El 13 de agosto de 2026, el presidente ruso Vladímir Putin aterrizó en Iturup, la más grande de las islas Kuriles, y mientras degustaba caviar local y conversaba con los habitantes, estaba enviando un mensaje que escucharía con bastante atención en Tokio, Pekín y Washington.
No era una visita protocolaria. Era la declaración definitiva de que el archipiélago, arrebatado a Japón al final de la Segunda Guerra Mundial, es territorio ruso y no será objeto de negociación. En ese nuevo despertar de “viejas” tensiones, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi —de quien ya hemos hablado en nuestra sección—, calificó el acto de «absolutamente inaceptable» y aseguró que «hiere los sentimientos del pueblo japonés».
No obstante, la visita de Putin no fue un gesto aislado. Fue la respuesta a un giro histórico en la política de defensa de Japón, que bajo el liderazgo de Takaichi ha abandonado décadas de pacifismo para abrazar un rearme sin precedentes.
Sanae Takaichi, la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra en la historia de Japón, ha impulsado una transformación radical. Admiradora confesa de Margaret Thatcher y fan del heavy metal, Takaichi llegó al poder en octubre de 2025 y no ha tardado en materializar sus promesas.
En los primeros meses de su mandato, flexibilizó las restricciones a la exportación de armas japonesas, permitiendo la venta de material letal en cinco categorías (rescate, transporte, alerta, vigilancia y desminado) a países con los que Japón mantiene acuerdos de defensa. Este cambio supone una ruptura con décadas de pacifismo institucionalizado tras la Segunda Guerra Mundial.
China, que ha protestado airadamente, acusa a Japón de «militarización imprudente» y de abandonar los principios del artículo 9 de su Constitución, que desde 1947 le prohibía mantener fuerzas armadas con capacidad ofensiva.
Takaichi ha ido más allá y ha respaldado públicamente la posibilidad de que las Fuerzas de Autodefensa japonesas respondan militarmente ante un eventual ataque chino a Taiwán. Además, ha duplicado el gasto en defensa hasta superar los nueve billones de yenes —unos 58 000 millones de dólares— en 2026, convirtiendo a Japón en el tercer país del mundo con mayor presupuesto militar, por detrás de Estados Unidos y China.
El giro no es solo cuantitativo. Japón está desplegando misiles de largo alcance capaces de golpear bases enemigas y ha iniciado un proceso para modificar el ya mencionado artículo 9 de su Constitución.
El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, ha denunciado esta deriva: «Quienes sucedieron a (el ex primer ministro Shinzo) Abe consideran que los intereses nacionales deben garantizarse junto con Estados Unidos, iniciando la militarización de Japón».
Y no es casualidad que Takaichi haya estrechado lazos con Washington mientras se distancia de Moscú.
Putin eligió el momento adecuado para responder. Un día antes de llegar a Iturup, supervisó la fase final de los ejercicios de la Flota del Pacífico rusa en Sajalín. Durante esas maniobras, afirmó que el potencial de enfrentamiento en la región de Asia-Pacífico está aumentando, y se refirió explícitamente a la postura de Japón: «Japón ha identificado a Rusia como una gran fuente de amenazas. Me gustaría señalar que no estamos amenazando a Japón. Por el contrario, tiene reclamos territoriales contra nuestro país».

La visita a Iturup, la primera de un presidente ruso desde 2010, tenía múltiples objetivos. Por un lado, demostrar que Rusia está desarrollando activamente la infraestructura social y económica de las Kuriles:, donde el mandatario visitó una planta procesadora de pescado, un hospital y una escuela, y destacó la construcción de nuevas instalaciones, incluyendo una planta de energía solar.
Por otro lado, como señala el politólogo Pável Danilin, «el viaje marca una especie de punto final y envía a Tokio una señal clara de que si Japón no está dispuesto a aplicar una política independiente de Occidente hacia Rusia, Moscú no tiene intención de tener en cuenta los sentimientos de otros países».
El embajador ruso en Tokio, Nikolai Nozdriev, fue contundente al responder a la protesta japonesa: las islas Kuriles del sur «son parte integral de la Federación Rusa y pasaron a formar parte de ella tras la Segunda Guerra Mundial sobre bases internacionales legítimas».
La Cancillería rusa subrayó que «las visitas del presidente al territorio de nuestro país son decisiones soberanas exclusivas de la dirigencia rusa y no pueden ser objeto de discusión con Estados extranjeros».
El archipiélago de las Kuriles no es un simple conjunto de islas perdidas en el Pacífico. Está compuesto por 56 islas que se extienden a lo largo de 1 300 kilómetros entre Hokkaido y la península de Kamchatka. La más grande, Iturup, tiene 3 200 kilómetros cuadrados, y en su conjunto suman 10 600 kilómetros cuadrados de superficie. Pero lo que realmente importa no es el territorio, sino lo que hay debajo y alrededor.

