A América Latina retornan, con un nuevo autócrata del gran capital al frente del mayor imperio de la humanidad, las políticas imperialistas más burdas. La Doctrina Monroe, el «Big Stick», la diplomacia de las cañoneras y la más abierta injerencia política guían la proyección de Donald Trump hacia la región.
En su corolario sobre la doctrina expuesta por James Monroe en 1823, Trump ve en su país no solo ya al garante de la democracia y la libertad en el hemisferio, sino también al legítimo dueño de las riquezas de las tierras americanas. En virtud de ello, ni él ni su círculo se han comedido en reclamar el control sobre el canal de Panamá, la adquisición de Groenlandia o la devolución del petróleo «robado» por los venezolanos.
El actual presidente de «la mayor democracia del mundo» desnuda como ningún otro las apetencias imperialistas, al punto de causar sonrojo a los más oscuros hegemonos yanquis. Tampoco oculta el desprecio que él y sus semejantes han sentido siempre por cada uno de los habitantes no anglosajones y caucásicos de este continente.
Para Trump y los suyos somos, como bien lo ha retratado su industria del entretenimiento, el cuerpo ignoto que perecerá bajo los bombardeos en nombre de la libertad, el daño colateral, el que siempre se hallará del lado equivocado del gatillo del marine yanqui, el migrante indeseado, el delincuente, el narcotraficante, el terrorista, el pobre, el drogadicto, el bruto, el desechable, la mano de obra barata para su consumo.
Con el despliegue militar en el Caribe y el asedio contra Venezuela, con los helicópteros sobrevolando Caracas, con el bombardeo y el secuestro en la madrugada del presidente de una nación soberana, con las amenazas a Colombia, México y Cuba, con la descarada intervención en los procesos electorales de Honduras y Argentina, Washington nos devuelve a tiempos semejantes a los de McKinley —uno de los íconos del ególatra de la Casa Blanca— y Theodore Roosevelt, a la era del traspatio.
El desarrollo histórico sufre una regresión en este lado del mundo. Mas, la desesperanza que hoy monopoliza el presente de ninguna manera puede ser un obstáculo insalvable, un motivo para la capitulación, como tampoco puede serlo la tesis del desarrollo cíclico de la historia.
Si el gran capital y el imperialismo estadounidense se perpetúan hoy apelando a los instrumentos más reaccionarios, irreconociendo los propios mecanismos que antaño sirvieron al equilibrio y el mantenimiento de su statu quo —léase el Derecho Internacional y la inerte Organización de Naciones Unidas—; la alternativa a abrazar no puede ser el llamado a la concordia, el entendimiento o la coexistencia pacífica con el poder hegemónico.
A la reacción solo se puede oponer la revolución. Ni proyectos conciliatorios con el capitalismo y sus sistemas democráticos ni estadistas sin el valor suficiente para inmolarse por el ideal cimero. América Latina debe mirar a ese pasado de tenaces luchas y proyectos contrahegemónicos.

En medio de la farsa y la tragedia que parecen entrecruzarse en nuestro devenir, debe volverse a la raíz más intransigente de nuestros próceres. Debe lucharse, no ya por el triunfo en un sistema electoral funcional a los intereses empresariales, sino por la imposición de una dictadura revolucionaria con control popular.
No ya por la estatización y nacionalización, sino por la socialización efectiva de los medios de producción y los recursos naturales. No ya solo por la educación y la salud públicas, sino también por una renta universal equitativa. No ya solo por la eliminación de la pobreza, sino también de los ricos.

Los revolucionarios, como advertía Fidel Castro en la Segunda Declaración de La Habana, no pueden esperar sentados por las revoluciones, por que pase desfilando el cadáver del imperialismo. «El deber de todo revolucionario es hacer la revolución».
En esta era de inercia —y aun cuando no esté de moda, aun cuando pueda aparentar ser una quimera inalcanzable, una utopía o incluso entrañar un sino trágico— el primer deber ha de ser el de romper con el adormecimiento de las masas, con el embotecimiento rebelde; ha de ser el de despertar —parafraseando a Fidel— esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derecho pisoteado, esa ola que forman las mayorías, los que hacen andar las ruedas de la historia.
