El sol de las derrotas

Libro El sol de las derrotas, de Leymen Pérez

El sol, que es luz cálida y también fuego arrasador. El sol, que a veces no está, «no llega el sol», se lee en el poema que da título al libro El sol de las derrotas, Premio de Poesía Julián del Casal (2024), publicado por Ediciones Unión.

«Se descompone la fe de mi país, como un cuerpo al que le fallan los órganos, y no llega el sol», escribe el poeta, y este poema “exergo”, sentencia, sustenta su imaginario y su pensamiento, a través de cada poema alucinación.

Y a partir de ese instante emergen los derrotados, los seres que están acabados, los que parecen no tener salvación, los que parecen estar enfermos, invalidados, muertos. Y digo “parecen”, porque en todo eso hay siempre un  aliento de vida, una mínima esperanza, que echa por tierra el famoso texto de Dante Alighieri: «Vosotros, los que entráis, dejad toda esperanza».

Leo a Leymen Pérez, y tengo que adentrarme en un espacio y en muchos, es un viaje, diversos viajes arcaicos y modernos, Homero, Virgilio, Dante, Joyce, Carpentier; pero en los sucesos esenciales en que alguien asesina, alguien devora al otro, alguien baja a la perpetua oscuridad. Hay que sobrevivir en este universo poético, y salgo destrozado, pero a la vez lúcido, reconfortado.

Leymen es un poeta esquiliano, y esa condición trágica está en su libro Subsuelos (Letras Cubanas, 2019) y en El sol de las derrotas. En el primero, más íntimo; en este, desde una perspectiva más colectiva, catártico, subversivo en los profundos sustratos de los versos, de los recursos expresivos, de las ideas, de los artilugios poéticos para organizar los vericuetos de la memoria, la organicidad de los versos, de las tragedias que transcurren.

Los poemas, conectados entre sí, aunque parecen no estarlo, consiguen en sus fragmentos armonizar. Este es un libro de poemas donde, como lector, me siento caminando por Guernika, al estilo picassiano; lo que leemos, lo que nos masacra psicológicamente es el escenario de la hecatombe, y lo que hay en él, vivo: las problemáticas y conflictos de los seres humanos, lo político, lo psicológico, lo ideológico, lo ético, atravesado por la perspectiva estética de Leymen Pérez.

A veces, en un poema tropiezo con un cadáver, me ensucio de sangre, y tengo que mirarme a ver si me falta un pedazo. Les pasará a ustedes. ¿Qué es lo que quedará de mí después de esta experiencia sensitiva al final del viaje? Estoy vivo, convaleciente, muerto, soy el cadáver o el sepulturero, el verdugo o la víctima.

A veces, es el propio Leymen; otras, los personajes que ha creado, que son muchos, un escenario devastado, con seres también devastados que, sin embargo, tienen luz, porque él hace posible que de las piltrafas emerja leve, delicada, la luz, la belleza de la luz, como soles enterrados en los huesos y en las vísceras.

El sol de las derrotas estremece, inquieta, nos interroga, nos hace reflexionar, obliga a volver a otros versos, a otros ciclos estructurales, para reconocer qué es lo que ha quedado vivo. Y eso es lo desconcertante, su filosofía de la existencia y de la poesía, la vocación del poeta, la del testimoniante, como aeda de estos años traumados, y la del constructor de bellezas en los despojos de las palabras y del universo que ha creado, sucesos, personajes, conflictos, espacios y, en ocasiones, coloquios, los seres hablan, y está acotado, porque el diálogo —entre unos y otros, y entre estos y el lector— es constante. Su manera de traducir, reinventar, codificar con los recursos poéticos, una estructura social, un espacio ético, fundamenta las esencias de su poesía y también la condición de ser poeta, que no es cualquier cosa, no es glamour, pedantería, es responsabilidad intelectual.

La lectura de El sol de las derrotas no es sosegada, es inquietante, reflexiva, una activación de los sentidos, de las subjetividades cognitivas, que nos llevan a laberintos conceptuales, a tropos que tienen la furia, la calma, el soplo de la belleza, y capacidad de llevarla a cada instante, a cada derrota, a cada víscera desvencijada, sangre, escombro, sol.

Eso, sol, que es lo que queda en los límites del horizonte.

(Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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Sobre el autor: Ulises Rodríguez Febles

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