La lealtad, bien preciado

La lealtad, bien preciado
La lealtad, bien preciado

No faltaba razón al que dijo que quedar bien con todos no solo es imposible, sino que intentarlo es una vía muy rápida hacia el fracaso. No sé si es la que más, pero desde luego sí una de las más efectivas. Lo que sucede es que en muchas ocasiones se hace preciso tratar de, al menos, quedar bien con alguien, y, si lo logras, te vuelves más grande que si lo intentas mil.

La lealtad vende libros, películas, videojuegos e historietas. Es un bien preciado en el mercado de los sueños, una garantía de éxito entre el gran público. Todos nos emocionamos cuando un personaje de ficción se juega el pellejo por salvar a otro o no traicionarlo. Resulta épico, gratificante, digno de emular en nuestra trayectoria individual. Prometemos convertirnos en esos ejemplos de mentira, y el día de mañana podemos acabar vendiendo al amigo de verdad. Ocurre.

Es un bien preciado que, en el reducido público de uno, cuando la realidad se impone a la expectativa de cómo debería ser el mundo, se vuelve mucho más escaso. Y no solo eso. Si eres leal, te das cuenta de que existe un precio a cambio: ponerte a muchos en contra por estar al lado de quien no esperaban que estuvieras. Volverte un piadoso entre despiadados, un apolítico entre políticos, un fiel entre infieles, etc.

Se puede ser leal hacia el amigo, la pareja, la creencia, la ideología, la causa, incluso hacia uno mismo. Esto último es más difícil. Una misión realmente titánica, sobre todo cuando persiste la tentación del acomodo, ese “pásate a nuestro bando” que te sugieren con miradas e indirectas aquellos que de momento te superan en número y tal vez no en decoro.

Quizá porque el final de las personas consecuentes consigo mismas no siempre es idílico, de happy ending ni de cartón-piedra. Suele ser adverso, incomprendido y conllevar que salgas perdiendo. Ojalá quienes propician esto tan solo alcanzaran a imaginar lo mucho que sales ganando.

La lealtad, bien preciado

Si defiendes al más débil del piquete, al que está en desventaja, al que tú admiras y otros injurian, al valiente que se atreve a decir las cosas como son, al talentoso en el que nadie cree, al que a su vez se metió “en candela” por ti, al reprimido, al ultrajado, al que ni siquiera te reclama que lo defiendas, te buscas automáticamente el despido de un selecto club de mala gente. ¿Por qué no calificarles así?

Si no defiendes, en cambio, a los que hacen grupo para señalar con el dedo, o planificar su gloria a costa de la ignominia de otros, si a la hora de la verdad estás con lo que crees justo, transparente y honrado, y das la espalda al hedor del ventajismo… Y te buscas automáticamente la bienvenida del todavía más selecto club de la gente buena. Si reducimos la humanidad a “buenos” y “malos” por un instante, porque el ser perfecto todavía está encargado y no acaba de llegar…

En ocasiones, sostener esa ética personal, ser fiel al socio o al principio por el que hasta entonces dabas la vida, guiarte por tu convicción de lo correcto y no la que te indica una mayoría que te apabulla, puede parecer imposible. Claro, ¿quién más lo va a hacer posible salvo tú? Se trata de conseguir en la noche que se recueste la conciencia sobre la almohada y se quede tranquila.

El rumbo vital de cada quien es, a decir de Dulce María Loynaz, como un río que se despeña y agita su curso, lleno de tropiezos y accidentes. Nada es lineal, y uno comete errores hasta para aprender a no cometerlos en lo sucesivo. Pero no todos luchan incansables para, a tono con la poetisa, seguir fluyendo hasta llegar “al mar”, a la plenitud y la realización personal que, por mi parte, no concibo si no incluye la lealtad.

A lo mejor tuviste que sumarte al grupo equivocado alguna vez, y traicionar a quien juraste fidelidad, y confesar el secreto que prometiste guardar, y no ser el tipo digno que esperaste que serías, para darte cuenta del lado errado en que te hallabas. A lo mejor es preciso deslizarse en zonas oscuras para terminar caminando firme a la luz de la moral.

A lo mejor fue preciso que un día traicionaras para que hoy seas leal.

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