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Los disímiles camuflajes del amor
Mientras ella fregaba aquella exageración de losa a altas horas de la noche, luchando contra el cansancio del día y los avatares de cocinar en medio de intermitentes apagones, su cabeza enlistaba todas las tareas pendientes: la ropa por recoger del cordel, la cama sin sábanas, lo sucio aún en cola de lavado, la insulina a inyectar al abuelo… Aturdida se sentía cuando escuchó las palabras mágicas: “¿Te queda mucho por hacer?”. Pestañeó, puso en el escurridor el último plato y ¡zaz! ¡Todo estaba hecho!
En la adolescencia, el amor se idealiza como el sentimiento más puro, ese de telenovelas que llega acompañado de rosas, el Poema XX de Neruda o la lírica de José Ángel Buesa.
Recuerdo que, cuando estaba en esa edad, se camuflajeaba en los buzones de 14 de febrero como cartas anónimas al destinatario Julieta/Romeo, con iniciativas que variaban desde la más gigante hasta la que tuviera como aliado de letras al dibujo más original. Hubo hasta quien con vainas de flamboyán escribió el nombre de su amada sobre la hierba bajo el balcón de su ventana.
Cobran especial sentido por ese tiempo las manos tomadas, los pactos de sangre equivalentes a un “para toda la vida”, los besos ya no tan a escondidas, el sexo no tan primerizo y, sí, más salvaje, la luna regalada, los celos como “prueba” de un sentir verdadero.
Con los años, descubres que el amor va más allá, y que se traduce en lealtad al otro, y lo buscas en la fidelidad que antes no comprendías y ahora reclamas. Asimismo, interiorizas que en un mundo diverso la exclusividad no es para todos “palabra de orden”, y no te sorprendes tanto al escuchar de poligamia, de orgías y mentes que de tan abiertas parecen cerradas al raciocinio.
También con los años entiendes que la sexualidad y el sentir trascienden la ecuación que aprehendiste desde infante donde Familia=Mamá+Papá, y reconoces filiaciones funcionales y felices con múltiples formas de integración, al punto de percatarte de que lo importante no recae en el sexo biológico de sus miembros, sino en la capacidad para aceptarse, respetarse y quererse.
Los regalos más valiosos no siempre se pagan con cash o por transferencia; ni su cuantía depende del tamaño de un monto metálico.
Y tanto pensar te trae de vueltas a la cocina, a esa noche X de jornada extensa, de tareas y cansancio acumulados, de fastidiosos apagones que retardan el final. Y recuerdas aquellas palabras mágicas: “¿Te queda mucho por hacer?”, que se tradujeron en deberes compartidos, en cargas aligeradas. Entonces, te das cuenta de que es una hermosa demostración de afectos.
Porque amar no es solo lirismo en versos o prosas, una balada dedicada al oído, una invitación a compartir un trago en un bar o el lujoso anillo dorado que un día llegó al dedo anular. Amar es, además, proteger al otro con un abrazo, hacerle sentir refugio y puerto seguro en medio de las tormentas de la vida, ser su complemento, su lazarillo en neblinas u oscuridades.
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