Crónica de domingo: Deja ya esa toxicidad

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¡Echa pa allá esa toxicidad que no desayunaste pan con uranio, o bueno uranio solo, porque el pan anda más perdido que el uranio! No me mires así, atravesada, que no tenemos dinero para hacer un tour por Chernóbil, y Juraguá, la ciudad nuclear de Cienfuegos, no se terminó de construir.

Te dije que entré al baño con el móvil, porque si no tengo que ponerme a leer la etiqueta del champú para poder concentrarme. Una y otra vez te he asegurado que esa rubia que me saludó el otro día es una amiga, no una «amiguita», así con comillas y todo, y qué culpa tengo de que le de corazones a mis post, mi corazón de melón. 

¿Qué no me crees? En serio piensas que, con este constante revisar Telegram para saber el déficit energético de la provincia, que cada vez que sube por encima de los 70 me pica todo el cuerpo y siento sabor a mercurio en las muelas y comienzo a hiperventilar, tendré tiempo para rubias. Esta Isla a veces se pone como tú: un poco tóxica. 

Súmale a eso estar todo el tiempo pendiente a los gritos de los vecinos para enterarme de qué entró al quiosquito o parar de carretillero en carretillero para realizarles una encuesta a ver cuál tiene la mano de plátano más barata. ¿En serio así tú crees que me queden ganas y energías para una aventura? Además, sabes a cuánto están los cuartos de alquiler. 

¿Que cómo sé yo a cuánto están los cuartos de alquiler? Bueno… bueno… un socio me lo contó. No, no he estado en ninguno. Fue Alberto, Alberto me lo contó. ¡Ufff, no sientes calor aquí ahora! 

Te explicaré una cosa. No creo que seas tóxica, pero tienes que dejar esas intensidades. No le hagas así al pie que vas a partir la loza. Para mí sabes quiénes son los verdaderos tóxicos, los que irradian esa energía que te revienta el vaso y parece que vas a explotar como una ciquitrilla.

Para mí ahí entran los funcionarios a los que les interesa más quedar bien con el de arriba que con el de abajo, como si tuvieran los ejes invertidos. También están los que para ganarse la vida te joden la tuya, como si ese poco de azúcar que no echan en la pesa no pudiera salvarte de una hipoglucemia, los del todo o nada, los pillos, los garroteros. 

Agregaría a la lista los padres que desatienden a sus hijos, cómo no vas a querer una parte de ti, a esos ojos que son los de tu propio padre y los tuyos. Pongo en el mismo saco a los que en su hogar están pasando una canina más perra que Lassie, pero ellos andan en un tugurio de mala muerte y peor ron, contando lo mucho que quieren a su familia e incluso una lágrima de chispa de tren se le desliza por la mejilla. 

Me parten los huesos, como si fueran de polvorón, los que miran a otros por encima de sus hombros, los que no se conduelen de la desgracia del desposeído por ellos andar poseídos por los espíritus verdes, y no hablo del de los bosques, sino de los del dólar. Aquí, que tenemos poco, si no nos ayudamos mutuamente, entonces la toxicidad se expandirá y matará a la tierra que pisamos, secará el mar que nos aísla y nos protege. 

¿Qué me estás diciendo? Que deje la muela y que revise el móvil porque me entró un mensaje, seguro de la rubia. Por favor, disfrutemos de esta paz que no sabemos cuánto nos durará. Mañana es lunes y tendremos que salir a lidiar con todo lo que nos espanta y, por suerte, no han quitado la luz en todo el fin de semana. 

Sé que cuando estoy nervioso hablo y hablo y hablo, y que para ti eso es una señal de que ando en algo; pero te juro, mi amor, que te quiero como a la leche en polvo que me como a escondidas en la madrugada. ¡Pintura, otro mensaje! Ese seguro es Alberto, que anda medio fajado con la novia. 
Mira toda esta discusión me ha aflojado el estómago. Voy un momento al baño. ¿Qué? ¿Vas a recoger tus cosas para irte a la casa de tu mamá? Amor, deja la toxicidad. La rubia no significa nada. Nos dimos par de besos nada más. ¡Ñooo… eso se me fue! Amor, amo, am, a…

(Ilustración: Dyan Barceló)

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