Lula en Brasil, de nuevo

A Contragolpe: Lula en Brasil, de nuevo

La noche del 25 de octubre último, Brasil —y toda América Latina— contuvo la respiración. Durante horas, el escrutinio avanzó con una lentitud —para mi gusto— exasperante, como si un continente entero estuviera en una sala de espera de hospital, aguardando un diagnóstico que podía ser fatal.

Y de pronto, cuando el reloj marcaba las 8:46 p.m., la balanza se inclinó definitivamente. Lula da Silva, el añejo metalúrgico de 81 años, el hombre que ya había sido presidente dos veces, que había estado preso 580 días, que había vuelto de entre los muertos políticos para derrotar a Jair Bolsonaro en el año 2022, acababa de hacer algo que nadie había logrado en la historia democrática de Brasil: ganar una segunda vuelta después de haber perdido la primera.

Con el 51,79% de los votos válidos frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro —una importante diferencia de 4,43 millones de sufragios—, Lula sumó más de diez millones de votos entre una vuelta y otra, se impuso en los 27 estados del país y arrebató a la ultraderecha el control del Palacio del Planalto.

La cifra es mareante, pero no debe engañarnos. Lula no ganó por un paseo militar. Ganó por un suspiro, con el alma en vilo, y su victoria no es un cheque en blanco para el Partido de los Trabajadores (PT), ni una garantía de que el bolsonarismo haya sido derrotado. Es, ante todo, una pausa. Una bocanada de aire fresco en medio de una tormenta que no ha amainado. Y como toda pausa, puede ser el preludio de un nuevo comienzo o el simple intermedio antes del próximo acto de la tragedia.

Lula no es un revolucionario radical. Nunca lo ha sido. Lo sé desde hace mucho tiempo. Su proyecto no es el socialismo, ni la abolición del capitalismo, ni la expropiación de los medios de producción. Es un proyecto socialdemócrata, de redistribución moderada, de conciliación de clases, de coexistencia con el gran capital.

Su tercer mandato estuvo marcado por políticas sociales que recuperaron logros históricos —Brasil volvió a salir del Mapa del Hambre de la ONU, la pobreza general retrocedió del 31,6% al 23,1% entre los años 2022 y 2024, los ingresos per cápita de los sectores más pobres aumentaron un 13,2%, se aprobó la Ley de Igualdad Salarial entre géneros y se puso en marcha el programa Pé-de-Meia para frenar el abandono escolar—, pero también, por una alianza con la derecha tradicional que lo llevó a sostener contrarreformas y a convivir con un Congreso dominado por el “Centrão” y por el bolsonarismo.

Como señalan analistas, se dio vuelta una elección que el bolsonarismo ya festejaba. El primer lulismo fue criticado por Perry Anderson por haber mejorado las condiciones de vida de millones de brasileños sin transformar ese respaldo en una fuerza popular activa y organizada. La marca de su gobierno, sostenía el marxista inglés, había sido más bien la desmovilización. Ahí está, considero, uno de los límites del lulismo. Esa redistribución social sin confrontación abierta con las estructuras de poder, y una relación con los sectores populares en la que estos aparecían fundamentalmente como beneficiarios de políticas públicas, antes que actores activos de transformación social y protagonistas de su propio destino.

Y, sin embargo, pese a todas sus limitaciones, pese a todas sus ambigüedades, pese a sus silencios incómodos y a sus guiños al establishment, Lula es infinitamente preferible a la alternativa que representaba Flávio Bolsonaro. Y no se trata de una preferencia menor.

La victoria del heredero del clan Bolsonaro habría significado la apertura indiscriminada de la economía brasileña, el alineamiento directo e irrestricto con Washington, un bloqueo creciente hacia China y los BRICS, y la entrega de los recursos estratégicos del país —petróleo, gas, minerales críticos— a las corporaciones estadounidenses.

De acuerdo con especialistas, cuando parecía que el fin de ciclo se cernía, desde la Casa Blanca no hubo dudas de que, por sus dimensiones, el triunfo de la ultraderecha en Brasil implicaba un giro en las relaciones internacionales de buena parte del planeta y, sobre todo, del sur global. Flávio Bolsonaro no era solo un candidato de derecha. Era el candidato de Trump en Brasil, el peón de la «Doctrina Donroe», el hombre que prometía integrar a Brasil al «Escudo de las Américas» —esa iniciativa militar y de seguridad lanzada por Washington para reafirmar la Doctrina Monroe en detrimento de la soberanía de los Estados— y que se negaba a responder si entregaría los yacimientos de tierras raras y minerales críticos a las empresas estadounidenses.

Pero hay algo más importante que la personalidad de Lula o su programa de gobierno, y es la forma en que ganó. La remontada no fue obra exclusiva de su carisma, ni de la maquinaria del PT, ni de la ingeniería de la «Concertación». Fue el resultado de una movilización popular que modificó la dinámica de la campaña e impuso parte de su agenda.

