Nostalgias de un mochilero: Instantes que solo quedan en la memoria

Nostalgias de un mochilero: Instantes que solo quedan en la memoria

Muchos instantes trascendentales de nuestras vidas se conservan únicamente en algún recoveco del pensamiento. Desde allí emergen, de vez en vez, ante algún estímulo que despierta el recuerdo neblinoso de cierto lugar que visitaste y al que quisieras volver, para constatar que tus memorias no han maquillado demasiado esos parajes.

Necesitas saber si en Topes de Collantes existían mariposas —la flor nacional— de tantos colores como los que intentas enumerar en tu mente; o si aquel barco hundido a orillas de una ensenada de Baracoa estaba realmente abandonado e inmóvil; o si las piedras de la playa del Campismo La Mula, en Santiago de Cuba, crujían, emitiendo un sonido tan inquietante que aún te causa estupor el rememorarlas.

Te has preguntado en muchas ocasiones si Los Morones se llamaban así, y hasta comienzas a dudar de la tonalidad de sus piedras azules y gigantescas y de la transparencia de las aguas que las bañaban; aunque siempre reiteres que sí, que eran como el añil, y que allá en un punto de la Sierra Maestra existe un intrincado lugar entre las faldas de las altas montañas que enmudece por su belleza.

Y pasarás tu vida repitiendo hasta el cansancio que pocos momentos te han sensibilizado al punto de las lágrimas, como aquel reflejo de la luna llena en las aguas del Hanabanilla en una noche clara, y sí, ciertamente quedaste arrobado y hasta creíste un poco en Dios ante semejante espectáculo. Son de esos instantes de los que no guardas ni una instantánea, porque cuando más oportunidades existían para viajar, piensas hoy, lo hacías por el regusto del descubrimiento, sin reparar en la necesidad de la cámara que inmortalizara cada vivencia.

Llegar una noche a Trinidad y recorrer la ciudad en short y chancletas, con todo el cansancio y el sudor de tres días de camino a cuesta, y que aún así te confundan con un extranjero, no se podría explicar mediante una fotografía. 


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Alcanzar el sueño profundo en el piso de una terminal, justo a escasos metros de un baño sucio y maloliente, son de las experiencias que se narran pero que, por más detalles que se retengan, nunca se llegarán a detallar en toda su totalidad.

La trascendencia de tomarse un prú en pleno Santiago de Cuba, o que un desconocido deje de serlo tras escasas palabras y te convide a su casa a desenterrar el aliñao tras el parto de su hija, son de esas emociones que no lograrán describirse desde el lente; mucho menos la sensación de fuego que produce esa bebida y el dulzor casi adictivo que te obliga a continuar degustándola, cuando ya has perdido los sentidos y la orientación.  

El silencio y la belleza que reinaban en la playa del Hotel Colony, en la Isla de la Juventud, el aplomo de sus aguas, son de las tantas escenas que te vienen a la mente una y otra vez, remarcando esa necesidad del regreso, justo cuando comienzas a sacar cuenta del tiempo que resta para las aventuras y la viabilidad de semejante proyecto que no “monetiza”. 

Porque con el paso de los años el pragmatismo va ganando la batalla, te cuesta más escapar de cierta zona de confort sin los avituallamientos necesarios. Y al sacar cuentas entiendes que ya van quedando atrás aquellos días en que con un poco de dinero y una mochila intentabas abarcar la inmensidad desde algún paraje distante. Experimentar nuevas sensaciones y sumar otros rostros, nombres y lugares a tu larga lista de recuerdos representaba la motivación suficiente para emprender un nuevo viaje; mas, el paso de los años, o la madurez dirán algunos, corta las alas, constriñe las ilusiones y adormece las ansias de aventuras.

Hoy tan solo me conformaría con regresar a uno de esos tantos paisajes que conocí. Aún me pregunto si el hombre que vivía a la subida del Turquino y que colaba un café puro de montaña se acordará de mí con la misma frecuencia con que yo trato de reconstruir su rostro.

A veces, cuando la nostalgia oprime un tanto y las remembranzas afloran, me conformaría tan solo con conservar una imagen que, si bien no siempre logra captar la envergadura de la vivencia, al menos permitiera contrastar ciertos detalles y, por qué no, hasta sentir la emoción del momento en que se disparó el obturador y quedamos posando para la foto como evocando a la posteridad; que no será otra cosa que describir mucho tiempo después lo que pueda evocar tu mente en una noche melancólica.


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Sobre el autor: Arnaldo Mirabal Hernández

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