
Ficha técnica:
Título original: Tár

Año: 2022
Dirección: Todd Field
Nacionalidad: Estados Unidos, Alemania
Guión: Todd Field
Reparto: Cate Blanchett, Noémie Merlant, Nina Hoss, Sophie Kauer
Duración: 158 minutos
‘‘Huyeron durante el rodaje de una película de Marlon Brando’’, sostiene el guía de Lydia Tár, en respuesta a sus inquietudes sobre la existencia de cocodrilos en el río por el cual navegan, selva adentro. ‘‘Eso fue hace mucho tiempo’’, replica ella, disimulando el miedo bajo sombrero, gafas de sol y sonrisa impostada. ‘‘Sobreviven’’, afirma el joven asiático.
¿Una metáfora acerca de lo poco incisivo que ha sido el cine después de Apocalypse Now y, al mismo tiempo, sobre la suerte de contar con cineastas capaces de remediarlo? En cualquier caso, Todd Field parece introducirla cerca del final de Tár como posible declaración de principios, pues con películas tan bien construidas como esta se garantiza la supervivencia del séptimo arte a tantos años del breve e intenso período de auge de Coppola. A fin de cuentas, resulta solo anecdótico el guiño a aquella épica pesadilla del malogrado Nuevo Hollywood, pues Tár no se le aproxima tanto en su propia búsqueda del ‘’corazón de las tinieblas’’ que decía el escritor Joseph Conrad: ese viaje austero y expiatorio cuyo destino no somos más que nosotros mismos, esta vez emprendido por una directora de orquesta acusada de acoso sexual a la que Field no se esfuerza en defender.
Su más depurado film hasta la fecha vence las tentaciones de sostenerse como rutinaria intriga de codicia en pos del éxito, de limitarse a exaltar los sentidos con su privilegiada banda sonora, de hacer explícito lo que tan lúcidamente se sugiere: en cambio, se desprende de los tópicos acrecentados en los últimos tiempos, construye un guión a la vieja usanza de presentar cada elemento solo porque después reaparecerá y cobrará sentido, se arriesga a impactar donde directores más poderosos no han podido, y un aplauso ensordecedor e inexistente pone punto final a la proyección. Su valentía le permite dar una vuelta de tuerca a las historias de ascenso y caída que tanto abundan entre obras maestras, a la par que vertebra lo magistral de un autor inesperadamente maduro, que se conoce tan bien a sí mismo como a su personaje y de ambos va dando pistas sin recurrir al desnudo cáustico.
Como en muchas obras de Fritz Lang, lugares iluminados y oscuros conviven y hasta se superponen ocasionalmente, llegando incluso a volverse amenazantes los primeros y esperanzadores los otros; también, a similitud del maestro europeo, la culpa está presente en los actos de sus personajes, les acecha desde las sombras en cada esquina, se intuye más a medida que avanza la trama, y acumula sus augurios para devenir en el peso implacable del fatum que les domina. Pero como principal diferencia entre ambos destaca la subjetividad cuidadosa de Field, frente a la matemática objetividad del germano.
Con suma confianza en la inteligencia de su público y, sobre todo, una emoción salida quién sabe de dónde, tal vez de tanto talento sublimado en función de esta sinfonía en imágenes; con una gradual involucración del espectador que llega a la vulnerabilidad compartida con la protagonista, algo poco usual en películas tan secas y frías, tan al estilo de Lang; Tár es uno de los mejores ejemplos de uso de la música en el cine no denominado musical. Quizá junto a exponentes como La muerte tenía un precio, de Leone; Siete notas en negro –cuya melodía central es aquí homenajeada a modo de tono de celular–, de Fulci; Conan el bárbaro, de Milius; Amadeus, de Forman; o Amada inmortal, de Bernard Rose.
Con las dos últimas comparte, asimismo, la habilidad elíptica de la narración, la profesión de sus personajes principales y el componente de misterio rodeando sus respectivas vidas y carreras, pero los propósitos del selectivo y cauteloso Todd Field –solo dos películas dirigidas, notablemente ambas, antes de la actual– van encaminados a un resultado más legítimo que reverente hacia sus influencias, sean cuales sean estas y me aventuro a extraer dos con lúdico instinto de crítico.
Una de ellas sería Polanski, particularmente con su trilogía de apartamentos agobiantes y turbación mental entre paredes, donde no extrañaría ver paseándose a Cate Blanchett en sustitución de Mia Farrow o Catherine Deneuve, sin olvidar los paralelismos entre la trayectoria vital del artista polaco y esta protagonista. La segunda sería el giallo, sin su violencia pero sí a plenitud de atmósfera, entre lo refinado y lo aciago, sobre todo en un inicio que recuerda al de Rojo profundo, de Dario Argento, ambos con una mujer talentosa en el escenario y un público atento, dentro del cual se esconde ese rostro esquivo acompañado de una psique perturbada, aquí bajo una cabellera roja.

La profundidad de los diálogos y el talento superlativo de Blanchett se combinan y, por momentos, capitalizan la atención de una puesta en escena donde no existen aspectos secundarios, sino complementarios en el más justo sentido. Si bien cada emplazamiento de cámara, tonalidad de color y hallazgo sonoro responden a necesidades objetivas del relato, en una admirable sucesión de prodigios técnicos y artísticos, reconozco que es difícil sustraerse a la presencia absorbente, casi vampírica, de semejante actriz en pleno dominio del poder magnético que arrastra desde que interpretara a la mágica Galadriel en El señor de los anillos.
Una distracción provechosa, y perfecta excusa para definir a Tár como parte de ese panteón digno de revisar varias veces en busca de nuevos detalles. El panteón de las grandes películas.