El feeling de Omara Portuondo: un relicario y un regreso

Hay un feeling en Omara tremendo. Ella nos recuerda a cierta parte de la cubanía: un bar con la barra de madera que se barniza con ron añejo, la nocturnidad, un romance en el palmar, la historia de un hombre y una mujer que se quisieron mucho, aunque se hayan tenido que separar.

Hay un feeling en Omara tremendo. Ella nos recuerda a cierta parte de la cubanía: un bar con la barra de madera que se barniza con ron añejo, la nocturnidad, un romance en el palmar, la historia de un hombre y una mujer que se quisieron mucho, aunque se hayan tenido que separar.

Hoy en el programa del Encuentro Danzonero Miguel Failde in Memoriam había anunciado una exposición, Relicario, donde se mostrarían, como expresa su nombre, algunas reliquias de quien es una reliquia de la música cubana, por sagrada no por antigua, porque cuando uno canta así, estrujando el alma dentro del puño, no se pone vieja.

Al llegar el horario de la apertura se comentó que habría una sorpresa, pero todo quedó ahí. El público se reunió alrededor de una estatua de bronce de la Diva del Buena Vista Social Club de Ernesto Milanés y que en su base recoge una frase que ella repite cada vez que le preguntan, después que los años le pasaron factura, cómo se siente, «sana, sabrosa y cubana».

Con la presencia de Indira Fajardo, presidenta del Instituto Cubano de la Música, Pedro Pablo Rodríguez compartió una breves palabras para que el público supiera que econtraría cuando se abrieran las puertas del lobby del Teatro Sauto. Agradeció, sobre todo a Omara y a su familia, por el préstamo realizado. Además pidió que, aunque la sala principal del Sauto se haya cerrada por reparaciones quería que el público pasara a ella para que sintieran el «feeling» del lugar donde más veces ha actuado ella, la mismísima, en los últimos años.

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En la exposición se exhiben varios pañuelos y vestidos suyos, dos Gramys Latinos, el premio a la Excelencia Musical. Sin embargo, lo más importante, lo que realmente puede llamarse una reliquia, era el sombrero de paja que le perteneció a su padre, Bartolo Portuondo, el cual ella trataba de nunca separarse, como si su viejo se hubiera escondido allá adentro.

Hay un feeling en Omara tremendo. Ella nos recuerda a cierta parte de la cubanía: un bar con la barra de madera que se barniza con ron añejo, la nocturnidad, un romance en el palmar, la historia de un hombre y una mujer que se quisieron mucho, aunque se hayan tenido que separar.

Pedro Pablo luego invitó a los asistentes a pasar al salón principal del Sauto, con sus ocho musas en el techo y la araña de cristal que por las reparaciones está a ras del suelo casi.

Entonces se abrió el telón del Sauto, con su puente de la Concordia y el río Yumurí, y ahí estaba sentada, en toda su gloria, como si la gloria fuera ella, Omara, y entonces te percatas que sí, hay un feeling en Omara tremendo.

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