Japón, ese país que juró nunca más empuñar las armas después de que dos bombas atómicas redujeran a cenizas sus ciudades y su espíritu, está despertando de su sueño pacifista con una energía fuera de lo común.
Bajo el liderazgo de Sanae Takaichi, la primera ministra que dejó atrás décadas de pacifismo para plantar cara a China, el archipiélago nipón está protagonizando el giro militar más significativo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y lo hace con la bendición de un Estados Unidos que, paradójicamente, fue quien le impuso aquella Constitución pacifista que ahora se empeña en desmantelar.

Ya en un momento determinado de nuestra sección analizamos este tema, pero por su importancia, es preciso volver y retomar el análisis, explicar un poco los orígenes y desentrañar qué está pasando en el país del Sol naciente.
Para entender la contradicción que hoy define a ese archipiélago, hay que remontarse a 1947, cuando la Constitución impuesta por los ocupantes estadounidenses consagró en su artículo 9 la renuncia perpetua a la guerra como derecho soberano y la prohibición de mantener fuerzas armadas con potencial bélico. El texto no deja lugar a dudas: «Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación».
Pero la realidad, como suele ocurrir en geopolítica, se encargó de desmentir el papel. Apenas tres años después de promulgada la Constitución, estalló la Guerra de Corea y Estados Unidos exigió a Japón que creara unas «Fuerzas de Reserva Policial» que, con el tiempo, se convertirían en las Fuerzas de Autodefensa de Japón (JSDF). Nacía así la primera gran contradicción, ya que un país constitucionalmente pacifista tenía un ejército de facto de más de 240 000 efectivos, dotado de los equipos más avanzados del mundo y entrenado por los mismos que le habían prohibido tenerlo.
Esta esquizofrenia fundacional ha sido el motor de la política exterior japonesa durante décadas, articulada en torno a la llamada “doctrina Yoshida” que busca priorizar el crecimiento económico sobre el rearme, dejar la seguridad exterior en manos de Estados Unidos y limitar el papel militar a la autodefensa territorial. Un pacto tácito que funcionó mientras el garante americano fuera fiable y las amenazas regionales permanecieran contenidas.
En paralelo a esta contradicción armada, Japón construyó otro pilar de su identidad pacifista: los Tres Principios Antinucleares, esbozados por el primer ministro Eisaku Satō en 1967 y adoptados formalmente por la Dieta —la asamblea u órgano máximo de poder de Japón de acuerdo con la Constitución japonesa— en 1971. La fórmula era sencilla y profundamente arraigada en la memoria de Hiroshima y Nagasaki: no poseer, no fabricar y no permitir la introducción de armas nucleares en territorio japonés.
Pero incluso estos principios, que parecían intocable, están siendo erosionados por el giro militarista. En noviembre de 2025, la propia Takaichi declaró en un debate de la Dieta que «no podía confirmar si los tres principios antinucleares siguen siendo la política oficial del gobierno». Una afirmación que, aunque matizada después, encendió todas las alarmas entre los pacifistas y los supervivientes de las bombas atómicas.
No obstante, es preciso aclarar que este camino hacia el rearme actual no comenzó con Takaichi. Fue Shinzo Abe, su mentor y referente político, quien inició el proceso de reinterpretación constitucional que permitió a Japón ejercer el «derecho de defensa colectiva» y enviar tropas al exterior por primera vez desde 1945. Abe sentó las bases de lo que los analistas llaman la “normalización de la diplomacia japonesa”, un proceso de adaptación a las nuevas realidades internacionales que busca dejar atrás el pacifismo sin incurrir formalmente en el militarismo.
Pero Takaichi ha llevado esta normalización a un nivel que Abe nunca se atrevió a tocar. En apenas meses de mandato, la primera ministra ha flexibilizado las restricciones a la exportación de armas, permitiendo la venta de material letal en cinco categorías —rescate, transporte, alerta, vigilancia y desminado— a países con acuerdos de defensa; ha duplicado el gasto en defensa y desplegado misiles de largo alcance, como el sistema antiaéreo Chū-SAM Kai; ha amenazado con intervenir militarmente si China intenta invadir Taiwán y ha relajado las normas para cooperar en el desarrollo de armamento con aliados más allá del vínculo tradicional con Estados Unidos.
China, como era de esperar, ha protestado airadamente, acusando a Japón de abandonar el pacifismo y avanzar hacia una «militarización imprudente». Pero la administración Trump, lejos de frenar este giro, lo ha alentado activamente, presionando a Tokio para que aumente su gasto en defensa y asuma un papel más relevante en la alianza militar bilateral.
Nuestro artículo anterior sobre el tema —Japón y el abrazo del olvido— aborda precisamente la paradoja de cómo una nación que fue víctima de la barbarie nuclear está dispuesta a convertirse en su perpetradora potencial. Ese texto denuncia el «abrazo del olvido» con el que la élite política japonesa pretende enterrar las lecciones de Hiroshima y Nagasaki para abrazar el rearme como si el pasado no hubiera existido.

En ese texto ponemos el dedo en la llaga, destacando que el giro militarista de Japón no es solo una respuesta a las amenazas externas, sino una decisión política consciente de las élites conservadoras que han encontrado en el “miedo a China” el pretexto perfecto para desmantelar décadas de pacifismo. Y lo hacen mientras la sociedad japonesa, aunque dividida, parece resignarse a este cambio, ya que según una encuesta gubernamental del año 2024, más del 57% de los japoneses cree que su país debería desempeñar un mayor liderazgo en respuesta a las crisis globales.
