La ciudad y los aguaceros de mayo

Plaza de la Vigía tras los aguaceros de mayo

Dicen esos que le saben mucho a la psiquis y a los sofás que el sentido más cercano a la memoria es el olfato. Prueba de ello es cuando te cruzas con una mujer en un puente y reconoces aquel perfume de flores y te dan ganas de tocar con desespero aquella puerta de la que renegaste años atrás; o el aroma a arroz con leche recién cocinado, burbujeante aún en la caldera, que te lleva, gracias a los tiques falsos de la nostalgia, a casa de los abuelos.


Al igual que las personas y los lugares, los meses tienen su propio olor. Agosto huele a sal, una amalgama entre salitre y sudor; diciembre, a fiesta y a carbón; febrero, a metal, a llantas de bicicleta niqueladas; abril, a colonia Bonabel, a muchacha recién bañada. Sin embargo, quizás mayo posea uno de los aromas más intensos de todos: mayo huele a lluvia.


La lluvia tiene dos olores: uno antes de caer, que anuncia una fragancia densa como de asunto pendiente, y otro después de que cayó. Desde que uno se lanza de la cama siente el primero de estos. Te lleva a agarrar la sombrilla, a doblar la capa y acomodarla entre las libretas y cuadernos del niño; revisar dos veces, antes de irte a ganar el pan, que estén cerradas todas las ventanas de la casa y desconectados los electrodomésticos.


En el segundo de ellos, parece como si la ciudad se liberara de los malos presagios a través del vapor que emana del asfalto. Este vapor compacto te hace creer que avanzas en cámara lenta, que nunca llegarás a tu destino. Te empaña los ojos y hace que la realidad pierda sus contornos, pero te alivia porque sabes que la noche será fresca.


La humanidad, desde el tiempo de los chamanes y las cavernas, cuando creía solo en las fuerzas primordiales de la naturaleza, le ha rezado a la lluvia. Ella es la sustancia que alimenta la vida en ciernes. Las diferentes culturas la sienten a su modo. Los chinos pensaban que un dragón arrastraba con sus patas las nubes que harían germinar los cultivos; Zeus en una mano sostenía la centella fulminante y con la otra repartía las aguas del cielo.


En esta Isla no existen cuatro estaciones. Aquí Vivaldi nunca hubiera terminado sus conciertos para violín y orquesta, se hubiera quedado corto por dos. Solo tenemos la lluviosa y la seca. Sencillamente, alguien en mayo abre el grifo y en octubre lo cierra, sin más complicaciones. Tal vez por ello es que cuando inicia el primer aguacero de mayo, hasta el más escéptico, por lo menos saca una mano por la ventana.


Todos necesitamos fuerza y suerte; sobre todo, en los últimos tiempos —pandemias, inflación, apagones—, en que debemos ser muy positivos; a veces, para no pensar que la buenaventura metió sus cosas en una maleta y “dicen que la vieron en la Terminal de Ómnibus en espera de lo primero que pase”.


Hay que tener en cuenta que, como mismo imaginaron los griegos, más allá de la hermosura mística de la lluvia, en ella se esconde el horror: la inundación y el relámpago. La foto del que golpea a la Termoeléctrica Antonio Guiteras, que ahora pervive en Internet, siempre nos lo recordará. Si rezamos, que sea por el diluvio bueno, el que limpia los cuerpos y se desliza con suavidad ciudad abajo, y arrastra los barcos de papel de los niños, los vasos desechables de los durofríos y las colillas de cigarro.


Además del olor, las lluvias de mayo nos hacen otro regalo: los charcos. Con ellos viene otra ciudad: una que se refleja en las aguas estancadas en los desniveles de los adoquines, en las cunetas, en los surcos en los que alguien, años atrás, cuando construyeron las aceras y el cemento estaba aún fresco escribió “TE AMO”. Esta nueva ciudad nos recuerda todo aquello que olvidamos de la de siempre, porque nos distrae la vorágine de los días.


Por ello, le rogamos al aguacero de mayo que remueva el polvo, que despeje los aires, que ayude a sanar lo que tenga que sanar y que obligue a la buenaventura a regresar a casa, con maletas y todo, porque al final nada pasó por la Terminal. Y así, el año próximo, cuando arribe esta temporada y olamos la cercanía de la lluvia, debamos agradecer por todo lo bueno y no lamentarnos.

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