Viaje por las arterias de Ríos Intermitentes según un transeúnte

Ríos Intermitentes es una provocación a la inmovilidad de la ciudad, más que intermitente (lo detenido) muestra la fluidez de nuestros ríos y esa vocación permanente, de instaurarnos en el panorama de la cultura nacional.


Matanzas, aproximadamente a unos 160 km de la capital, y a unos 35 del Polo Turístico de Varadero, se muestra constantemente como un espacio geográfico, en el que los dilemas de la cultura como signo de identidad, nos llevan a marcar el territorio de lo mejor de nuestras artes, el teatro, la danza, la literatura, la música y las artes visuales.


Quiero viajar por la ciudad, en un recorrido que le es usual a muchos desde el Paseo Martí, viaducto y adentrarme en otras calles, plazas y parques, desde la recepción de alguien que descubre en Ríos Intermitentes el diálogo artístico, la recepción plural de los conceptos que cada obra propone, situada en el contexto de las principales arterias de la ciudad, dinamizando nuestra arquitectura y geografía: la bahía, parques y los ríos que descontruyen la inercia, las formas de admirar el mismo paisaje en que lo perfomático, la intervención, lo instalativo, la conquista de los espacios y de la recepción de la gente ha sido una peculiar manera de transformar el entorno y también nuestras sensibilidades, al inquietarnos estéticamente, al provocar reflexiones, que nos llevan a signos ideológicos, sociales, de la historia o la tradición o puramente comerciales.


¿Qué vemos, tan pronto se entra a Matanzas desde La Habana, o cuando se sale? ¿Qué ve el transeúnte, asaltado en su cotidianidad por una obra de arte, más allá de las actividades en los interiores, como las galerías u otros? Son obras que lo impactan por su monumentalidad, por ubicarse en espacios que transgreden la cotidianidad, que embellecen, le dan una connotación estética inusual al espacio y que fue un objetivo de esta segunda convocatoria de la bienal, que reunía las obras en una galería común, sino en diversos “espacios de la ciudad”, desde “un punto de vista más comunitario”, “integrador”, “en defensa del patrimonio y la memoria”, según opinó en varias entrevistas Amor Díaz Campos, al frente del Comité Organizador del evento, a partir del llamado de su coordinadora la Doctora María Magdalena Campos Pons, y creo que este fue uno de los logros de Ríos Intermitente, el “impacto en la comunidad”, y la persistencia del imaginario creado por el evento, incluso después de culminado, que es lo que pretendo analizar. ¿Qué ha quedado de Río Intermitentes, qué encuentran aún los matanceros de la existencia y resultados del mismo, en la ciudad que lo convocó?


Ofrezco las visiones de un transeúnte. Este no es un recorrido frecuente de muchos, pero es el mío desde el barrio de Versalles, hasta la zona de Pastorita (Reparto Reynold García), atravesando la Plaza de La Vigía, adentrándome en Narváez (si me desvío), saliendo después al viaducto.


El primer contacto es con “La silla”, (aclaro que el nombre utilizado, es en esta y en las otras, como las ha bautizado la gente, ese “transeúnte” del que hablo) el lenguaje del objeto, como utilidad y como metáfora ubicado en el Paseo Martí, construye una imagen simbólica que está determinada por las perspectivas, con que se le observa desde La Habana, entre el equilibrio o desequilibrio, la caída o aquellas fuerzas visibles o invisibles, que lo impiden, entre la calle, las aceras y el césped del lugar, entre los automóviles que pasan, raudos.


La Plaza de la Vigía fue uno de los espacios más intervenidos, y que aún permanecen con la muestra de las piezas de Adrián Gómez Sancho, con su Virgen, una de las desperdigadas por diferentes lugares, que se convierte en refugio espiritual, instante para el encuentro, diálogo entre nosotros y del sincretismo religioso, metáfora que ilumina, emplaza nuestra mirada hacia la tradición cultural y la construcción de un signo que potencia el espacio, los diferentes referentes culturales de la nación y nuestra perspectiva individual y colectiva; una virgen “herida”, porque fue golpeada anónimamente por alguien; mientras por otra parte, casi junto a los portales del Sauto, la instalación “Despojo” o la “Choza”, quizás la más inquietante para todos los que la observan por diferentes ángulos, los que penetran en su interior (dejan constancia de ella, en sus imágenes personales) y viven por instante, el dramático acto de convivir en la miseria extrema; de observar desde adentro, el afuera o viceversa.


