Aniversario 50 del Crimen de Barbados
Según las estadísticas el medio de transporte más seguro es el avión. Por ello, aunque en el planeta sucedan miles de accidentes de tráfico, quedan relegados a páginas menores de los periódicos; mientras tanto los siniestros aéreos, sobre todo de vuelos comerciales, se transforman en noticia de primera plana, en triste recordatorio de lo frágiles que somos por depender de las máquinas.
No obstante, si cada desastre de dicho tipo posee su propia importancia por los saldos de víctimas y sus pocas posibilidades de supervivencia, existen algunos específicos que adquieren un valor histórico.

Pueden ocurrir por un descuido humano, por una falla mecánica. No hay intención, solo error. Sin embargo, cuando ocurre la debacle, la caída libre, la explosión suspendida en las nubes por un acto de libre albedrío del hombre, entonces el horror se multiplica.
El 6 de octubre de 1976 un Douglas DC-8 de fabricación norteamericana -si ellos los fabrican, pueden destrozarlo- sufrió un atentado terrorista donde murieron 73 personas. Entre ellos se encontraba el equipo juvenil de esgrima, quienes regresaban después de obtener todas las medallas en el Campeonato Centroamericanos y del Caribe. Una espada por muy afilada nunca será más peligrosa que una bomba.
El objetivo del crimen no iba más allá del pánico, utilizar el miedo para corroer las voluntades, utilizar el miedo a una muerte impredecible e innecesaria como detonante para un país.
Resulta el peor de los hechos, porque involucró civiles, inocentes desprevenidos, muchachos que cambiaron las medallas por el fuselaje metralla; además, su fin no era otro que el terror, el estadío superior de la desesperación.

Por su crueldad permanece en la memoria como una figura indeleble. Si sus ejecutores -los cuales camparon a sus anchas impunes por décadas- era crear heridas supurantes en el consciente colectivo del pueblo cubano, lo lograron en cierta medida.
El dolor no ha cesado; pero con los años evolucionó. La herida supurante se transformó en cicatriz, una línea blanca de bordes irregulares en los libros de historia, en un recordatorio de hasta dónde puede llegar un hombre para probar una idea y lo maquiavélico que pueden llegar a ser sus métodos.
