El diamante aguarda hoy en silencio, pero todos saben que debajo de esa calma hierve un duelo de orgullos entre Matanzas y Sancti Spíritus en los cuartos de final de la 64 Serie Nacional.
Los Cocodrilos llegan con la convicción del que se ha ganado cada línea de su historia. Fueron segundos en la clasificatoria con 46 victorias —una cifra récord para el conjunto—, y aunque la ofensiva no fue explosiva (.289, justo la media del torneo), su capacidad para producir en los momentos decisivos marcó la diferencia.
Solo tres equipos anotaron más carreras que ellos, y fueron segundos en impulsar el empate o la ventaja con 105 ocasiones. La estadística respalda lo que en el terreno se siente: una alineación que no desperdicia oportunidades, que trabaja cada turno con paciencia, capaz de forzar 398 boletos (segundos en ese apartado). Los matanceros han aprendido a convivir con la ausencia de alguna de sus figuras sin perder el pulso competitivo. Con una defensa de élite (.979, la mejor del torneo) y apenas 59 errores en toda la fase regular, edifican su béisbol desde la solidez.

Sus lanzadores sostienen la estructura con un promedio de carreras limpias de 4.67 (octavos), respaldados por una línea central confiable que conjuga temple y juventud. En Matanzas conviven la herencia de sus títulos pasados y la frescura de los que recién ganan su escudo; la mezcla perfecta entre recuerdo y hambre.
Enfrente, los Gallos, que no prometen estridencia pero sí constancia. Séptimos en la clasificatoria con 42 triunfos, los espirituanos construyen su camino desde un pitcheo controlado y un ataque oportuno.
El cuerpo de relevistas es el más eficiente del campeonato (3.59 de efectividad), guardianes de ventajas que suelen ser mínimas pero valen oro. Su promedio ofensivo (.275) y sus 34 jonrones hablan de un equipo sin brutalidad ofensiva, pero su estadística más reveladora lo explica todo: 109 veces remolcaron el empate o la ventaja, liderando toda la Serie. Cuando hay presión, responden. Aun con una defensa frágil (.966, onceno lugar) y 95 errores que abrieron demasiadas rendijas, Sancti Spíritus se mantuvo. Quizás porque hay batallas que se enfrentan con historia, y la de los Gallos no se mide en cifras: está encarnada en Frederich Cepeda, símbolo viviente de generaciones que se niegan a rendirse.
Desde 1979 no levantan la corona, y sin embargo, su presencia constante en las fases finales demuestra que los símbolos también se baten hasta el último out.
Este enfrentamiento no admite cálculos fáciles. Matanzas defiende con la precisión de un reloj y ataca con nervio y disciplina; Sancti Spíritus espera, mide, aguarda su oportunidad y golpea donde duele. Uno representa el orden del poder consolidado; el otro, la fe en el detalle, en el minuto exacto en que el juego cambia.
Ganará el que interprete mejor la grieta, el que vea donde el rival no mira, porque en esta serie, más que talento, se necesita carácter. Cuando el combate comience en el Victoria de Girón o en el José Antonio Huelga, solo uno podrá reclamar lo que todos buscan: el derecho de seguir soñando.
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