Una instalación que contrasta con la majestuosidad de los edificios y la propia plaza, la riqueza y la pobreza, el llamado de alerta, sobre la sobrevivencia en situaciones caóticas (zonas al margen, en la propia ciudad, que muchos desconocen, obvian), mientras el mundo sigue su transcurrir en lo cotidiano, unos beben un trago en el Café del Sauto, se sale o entra de una función en el coliseo, en la Oficina del Conservador o simplemente, se pasea por los alrededores del centro de la ciudad y su parte antigua.


“La gaviota del San Juan”, insertada en el Paseo de Narváez, es una hermosa visión en el entorno de uno de nuestros ríos, y en un espacio, que se ha convertido en referente de una nueva época en Matanzas, en la que se mezcla lo económico, lo social y lo cultural; es un homenaje a una de las siete leyendas matanceras, recogidas por Américo Alvarado, y por lo tanto, una reafirmación de la identidad, la tradición y la historia, en nuestra arquitectura.


Es creo, una de las obras que nos debíamos como ciudad, reafirmación de esa matanceridad conceptualizada, que no siempre conocemos o no aprehendemos. La gaviota remonta vuelo, desde el río y traza en ese viaje, lo que nos conecta al pasado.


En el viaducto, frente a la inmensidad de la bahía, hay dos obras, que son las que más llaman la atención de los que transitan constantemente por esa zona, y dejan, en muchos casos constancia de su paso por el lugar, una de ellas es “Los zapatos”, de Osmany Betancourt en el mismo litoral, con su belleza contrastante, cromática y hasta banal (el objeto utilitario, que deslumbra con la provocación de lo comercial, convertido en arte), en la que se muestra una factura elaborada, cuyo concepto, testimonia diversas interrogantes provocativas que van desde la sensualidad de las formas, las texturas y el espejismo de ambas, humanizadas al fusionarse y separarse, en una especie de danza en que tratan de equilibrarse frente al mar, a veces tempestuoso y otros, sereno, plácido; y por otra parte, la pieza “La mujer del jabuco en la cabeza”, en realidad según los artistas “La mujer con sombrero”, en el espacio donde antes estaba la legendaria escultura del corsario holandés Piet Heind, que todavía todos se preguntan dónde está y cuá
ndo la volverán a poner en su sitio, también frente a la majestuosidad de la bahía matancera, con su paisaje arquitectónico al fondo.


La textura, los materiales utilizados, el esplendor del blanco, la monumentalidad de la obra, en la que la mujer apabullada por la carga, confieren una nueva belleza al entorno, un despliegue estético en la admiración del ambiente marino, de la reinvención urbana de la ciudad, sobre lo que antes era agua, ofrecen un acto de homenaje a la mujer, pero también una reflexión, sobre muchas de las aristas, que desde el punto de vista social, las asedian o martirizan.

En la senda derecha, cuando voy hacia Peñas Altas, otra mujer, ahora desnuda, la de las aspas en los senos, estilizada, con líneas que ofrecen la magnitud del cuerpo, la belleza de la mujer, mientras en la obertura del corazón, nace la capacidad de liberar, mover energía, el sentido de lo libre, lo inquieto, lo irredento.


Ambas piezas, desde sus posiciones en el viaducto, consiguen dos miradas diferentes sobre la mujer, incluso sobre esencias contradictorias de la misma, según la significación del contexto y las visión – recepción del espectador.


La ciudad con estas piezas, se transforma, adquiere otra connotación. Es una lástima que muchas de estas piezas no se mantengan en el futuro, en el lugar donde fueron ubicadas, la de La silla, por el material utilizado madera, es efímera, pero las otras, especialmente las de las dos mujeres, es un regalo a la mirada de cada transeúnte, a la significación de Ríos Intermitentes, más allá de la fecha en que se realiza, y que la ciudad agradece, recibe, como un acto concreto de valorizar el sentido artístico de la Atenas de Cuba, de espacio en el que el arte, en este caso el visual, quizás, el que más llega a todos, como en este caso, irradia al que la visita; pero especialmente al que la vive, que se adentra, en ellas. (Por: Ulises Rodríguez Febles. Fotos: Ramsés Ruiz)

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Sobre el autor: Ulises Rodríguez Febles

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