Cuentos para tranquilizar a un niño en tiempos de crisis. Foto: Raúl Navarro González
“¿Por qué?”, pregunta la niña y sigue con la mirada las aspas del ventilador, mientras poco a poco dejan de girar. “¿Por qué?”, repite y agarra con sus manitas el equipo y lo zarandea para darle una vida que ya no tendrá hasta un día o dos después.
Le mentiré. Contaré que dentro de los cables de la pared vive un pececito, amarillo con patrones en las escamas parecidos a relámpagos. Él nada libre y feliz por la electricidad, como si esta fuera un río. No obstante, como es muy glotón, come y come y engorda y engorda. Entonces, a veces, se infla tanto que se traba en las líneas. La energía no llega a las casas, porque el pececito taponea los cables. Su digestión es lenta, muy lenta. Debemos esperar a que se le quite la llenura y no le duela la panza.
No quiero darle la respuesta real. Es demasiado larga y enredada, como un ovillo de luces de Navidad olvidadas en un cajón. Quizá sus colores se apaguen con tanta verdad. En ocasiones, a mí me ocurre, y me hallo gris y marchito; pero yo soy un adulto muerto y resucitado un montón de veces. Ella arma a montoncitos su primera vida.
Si le comparto el relato del pececito con gordura de apagón, debo inventarme otro para cuando se le prohíbe jugar con agua porque en el tanque solo queda la cantidad suficiente para tres fregados, dos duchas y cuatro descargas de la taza.
Ahí tal vez le hable sobre un reino de sirenas en peligro. Un señor malo se roba el agua de su estanque para embotellarla y venderla a 200 pesos el pomo. Nosotros las queremos ayudar y por eso les donamos nuestro preciado líquido. Para que así las muchachitas puedan jugar a crear pelucas con algas y tiaras con corales y cepillos de dientes con anémonas. No es escasez, sino solidaridad con otro reino sumergido.

También necesitaré una excusa para cuando pida una golosina y no se la pueda comprar, porque el precio del arroz y del pollo se subió en zancos y desde allá arriba la saluda orondo.
En dicho caso, le comentaré que la economía nacional es un unicornio temeroso. Él se alimenta de una yerba verde con forma de billete. Cuando alguien lo sorprende mientras mastica, se asusta y echa a correr. Solo logras ver su cola multicolor al doblar la esquina. El dinero no se pierde, solo está escondido y tiembla de miedo por la preocupación de que alguien lo encuentre.
Si sus piececitos se cansan y se hinchan en las sandalias rosas de Dora la exploradora, le aclararé que las guaguas son princesas presumidas. Se demoran mucho para salir de su palacio, porque se untan sombra de ojos púrpura en los parabrisas y creyón en las defensas de acero níquel y le sacan brillo a los zapatos de charol de sus neumáticos.
A causa de esto, no las vemos pasar por nuestro lado en la calle. No escasean, solo siguen el código de etiqueta, el cual dice que hacer esperar a alguien resulta de buena educación.
Todo eso le habría contado. Le construiría castillos en el aire, y una ciudad hermosa donde las hojas de los álamos en las avenidas sean de algodón de azúcar, y un país mágico que pueda echar a andar sus termoeléctricas con la fuerza centrífuga de los columpios cuando se balancean los infantes en ellos.
No me atrevo. No tengo corazón para engañarla de esa manera. Ella vuelve a preguntar “¿Por qué?”, e introduce un dedo a través de la careta del ventilador para hacer girar las aspas. Como no sé qué decir, me mantengo en silencio.


Excelente