Entre la vulgaridad y la voz de un barrio: el debate del reparto

Entre la vulgaridad y la voz de un barrio: el debate del reparto

Hay un fenómeno que no podemos seguir mirando de reojo: la manera en que ciertas tendencias musicales, particularmente, el reparto y determinadas corrientes del reguetón, se han instalado en el gusto popular, sobre todo entre los más jóvenes, arrastrando consigo un lenguaje cada vez más explícito, vulgar y, en muchos casos, denigrante.

No se trata de satanizar un género completo ni desconocer que la música urbana ha producido propuestas de calidad e innovación rítmica.

El problema surge cuando las letras normalizan la violencia, cosifican a la mujer, exaltan el dinero fácil o el consumo de sustancias como símbolos de éxito; y todo eso llega, sin ningún tipo de filtro, a los oídos de niños y adolescentes que apenas están formando su sistema de valores.

Aquí está el punto que más debería preocuparnos: la repetición constante de estos mensajes, incorporados en ritmos pegajosos y bailables, termina naturalizando contenidos que en cualquier otro contexto generarían rechazo.

Un niño que canta sin comprender del todo, o un adolescente que sí entiende perfectamente y comienza a replicar actitudes y lenguaje agresivo o sexualizado, está siendo influenciado en su manera de relacionarse, de ver a los demás y de concebir el respeto.

Los especialistas en psicología infantil y juvenil coinciden en que la música es una poderosa herramienta de socialización. Lo que se canta, se interioriza y, cuando eso que se interioriza gira en torno a la vulgaridad, la misoginia o la violencia, el efecto acumulativo puede reflejarse en el comportamiento escolar, en las relaciones de pareja tempranas e, incluso, en la manera en que los jóvenes procesan el conflicto.

Sería injusto colocar toda la responsabilidad sobre la música, el fenómeno es también un espejo: refleja realidades sociales, económicas y familiares que ya existían y que estos géneros simplemente ponen en ritmo.

Prohibir o estigmatizar sin más no resuelve el problema de fondo, lo que sí urge es un acompañamiento más activo por parte de familias, escuelas e instituciones culturales: hablar con los muchachos sobre lo que escuchan, fomentar el pensamiento crítico frente al contenido y, al mismo tiempo, apostar por una producción musical alternativa que demuestre que se puede ser popular, pegajoso y exitoso, sin necesidad de recurrir a la vulgaridad como fórmula.

La conversación no debería ser “reparto sí” o “reparto no”; más bien habría que enfocarla en qué estamos permitiendo que eduque a nuestros niños y jóvenes, cuando los adultos dejamos ese espacio vacío.

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Sobre el autor: George Carlos Roger Suárez

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