pelotas arcoíris de playa, cubos para armar rascacielos a un palmo del piso, cuesta tanto como un file de huevos, como tres libras de carne de puerco, como dos sobres de detergente para lavar. Para colmo, estos, más llamativos por sus dimensiones y sus prestaciones, usualmente atraen la atención de los pequeños.
Existen opciones económicas; por ejemplo, las baratijas ofrecidas por los meroliqueros. Carros diminutos de plástico mal cortado, soldados con la pata coja, dinosaurios de bolsillo. Estos suelen presentar mala calidad y para un rapaz, que quiere todo a sus pies, constituyen una nimiedad.
Los juguetes, más allá de lo lúdico, también poseen un carácter didáctico. A través de ellos, los niños analizan el mundo y lo organizan a su escala. Una Barbie y un Ken pueden ser su familia y ellos, como pequeños dioses, fabrican la realidad en la cual les gustaría vivir. Un balón lanzado a sus manos ayuda a afilar sus reflejos y aprenden a aferrarse a lo querido.
Por ahora, quizás, el precio de estos objetos de aprendizaje y entretenimiento no disminuyan, ni los ingresos personales aumenten. Sería bueno recordarles a aquellos que los comercializan o tienen poder sobre precios y costos, cómo para una persona mayor, agria por los años, podrían no ser tan importantes, pero para un niño curioso y aburrido sí. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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