El Cinematógrafo: La séptima de Scream

El Cinematógrafo: La séptima de Scream

Cuando en 1996 la primera Scream marcó un hito en el cine de terror, por su frescura, su metanarrativa, su referencialidad y su inmersiva dinámica para el espectador, casi como en un juego de esos de “elige tu propia aventura” —en la variante “elige tu propio sospechoso”—, aquello se debía tanto a la dirección maestra de Wes Craven como a la genial personalidad del guionista Kevin Williamson. Con razón le llamaron el Tarantino del género. Su capacidad imaginativa y su manera de escribir eran tan inusitadas entonces como desgastadas se han quedado por sus imitadores después.

Es hermoso señalar a Craven, firmante superior de las cuatro primeras entregas, como el dos veces renovador del slasher por Pesadilla en Elm Street en el 84 y por Scream del 96 en adelante. Pero en el segundo caso se suele olvidar que la mente propulsora del universo Ghostface, a diferencia del universo Freddy Krueger, corresponde a un creador más. El cual, después de unas cuantas secuelas, en 2026 ocupa por primera vez la silla de director en su propia saga y, francamente, ojalá su ilustre antecesor estuviese vivo para verle obrar.

Mi opinión sobre Scream 7, sin ánimo de llevar la contraria, se opone a la mayoría. Quizá sea hasta ahora, junto a la tercera parte, la más repudiada dentro de la franquicia. Y, como aquella, no solo no me ha parecido muy mala, sino muy buena. No solo no me decepcionó, sino que me resulta la mejor y más querible secuela desde Scream 2 en 1997. Al menos la que más veces querré volver a ver en el futuro, por el saludable retorno que acomete hacia los orígenes y su depurada puesta en escena.

Sin ignorar el paréntesis dual de Scream 5 (2021) y Scream 6 (2023), de las que conserva a uno de los coescritores y a los personajes de Mindy y Chad, interpretados por la misma dupla, Williamson se echa al hombro la compleja tarea de continuar sin Melissa Barrera ni Jenna Ortega… y lo consigue, para este aficionado. Que la ausencia de ambas sea irritante para la última camada de screamófilos, con el amargo sabor de la cancelación política entre medias, es una puñalada colateral que el autor cicatriza con bastante tacto y acierto. En lo personal siempre preferí a Sidney, imán definitivo de psicópatas, y a su particular cuadrilla de Misterio a la Orden.

Hay un momento en que el reaparecido Matthew Lillard —siempre me encantó su alucinada caracterización de Stu—, y no mucho después Courteney Cox, dicen a Neve Campbell que “lo de Nueva York” no fue lo mismo sin ella, cada uno a su forma. Yo no escucho que se lo estén diciendo a Sidney Prescott, en el plano ficcional, sino a Neve Campbell en el mucho más triste plano de la realidad. Porque es justo lo que sentí tras las dirigidas por Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, quienes por otra parte cumplieron sobradamente la misión de reimpulsar el legado con nuevos rostros e intensidades.

Lejos de una fórmula mal repetida, Scream 7 batalla contra la dictadura habitual que dicta las identidades de los Ghostface del momento. Es más libre en ese sentido. Integra además a la antigua generación con la nueva en un equilibrio mayor, Campbell está soberbia, ¡vuelve Marco Beltrami!, hay unas muertes estupendas en su elaboración fílmica y, por momentos, devuelve a escenarios y situaciones el grado de abstracción imposible que desde algunos films de Dario Argento no suelo encontrar. Ejemplo de esto último: el aislamiento exagerado de una posible víctima, cuyos gritos nadie escucha y en cuyo auxilio ningún vecino acude: Isabel May se encuentra atrapada en la vastedad de una calle como María en Tenebrae, corriendo como Alexandra Paul cuando se encendían las luces de Christine. Cosas así, como café para cafeteros, son un auténtico regalo que no se paga con el precio de la entrada.

Williamson ha hecho una película más que a la altura de su legado. En la vena más genuina y disfrutona del terror. No se trata de reinventar lo que ya reinventó una vez, faltaría más: se trata de continuar jugando en la misma línea.

Estemos claros: nada, ninguna secuencia, ningún hallazgo, ningún aporte de las posteriores, podrá superar el impacto de aquella secuencia seminal en que Drew Barrymore atendía una llamada peligrosa mientras freía palomitas.

Desde entonces los comienzos de cada entrega me gustan mucho, buscan todos establecer el listón, sin alcanzar la sensación de aquel. El de la segunda es especialmente impresionante, y el de la cuarta especialmente efectivo. Ahora bien; solamente con su primer cuarto de hora, Scream 7 ya me tenía metido y pidiendo a gritos no salir de este disfrute de película. Qué ritmo, qué color, qué atmósfera tan… No sé. Familiares.

Como la respiración de Roger L. Jackson al otro lado del teléfono. Mucho más irresistible si “te gustan las películas de miedo”.

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