Para entender la gravedad de este giro, conviene recordar que el militarismo japonés no es un fenómeno nuevo ni aislado. Tiene raíces profundas que se remontan a la era Meiji, cuando la Escuela del Aprendizaje Nacional desarrolló un nacionalismo radical basado en el culto al Emperador. Durante el periodo de entreguerras, el militarismo sentó las bases de un autoritarismo centrado en el Estado que llevó a Japón primero a la invasión de Manchuria en 1931 y después a la Guerra del Pacífico.
La derrota de 1945 fue total y humillante. Pero el militarismo, como ideología, nunca desapareció del todo. Se mantuvo latente, alimentado por los sectores más conservadores de la política japonesa que veían en el pacifismo impuesto por Estados Unidos una afrenta a la soberanía nacional. Takaichi, fan declarada del heavy metal y admiradora de Margaret Thatcher, es la primera ministra que ha logrado canalizar ese resentimiento en políticas concretas.
La ironía más amarga de este proceso es que Estados Unidos, el país que bombardeó Hiroshima y Nagasaki, impuso la Constitución pacifista y “garantizó” la seguridad de Japón durante décadas, es ahora el principal impulsor de su rearme. La alianza militar entre ambos países se ha convertido en «una de las relaciones más sólidas y de mayor importancia en materia de seguridad del mundo», pero su naturaleza ha cambiado radicalmente.
Ya no se trata de un protector que garantiza la seguridad de su protegido, sino de un socio que presiona a Japón para que asuma un papel más activo en la contención de China y en la estabilidad de la región del Indopacífico. La guerra en Ucrania, el conflicto en Irán y la inestabilidad en el estrecho de Ormuz han golpeado las importaciones de petróleo japonesas, mientras la política exterior errática de Trump añade una capa adicional de incertidumbre.
En este contexto, el rearme japonés no es solo una “respuesta a China”, sino también un seguro contra la posibilidad de que Estados Unidos deje de ser un garante fiable. Como señala un análisis de la cadena alemana DW, «la fiabilidad del garante está en entredicho desde que Trump se instalara por segunda vez en la Casa Blanca». Japón se está preparando para un mundo donde tendrá que defenderse solo.
En medio de estas tensiones, el paso más peligroso de este giro militarista es el que aún no se ha dado, pero se está discutiendo abiertamente, y radica en la posibilidad de que Japón desarrolle armas nucleares.
El debate sobre la revisión de los Tres Principios Antinucleares ya está en marcha, y la propia Takaichi ha sembrado dudas sobre su vigencia. Para un país que sufrió el horror de las bombas nucleares, este debate es un sacrilegio. Pero para una élite política que ve cómo Corea del Norte tiene bombas atómicas, cómo China amplía su arsenal y cómo el paraguas nuclear estadounidense se vuelve menos fiable, la tentación es comprensible. No es justificable, pero es comprensible.
El giro militarista de Japón no es un asunto regional. Es un acontecimiento geopolítico de primera magnitud que amenaza con desestabilizar todo el orden internacional. Las consecuencias probables son múltiples y todas alarmantes, en primer lugar porque puede desembocar en una carrera armamentística en Asia Oriental, donde China ya ha respondido incrementando su propia presencia militar en la región. Corea del Sur, que también se siente amenazada por el expansionismo chino, podría unirse a esta espiral, y esto puede encaminar a la región hacia un equilibrio de poder cada vez más inestable.
En segundo lugar, puede ser el fin del pacifismo como modelo global, un aspecto en el que Japón ha sido durante décadas el principal exponente. Su abandono de este modelo envía una señal peligrosa a otros países que podrían sentirse tentados a seguir su ejemplo.
Además, puede surgir un nuevo frente en la Guerra Fría 2.0, ya que la alianza entre Japón y Estados Unidos, reforzada por acuerdos con Australia, India y ahora Alemania, configura un bloque que se enfrenta directamente a la alianza entre China y Rusia, y en donde es preciso sumar también a Corea del Norte. El mundo se está dividiendo en dos campos como en los peores momentos de la segunda mitad del siglo pasado.
Y no por último, menos importante, queda el riesgo de un conflicto por Taiwán. La amenaza de Takaichi de intervenir militarmente si China invade Taiwán eleva drásticamente el riesgo de un conflicto directo entre potencias nucleares. Un error de cálculo en el estrecho de Taiwán podría desencadenar una guerra que nadie quiere pero que todos parecen estar preparando.
Podemos concluir que Japón está cambiando. El país que juró nunca más empuñar las armas está construyendo el arsenal más poderoso de Asia Oriental, bajo el liderazgo de una primera ministra que no oculta su admiración por el thatcherismo y su desprecio por el pacifismo de posguerra. El abrazo del olvido del que hablamos anteriormente es, en realidad, un abrazo a la muerte, la muerte de un sueño, la muerte de una esperanza, la muerte de la posibilidad de que las lecciones de Hiroshima y Nagasaki sirvieran para construir un mundo diferente.
El resto del mundo observa con preocupación. Porque si Japón, el país que más ha sufrido la barbarie nuclear, se dispone a convertirse en una potencia militar de primer orden, ¿qué excusa le queda a cualquier otro país para no hacer lo mismo? El pacifismo japonés no era solo una política nacional. Era un faro moral en un mundo oscuro. Y ahora, de ese faro quedan pocas luces.
