Alguna vez leí una reflexión sobre el banco del tiempo. Imagina que cada día amaneces con una fortuna de 86 400 a tu alcance para gastarla solo en 24 horas, porque al día siguiente la cuenta se resetea y pierdes lo que no usaste.
Ahora piensa esa fortuna en un año solo para ti, pero incrementada a 31 536 000. Y no, no se trata de dinero, sino de segundos; del tiempo, que también es oro, porque el milisegundo de tu vida que dejes pasar ya nunca volverá.
Quizá por eso siempre que un año se despide haces un balance y analizas lo que hiciste en cada uno de los 12 meses: cuánto aprendiste, los amigos nuevos, los viejos que ya no están, los aciertos y desaciertos, lo que hubieses querido hacer y no tuviste o buscaste espacio para ello, lo que quedó pendiente para el enero siguiente cuando el cronómetro comience otra vez a marcar.
Cada año viene con sus luces y sombras, con una mezcla extraña de dolores y alegrías que, en dependencia de sus proporciones, te dejarán un sabor más o menos agridulce. Pestañeamos y ya el último de los mohicanos se despide —y no justamente el multigalardonado filme del siglo pasado—. A todo galope marcha diciembre para poner fin a 365 días de desafíos compartidos, porque si algo ha caracterizado al 2025 han sido las grandes pruebas que abarcaron multitudes. Como en el 2021, otra vez Matanzas se llenó de números rojos que estremecieron todo un país.

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El revoloteo de un mosquito puso en jaque al sistema de Salud, que no escatimó en estrategias para salvar vidas, entre incertidumbres ante enfermedades conocidas y otras menos habituales, y exacerbadas crisis de combustibles y medicamentos.
Los precios, aparentemente topados, nunca chocaron con sus topes; como versa una frase muy común por estos tiempos: “su límite fue el cielo”. Hubo deudas que crecieron y platos de comida que se transformaron en actos de magia; ancianos a los que la emigración dejó en absoluta soledad.
Hubo enfermos, pérdidas, alumbrones, pero también licenciados e ingenieros egresados de las aulas para volverse útiles a la sociedad, retoños nacidos en medio de la adversidad y amigos reencontrados luego de años de distancia.
Podría ser el 2025 otro de los años más grises, como los de aquel período pandémico que nos llevó al distanciamiento social; pero también en el que más nos reinventamos, nos trazamos salvadoras estrategias para resistir, porque somos soldados de vida, con una entereza tan grande como las dimensiones de nuestro corazón, que sabe compartir el único bocado de comida, el analgésico comprado con el sudor de tantas jornadas laborales, salvar vidas sin importar jornadas de insomnio y extender el abrazo hasta el desconocido.
Aprendimos de derivadas de frecuencia, salideros de calderas, inestabilidades del SEN; los secretos para encender mejor el carbón; cómo estirar aún más la economía familiar; los tratamientos más certeros para el chikungunya; pero sobre todas las cosas: a no rendirnos.
Y podrán estar apagadas las luces de los árboles navideños este diciembre, pero la vida sigue encendida y, con ella, los sueños.
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