En la segunda semana de octubre, tras la derrota en primera vuelta, millones de brasileños salieron a las calles. El domingo 11, una marcha ocupó doce cuadras de la Avenida Paulista y tuvo expresiones en al menos 76 ciudades. Los estudiantes organizaron asambleas y campañas en las universidades; se sumaron sindicatos, movimientos sociales, torcidas organizadas y colectivos juveniles. En los barrios y las periferias se multiplicaron las recorridas y las caravanas. Y en el terreno digital, el llamado «Ejército de Lula», organizado en WhatsApp por el diputado André Janones, llegó a reunir casi 11 millones de integrantes, convirtiéndose en una herramienta de guerrilla comunicativa que disputó a la ultraderecha su terreno tradicional.

El resultado fue también a raíz de una conquista concreta, el fin de la escala 6×1, aprobada por el Senado el pasado 14 de octubre con 75 votos a favor y uno en contra, y promulgada dos días después. Una demanda elemental —trabajar cinco días y descansar dos—, pero suficiente para poner en cuestión la organización de la vida de millones de personas. Y no fue una concesión espontánea de las élites, fue una conquista arrancada por la presión social.

Creo que ahí está la lección que la izquierda latinoamericana no puede olvidar. No basta con ganar elecciones. Hay que movilizar, organizar, disputar la agenda y arrancar conquistas. El riesgo ahora, considero, es que esa fuerza en Brasil vuelva a ser tratada como un recurso electoral de emergencia, que los movimientos sociales regresen a sus casas, que las centrales sindicales vuelvan a las mesas de negociación y que la política quede otra vez en manos de los acuerdos entre los partidos y las fracciones empresariales.

Si eso ocurre, el bolsonarismo tendrá nuevas oportunidades. La extrema derecha no desaparece con una derrota electoral, conserva una base social, poder económico, respaldo del imperio y capacidad de movilización.

Esta victoria de Lula, además, tiene un impacto inmediato en la geopolítica regional. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, la derecha y la extrema derecha habían encadenado siete victorias presidenciales consecutivas en América Latina —Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile, Costa Rica, Perú y Colombia—, y en Sudamérica solo Uruguay conservaba, junto a Brasil, un gobierno progresista. La victoria de Lula rompe esa racha y demuestra que el ciclo conservador no es inevitable.

Brasil se consolida como un contrapunto y un freno a los proyectos alineados con Washington. Su liderazgo es fundamental para reactivar la integración regional del Mercosur y fortalecer la CELAC, así como para debilitar el bloqueo de la Casa Blanca contra Cuba. En el escenario global, Brasil recupera un protagonismo perdido, y es que la política exterior de Lula prioriza la reforma de la gobernanza global y la cooperación Sur-Sur.

Para nosotros los cubanos este triunfo de Lula es una buena noticia. Brasil es el mayor productor de petróleo de Latinoamérica, con una utilidad neta de Petrobras que superó los 10 000 millones de dólares, y sus principales compradores son China e India. Estados Unidos y sus aliados no solo desean el petróleo de Brasil, también buscan limitar su venta a los países de los BRICS. Con Lula en el poder, esa presión encontrará resistencia. Y aunque el PT no es un aliado incondicional de la Revolución cubana —ha tenido ambigüedades y silencios que duelen—, su presencia en el Palacio del Planalto es infinitamente preferible a la de un gobierno que habría puesto a Brasil al servicio de la agenda imperial.

Podemos confirmar que Lula volvió a desafiar los pronósticos. A sus 81 años, el hombre que emergió de la clase trabajadora para convertirse en presidente de la mayor economía latinoamericana escribió otra página inédita en la historia brasileña. Pero su victoria no es el final de la historia. Es una pausa. Una pausa que la izquierda debe aprovechar para reorganizarse, para aprender de la movilización que hizo posible la remontada, para no repetir los errores del pasado.

Lula creció más allí donde era más débil, y la participación aumentó entre dos y tres puntos casi en todas partes. Las zonas con más mujeres giraron más hacia Lula, y también las zonas con más población blanca. Señal de que el votante moderado se activó ante un posible retorno del clan Bolsonaro al poder. Pero no solo fue el voto del miedo; también fue clave sumar a la causa a votantes pasivos que terminaron de poner en valor la gestión de Lula.

El desafío que se abre consiste en que la fuerza social que intervino en estas semanas no vuelva a quedar subordinada a los tiempos y los límites de un gobierno condicionado por su fisonomía interna y por la renovada fuerza externa que el bolsonarismo conquistó en el Congreso. La virada fue posible porque hubo millones que no se quedaron en casa. Su mayor conquista sería que tampoco vuelvan a ella después de votar para que sean otros los que escriban el final.

Desde acá apreciamos la victoria de Lula con la esperanza de quien conoce que cada triunfo de la izquierda en América Latina es un golpe al imperio. Pero también con la claridad de quien conoce las trampas de la conciliación y los peligros de la desmovilización. Lula ha demostrado que se puede vencer a la extrema derecha. Ahora le toca demostrar que esa victoria puede convertirse en un proyecto duradero de transformación social. Y en esa tarea, la movilización popular no es un accesorio sino una condición indispensable. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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