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La casa equilátera: las pirámides que aparecieron en La Vigía. Fotos: Raúl Navarro Gónzalez
Los egipcios creían que en las pirámides habitaban las almas después de que abandonaran estas orillas del Nilo; los mayas, que servían para llamar a los dioses del maíz y la lluvia copiosa, como un diapasón de lapislázuli. Algunos piensan que son útiles para condensar las energías del universo y así poder sanar la mente y el cuerpo. Devienen hogar de muertos y periodistas y dioses y matemáticos y economistas.
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Tal vez por esa multiplicidad de significados que las rodean, es que cuando 310 de ellas aparecieron en la Plaza de La Vigía, hace más o menos una semana atrás, muchos se extrañaron. Quizá su impacto no estuvo dado por lo esotérico, sino por lo invasivo de su surgimiento y por la ruptura de la monotonía de un paisaje urbano.
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“Buscábamos eso: llamar la atención del público. En una ciudad tan dada a hacer su vida puertas adentro y en un contexto en que muchos no tienen tiempo de visitar una galería o un teatro, nuestra instalación quiere acercar el arte a las personas”, me explica Rubier Bernabeu.
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Él y Wendy Lora, arquitectos de profesión, son los creadores del Proyecto Casa que se lleva a cabo en la 15 Bienal de La Habana, en la que Matanzas funciona como subsede.
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En bienales anteriores, ya habían incursionado con instalaciones de este tipo. Las escaleras en la ribera de Nárvaez, en que más de un niño se encaramó para llegar al cielo y un adolescente posó a su lado para subir una foto a Instagram, forman parte de su obra.
Contrahuella se llama esa iniciativa anterior y pretendió hacer hincapié en unir las dos orillas del río, la cosmopolita y neoeléctrica del lado del centro histórico de la ciudad y la proletaria de Pueblo Nuevo. Casa continua el afán de los artistas por remendar y zurcir.
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Para ello, su concepción se basa en los diferentes procesos que intervienen en la construcción de un hogar, desde la puesta de los cimientos hasta cómo se humaniza con la suma de recuerdos y subjetividades.
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De la manera en que lo concibieron, su trabajo comenzó desde que visitaron la cantera de donde extrajeron los cantos para confeccionar las pirámides. Este material, como recuerda Wendy, resulta de uso muy local, casi endógeno, de Matanzas —en La Habana se utiliza la piedra y para el Oriente el ladrillo—, y de ahí su elección.
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Rubier comenta que lo sorprendieron los métodos de trabajo que aún se emplean en las canteras: artesanales, sin ninguna sofisticación, solo un hombre con una barrena y un serrote, como mismo se realiza desde siglos atrás. Todo este proceso de sustracción y moldeo se documentó en formato audiovisual.
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Luego, las 310 pirámides, de caras conformadas por triángulos equiláteros, se trasladaron hacia la ciudad. En un primer momento, se emplazaron en el suelo, una al lado de la otra, como un mini-Egipto en el centro de la urbe, como un bosquecillo geológico. Esta primera disposición perseguía el objetivo de que los transeúntes pudieran interactuar con ellas, caminar entre ellas, jugar con ellas; y así sucedió.
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Según cuenta Rubier, hubo niños que se pusieron a limar algunas de las puntas, otros se fotografiaron e, incluso, sin saber quién era él, en una revelación de pragmatismo, le dijeron que con todo ese canto se hubieran podido construir por lo menos un par de viviendas.
En los días siguientes, las pirámides se colocarán una encima de otra, hasta obtener una sola de aproximadamente dos metros cuarenta de altura. Lo llevarán a cabo de forma parsimoniosa. La idea se halla en que los peatones puedan contemplar y disfrutar el procedimiento.
“Las casas se elevan de a poco —explica Wendy— deriva de una construcción colectiva. En tiempos con tantas lejanías y separaciones, queríamos recordarle esto a las personas. De ahí que el proyecto se llame así: Casa”.
“El canto, por la forma artesanal con que se extrae, está lleno de imperfecciones, igual que las familias. Pero con la unión de los diferentes miembros de ella, se logra un hogar”, la secunda Rubier.
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Esta intervención urbana, provocadora, con un concepto de fondo enrevesado, se planeó para que sea temporal. No debe permanecer en la plaza más allá de dos meses. No obstante, Contrahuella también debió ser así, fugaz, y ya lleva cuatro años en Nárvaez, aunque ya se robaron una de las escaleras.
En una casa equilátera, todos sus integrantes cuentan, porque forman parte de un entramado mayor que ellos mismos: la familia, una tierra que horadar para extraerle lascas de cantos. Sin embargo, como todo hogar, se encuentra repleto de dioses, de muertos, de sanación y de imperfecciones.