El mar de Ojotsk, al que las Kuriles sirven de frontera natural, es el área donde Rusia mantiene la mayor parte de su disuasión nuclear marítima. Allí operan los submarinos portadores de misiles con carga nuclear, que encuentran en las aguas del Ojotsk un santuario protegido de la vigilancia enemiga. Perder el control de las Kuriles significaría poner en riesgo esa capacidad estratégica. Además, las islas poseen depósitos minerales, incluyendo oro y plata, además de una riqueza pesquera considerable.
La Unión Soviética ocupó las islas en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, y desde entonces más de 17 000 habitantes japoneses fueron expulsados. Japón reclama cuatro de las islas más meridionales —Iturup, Kunashir, Shikotan y el grupo de Habomai—, a las que denomina «Territorios del Norte». Pero Moscú ha reforzado su presencia militar en la última década, y la disputa ha impedido la firma de un tratado de paz que ponga fin formalmente a las hostilidades entre ambos países desde 1945.
Por otro lado, lo que hace aún más significativa la visita de Putin, y destapa las asociaciones geopolíticas actuales, es el respaldo explícito que ha recibido de China.
El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Guo Jiakun, se pronunció de manera contundente: «China sostiene que los resultados de la victoria en la Guerra Mundial Antifascista deben ser respetados y defendidos seriamente». Pekín instó a Japón a «respetar el orden internacional de posguerra consagrado en la Declaración de El Cairo, la Proclamación de Potsdam y otros instrumentos jurídicos internacionales».

Esta declaración, inusualmente explícita para la diplomacia china, sitúa la disputa de las Kuriles en el marco de la victoria aliada sobre el fascismo. Es una advertencia clara a Tokio de que cualquier intento de revisar los resultados de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico será considerado una provocación no solo por Rusia, sino también por China. Y no es casualidad que las armadas de China y Rusia hayan iniciado ejercicios militares conjuntos en el mar de Japón apenas días antes de la visita de Putin.
Este rearme japonés y la escalada de tensiones en el Pacífico no pueden entenderse sin considerar el contexto más amplio que se vive alrededor del mundo y la percepción de que la hegemonía de Estados Unidos en la región está en declive. Japón ha decidido acelerar su militarización precisamente porque teme que el paraguas de seguridad estadounidense ya no sea fiable.
La administración Trump, con su política exterior errática y su retórica aislacionista, ha sembrado dudas entre sus aliados. Takaichi, que mantiene una estrecha relación con Trump, parece haber llegado a la conclusión de que Japón debe prepararse para un escenario en el que Washington no pueda o no quiera defender sus intereses en Asia oriental. El rearme es, en parte, un seguro contra la incertidumbre que genera la Casa Blanca.
Pero esta estrategia tiene un riesgo ya que al militarizarse y alinearse más estrechamente con Estados Unidos, Japón está provocando una respuesta coordinada de Rusia y China. La visita de Putin a las Kuriles y el respaldo explícito de Pekín son parte de esa respuesta. El tablero se está reconfigurando, y Japón, que durante décadas evitó el enfrentamiento directo con sus vecinos, se está convirtiendo en el epicentro de una nueva Guerra Fría en Asia.
La visita de Putin a Iturup no fue una provocación gratuita. Fue la respuesta a un giro histórico en la política de defensa de Japón, impulsado por una primera ministra que ha decidido enterrar el pacifismo de posguerra y abrazar el rearme como herramienta de poder. El mensaje de Moscú es claro: las Kuriles son rusas, y cualquier intento de revisar ese estatus tendrá consecuencias.
China, por su parte, ha respaldado a Rusia con una declaración que sitúa la disputa en el marco de la lucha antifascista, recordando a Japón que el orden internacional de posguerra no es negociable. Y Estados Unidos, el garante de la seguridad japonesa, observa desde la distancia, atrapado en sus propias contradicciones.
Como escribió Fiódor Lukyánov, redactor jefe de la revista Rusia en la política global, «anteriormente, el jefe de Estado no visitaba estos territorios para evitar provocar innecesariamente a la opinión pública japonesa. Ahora, el viaje marca una especie de punto final».
Ese punto final, sin embargo, no es el final de la historia. Es el comienzo de un nuevo capítulo en la geopolítica de Asia, donde el despertar del samurái y el rugido del oso ruso se enfrentan en un escenario que amenaza con redefinir el equilibrio de poder en el Pacífico.
Y en ese escenario, entre la pérdida de hegemonía de Estados Unidos —que ya no es una posibilidad remota si no la realidad que está configurando el futuro— y la unión sinorrusa, ¿podrá Japón reconfigurar el tablero geopolítico?
