De volcanes, paroles, abandonos y relativa felicidad

Desde hace unos años, José libra una batalla por la vida. De oponente tiene una cruel enfermedad empeñada en no dar tregua. Aunque él no es de los que se rinden fácilmente, desde hace unos meses su angustia aumentó. La razón: su hija y su nieta ya no viven con él, decidieron emigrar. 

Wendy, por su parte, es muy pequeña para entender lo que pasa a su alrededor. Una mañana despertó y mamá ya no estaba a su lado. Lloró mucho. Nada parecía calmar a la pequeña de 16 meses. Ella quedó al cuidado de sus abuelos paternos. La travesía era demasiado peligrosa para incluirla.  

Los vecinos dicen que Manchitas era la consentida de casa. Desde cachorra tenía su propia camita: un cojín a escasos pasos de sus padres humanos. De la noche a la mañana su hogar pasaron a ser las calles; su cama, las hierbas; y su techo, el cielo. Justo ahora que su hocico se torna blanco y sus ojos apenas perciben la luz.

José, Wendy y Manchitas son solo tres de las muchísimas historias relacionadas con la emigración en nuestro escenario actual, un tema espinoso con disímiles aristas. Ellos han sufrido los efectos colaterales de un fenómeno que no por común deja de ser impactante.

La agudización de la situación económica, el recrudecimiento de un bloqueo que nada tiene de ficticio, y todos los factores de carácter subjetivo, han provocado, entre otras razones, un marcado aumento de la emigración de cubanos en los últimos años. 

El caos provocado por la pandemia de covid-19 afectó hasta las economías más sólidas, llenando de incertidumbre y desasosiego muchos hogares. Por entonces, las primeras fronteras abiertas se convirtieron en corredores hacia un futuro aparentemente mejor. Los cubanos se sumaron a las extensas caravanas de guatemaltecos, salvadoreños, venezolanos, mexicanos… Muchos atravesaron los “volcanes”, pero no todos salieron ilesos de su lava.

Se calcula que en el mundo, en la actualidad, el número de migrantes asciende a más de 200 millones de personas. Mejoras económicas y profesionales, reunificaciones familiares y aspiraciones a una vida mejor, se encuentran entre las principales razones que movilizan al tránsito de un lugar a otro.

Pero lo común del fenómeno y sus causas no justifican que se ignoren las nefastas consecuencias. Hay una realidad y es que la emigración no solo envuelve y afecta a quienes deciden trasladarse. Por disímiles motivos, muchos quedan atrás: unos más protegidos; pero otros, a su suerte.

Ahí está José, que aunque entiende las razones que le dieron, eso no mengua su dolor, ni la realidad de que es un jubilado, paciente de oncología, abandonado en el momento en que más necesitaba el apoyo de su familia.

También está el caso de Wendy, la pequeña que pasará años alejada de sus padres, quienes se perderán momentos especiales de su crecimiento que no vuelven en el tiempo, porque el dinero no los puede comprar. Y de Manchitas, qué decir. Es una de las muchísimas mascotas víctimas de abandono, un fenómeno que en los últimos años anda desenfrenado.

Y sí, hay historias de reencuentro tras años de separación, pero también las hay de abandono total. Matrimonios divididos, con promesas de un mañana que se evapora ante la dilatación el tiempo y la distancia. Ancianos que van a parar a asilos teniendo una familia numerosa, pero ausente. Algunos incluso pierden sus bienes y quedan en la calle, víctimas de un egoísmo sin límites. Padres e hijos a los que la dura travesía les cegó la vida. Sí, porque no todos llegan a su destino.

Al país le corresponde replantearse estrategias ante una pérdida significativa de fuerza laboral y un marcado envejecimiento de la población, pero eso no es solo lo más preocupante. Más urge educar en valores, restaurar los conceptos quebrados, y enseñar otra vez el valor de los afectos, de las atenciones y de la familia.  

Nadie ha dicho que emigrar sea una decisión fácil. No hay que atravesar el mundo para percatarse de cuánto se extrañan las raíces. Basta mudarse de barrio o de ciudad, para sentir nostalgia por ese pedacito donde alguna vez se fue realmente feliz, y no se sabía.

Y no, no se trata de no soñar o no tener aspiraciones. Se trata de abandonar lo más valioso, o de al menos estar conscientes de los riesgos que se corre cuando se decide dejarlo atrás.

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3 Comments

  1. Muy buen articulo, sin duda es la realidad cubana. La familia se separa y el tal sueño por lo que muchos luchan no es estan real, respeto a los que lo hacen pero la tristeza causada a la familia es muy desgarradora y sin duda solo el tiempo curará estas heridas bien profunda en la familia cubana.

  2. es dura la emigración, es duro un futuro cargado de incertidumbres y carencias, es duro ver padecer y no poder hacer por quien padece, aunque el apoyo y acompañamientos sean la base. La emigración rompe el alma hasta del que se plantea emigrar, rompe a quien queda, a quien se fue, a quien se deja atrás. Todo lleno de incertidumbres, donde el dinero no lo es todo, y a la vez tan necesario para la subsistencia, las esperanzas se apagan, se pierden entre carencias de lo básico en esta nación donde los bloqueos (externos e internos) nos carcomen al alma. Y no te has ido y ya piensas en volver, sin saber en realidad cuando se produzca y en que condiciones se produzca el anhelado encuentro, sin saber si encontrarás a quien un día por fuerza mayor dejaste atrás, porque la vida son segundos, es un respirar, es un parpadeo y un día no estás más, pero los sentimientos no alimentan el estómago, no curan una enfermedad…. y aunque su artículo es real, es cruda la realidad.

  3. Tiene razon. La gente se separa, es desgarrador, en carne propia lo sabemos y la burocracia de todos los paises nos hace sufrir para reencontrarnos. Lo mas triste es que la estrategia para retener tanta perdida de gente joven e instruida no aparece.

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