El lente de Cámara Viva siguió el rastro de aguas que se perdían en el alcantarillado. Su origen parecía un verdadero géiser justo en la zona donde la ciudad de Matanzas muestra su cara a quienes vienen por la Vía Blanca.
A pocas cuadras, otro salidero moja las llantas de los vehículos que transitan por el lateral del Hospital Materno.En Versalles, según los vecinos, la historia de este derroche refleja falta de seguimiento y previsión: la rotura ha sucedido en otras ocasiones y, en más de una, los propios residentes han tenido que colaborar para solucionarla. Hace más de 20 días, personal de Acueducto y un técnico le propinaron barretazos a la tubería, que terminó de partirse. No había agua en ese momento, prometieron volver cuando bombearan… pero nunca regresaron. En otro momento, según ellos, la solución fue dejar de recibir este vital servicio por algunos días.
Pero el derroche no es exclusivo de esta zona. Entre nuestros dedos se derrocha el agua: en las llaves que gotean sin cesar y en los flotadores rotos de tanques y cisternas, donde el líquido se escapa como un riachuelo. A esto se suma la manipulación de las válvulas de distribución, un criterio compartido por vecinos de otros barrios, quienes señalan que el servicio no siempre llega equitativamente.
Mientras el vital líquido corre por el asfalto, se gasta el combustible y la electricidad que no tenemos. El propio presidente del INRH, Antonio Rodríguez, ha señalado que la entidad incide en 107 de las 176 medidas aprobadas para reducir las pérdidas de agua y el consumo energético. ¿De qué sirve ese esfuerzo si el agua se pierde en tuberías rotas? La orientación es clara: reparar, no dejar sin servicio. El agua que hoy muere en el alcantarillado es la que anhelan no pocas familias matanceras.


