Mientras el hombre caminaba a grandes zancadas, también blasfemaba palabras y frases soeces, en ocasiones inaudibles. Al mismo tiempo, gesticulaba con ademanes desafiantes hacia algo inmóvil, inerme en el suelo: el enorme basurero y las moscas en derredor, cuya protección fue llevarse un pañuelo, más bien una pequeña toalla en ese formato, a la nariz y la boca. Adherida a sus botas toda la inmundicia reinante, so pena de depositarla quién sabe dónde.
Ustedes, mis queridos lectores dirán: ¡“Bah, periodista… es una realidad que ya no necesita ser contada tantas veces… de memoria la sabemos!”
Sin embargo amigos, disiento de cuantos puedan albergar tal criterio, porque se trata de un mal que se recicla cotidianamente y, al parecer, la solución se envuelve en una densa bruma cuajada de insalvables obstáculos.
No he de referirme al real déficit de combustible que impide mover vehículos de carga destinados al saneamiento de poblados y grandes urbes, sino a otro aspecto no menos vital: la conciencia social del ciudadano en su entorno.
Hace ya algunos años la dirección de Servicios Comunales construyó, con bloques de hormigón, varios depósitos de basura en ambos lados del popular Callejón de Quintanales, arteria yumurina que circunda el reparto Naranjal Norte. Muy bien. Aprecié que la anarquía de muchos para desprenderse de sus desechos cedía al orden calculado con ese fin.

Pero la sistematicidad con que debían limpiar aquellos denominados supiaderos no fue efectiva. Tanto era el volumen de residuales sólidos, que resultó necesario el empleo de palas mecánicas para su extracción. ¿El resultado? Los equipos destruyeron parcial o totalmente los estanques. Hoy solo uno reserva el derecho de ser fiel testigo de aquel empuje. Pero, sin remedio, correrá idéntica suerte.
La fuerza de la costumbre indicó a los vecinos que allí mismo, pero a ras de tierra, debían continuar los vertimientos de cualquier índole. Entonces, llegaron las acciones de los más cercanos al vertedero: limpiaron, cercaron y colocaron letrero de prohibición. Correcto, entiendo yo. Y así fue ocurriendo en cada sitio donde antes hubo un colector…
Es decir, la zona ha quedado desprovista de aquellos puntos vitales para acarrear basura. El regreso a actitudes anárquicas es visible. Jabitas de nailon por aquí… cartones por allá… a pesar de la actitud combativa y enérgica del núcleo zonal del Partido, que preside la excepcional pedagoga Silvia García Álvarez, cuya voz se ha alzado en varias tribunas para denunciar la situación.
Sé de alternativas estatales para enfrentar el problema de la pésima higiene comunal, sin embargo, resultan inestables e insuficientes. Súmese la indisciplina social que malogra cualquier empeño útil.
Valdría la pena, pues, someter a consideración otras propuestas salidas de las masas, porque, al decir del Presbítero Félix Varela y Morales, “El pueblo tiene cierto tacto que muy pocas veces se equivoca, y conviene empezar siempre por creer, o a menos sospechar, que tiene razón”. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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