Cámara viva sale una mañana y ajusta el lente. El sol pega fuerte, la gente camina, se conversa con los vecinos y allí arriba siguen encendidas las luminarias. No es una sola, son varias, en cualquier barrio. Brillan como si la noche no hubiera terminado.
En la nocturnidad, todos disfrutamos recorrer las calles bien alumbradas. No se trata de eliminarlas, son necesarias. Pero no se ven bien derrochando lo que en otros lugares se añora.



De noche, excelente que estén: alumbran, evitan accidentes, nos dejan ver el camino. De día, es un desperdicio que duele.

Con los apagones, los paneles solares y las estaciones de energía en casa, el cubano ha aprendido a medir cada consumo y solo conecta lo estrictamente necesario. Aquel spot de antaño que comparaba un aire acondicionado con decenas de bombillos ya no es publicidad: es nuestra cotidianidad. La falta de corriente cambió la rutina de las familias. Y duele ver en pleno día cómo se malgasta lo que a otros les falta.
Tomemos conciencia. Seamos empáticos. Apagar una luminaria de día no es un detalle común: es respeto por el vecino, es alargar su vida útil, es sentido común, es cuidar lo que todos disfrutamos y que tanto cuesta reponer.
Cámara viva tapa el lente y deja la imagen fija: una calle iluminada de noche es una necesidad; una calle iluminada de día es un derroche. Nadie está exento. Todos somos responsables. Apaguemos lo innecesario para que a nadie le falte lo necesario.

Los faroleros del Puente de Tirry
Teresa Amador desde hace unas cuatro semanas, agarra un palo que guarda cerca de su buró en la base de pesca deportiva Luis Salgado y se va a encender el Puente de Tirry… Read more »
