El Cinematógrafo: La muerte de Robin Hood

El Cinematógrafo: La muerte de Robin Hood

La muerte de Robin Hood es el título que, en aras de un mayor atractivo
comercial, fue cambiado a Robin y Marian en 1976 cuando un extraordinario guion
de William Goldman se convirtió en elegía filmada del amor y la aventura. Sean
Connery ensangrentado lanzaba su última flecha. Audrey Hepburn a sus pies
juraba amarlo más que a Dios. Con todo, el acierto mayor de Richard Lester es
que su film resiste, se niega, combate la melancolía hasta el último aliento. Antes
de las lágrimas, aunque no podamos cambiar ese destino, nos reconfortan los
momentos de humor y de alegría.

Cincuenta años más tarde el héroe vuelve a morir, esta vez de forma anunciada.
También lo había hecho en la serie Robin de Sherwood, en una escena de
petrificante belleza y connotaciones místicas, con el rostro del actor Michael
Praed, así como en la recopilación de relatos por Roger Lancelyn Green y algún
que otro tratamiento de la leyenda hasta el final. Un paso más allá en violencia y
desolación, en desesperanza y desmitificación, el duro cineasta Michael Sarnoski
consigue el profético fracaso de público, la tibieza de la crítica y, en esencia, una
de esas películas maravillosas a las que solo queda desear que el tiempo reluzca
su valor.

Desde aquí contribuyo a ello, con el soundtrack en mis oídos, pues la sonoridad
de Jim Ghedi te transporta a los tiempos y escenarios tan inhóspitos que recorre el
proscrito como si de un trovador salido de entonces se tratase. Esa manera suya
de escupir las palabras, esas notas emergidas de algún campo de batalla
escarchado, esa letanía como de un muro de Spector con cabezas colgadas de
las almenas, transmite mejor el ánimo y la idea de la obra cinematográfica que lo
que pudieran lograr mis yemas sobre el teclado. Quizá la mejor manera de escribir
de ella sea con sangre, sobre un trozo de tela a modo de pergamino, para tener la
noción más cercana posible a su fisicidad y crudeza.

Todo lo minuciosa de puesta en escena que cabría esperar de un… digamos,
Robert Eggers, crujiente y fangosa a ojo de plano, compuesta y planificada hasta
la sublimación pictórica, La muerte de Robin Hood emite también la emoción que
hasta ahora echo en falta al autor de El hombre del Norte. Ese valor, añadido a la
grandeza visual que, por otra parte, no es ostentosa ni extralimitada, hace de
Sarnoski el juglar perfecto para justificar la existencia de este cantar tardío. La luz
de sus imágenes persigue la plenitud de un mundo mejor, claramente imposible,
en tanto crucen su horizonte siluetas que se persiguen y matan unas a otras.

El autor de Pig (2021) centra su argumento en una de esas siluetas, vago vestigio
de lo que un día fue, sometida al autoexilio y en perpetua exposición a los
vengadores generacionales de sus actos pretéritos. La suya es una situación muy
similar a la del montañés Jeremiah Johnson, enfrentado a los indios crow una vez
y otra, y otra, y otra, por haber cruzado un día la línea de la convivencia, como
quien osa cruzar el tronco sobre el arroyo al mismo tiempo que otro viajero de
frente. Durmiendo con un ojo abierto, el arma al alcance de sus dedos, el oído
presto al primer quiebre de una rama bajo el pie humano, este perseguido dista de
aquel en cuanto a pulsión brutal y voluntad de supervivencia.

Realmente merece la muerte.
Él lo sabe.
Y nosotros lo sabemos.

Asistimos, pues, a la irremediable recta final de un berserker hacia los abismos, en
cuyos bordes lleva demasiado tiempo adivinando la profundidad. ¿Dónde reside
entonces el suspense de esta historia? ¿Por qué vale la pena aferrarnos a ella,
trágica y oscura como se nos presenta? En una palabra: redención.

La posibilidad de que el criminal que hemos conocido en los recodos insondables
de la intemperie se redima, verlo concluir su tránsito en una versión de sí mismo
mejor que la del monstruo odiado por unos y venerado en baladas de mentira por
otros, es un asidero moral que Sarnoski nos depara sin subrayados ni
manipulaciones. Simplemente ahí está, bajo la nefasta superficie, para quien se
disponga a apreciarlo y esperar, con el corazón en un puño, el desenlace. Y de
transmitirlo en última instancia, si cabe, se encarga el señor Hugh Jackman con
todas sus fuerzas.

Varias interpretaciones del Lobezno inmortal ocupan puestos prominentes en la
preferencia de su parroquia. No hace demasiados años de su Logan errabundo,
sin ir más lejos, en las manos narrativas de James Mangold. Es decir, ya había
representado al guerrero crepuscular. Pero juro que no le he visto nunca dar tanto
como aquí, tal vez por enamorarse de este proyecto hasta límites de los solo
somos receptores parciales. Todo aspirante a actor, con paciencia suficiente para
soportar una película como material de estudio, que observe la mirada de
Jackman a lo largo de este metraje y, lo importante, qué hay más allá de ella. La
biografía interiorizada de Robin está en sus ojos y en sus carnes, tan reales como
en el Ralph Phiennes de El regreso (2024).

Su entrega física y espiritual al personaje, su comprensión de lo que es el
desgaste del hombre de acción, andar en los zapatos de alguien que recorre un
mundo que le obliga a replegarse en sí mismo y enfrentar su decadencia con un
último amago de fuerza, enlaza con la sublime tríada interpretativa que en 2008
nos legaron unos maduros Sylvester Stallone, Mickey Rourke y Clint Eastwood en,
respectivamente, Rambo, El luchador y Gran Torino. Además, quienes hayamos
descubierto en El último duelo (2021) o El Club de los Vándalos (2023) la enorme
actriz que es Jodie Comer, tenemos en su priora Brigid una interpretación aún más
memorable con la cual asociar su rostro y poder. Prima en todas las figuras
humanas aquí reunidas tal comunión con el entorno que no parece haber actores
del presente encarnándolas, sino auténticos seres del pasado.

La muerte de Robin Hood es al mito de Sherwood lo que Grupo salvaje al western.
Con un pistolero del Oeste en vez de un proscrito medieval, con una misión
californiana en sustitución de un priorato nórdico, pero con idéntica atmósfera, con
idéntico pulso, con idéntica visceralidad, Michael Sarnoski podría haberse erigido
de una manera más evidente en el mejor heredero de Peckinpah que tenemos
ahora mismo a este lado del Infierno.

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