El aire denso de finales de diciembre en Cuba no es solo calor. Es el peso de un año que se despide entre apagones prolongados y la cuenta mental de cada carga. Es la incertidumbre de qué llegará primero al hogar mañana: el agua o la corriente eléctrica.
En el portal de una casa, una familia observa el silencio inusual de la calle, roto solo por el generador del vecino de la esquina. A simple vista, podría parecer el escenario del hastío del que algunos hablan. Pero quien conozca a Cuba sabe que esto es solo la superficie quieta de una olla a presión llena de sueños a punto de silbar.
El 31 de diciembre muy pocos en la Isla se acostaron a llorar. Millones nos hemos preparado, con la obstinada alegría que nos caracteriza, para una ceremonia colectiva de resistencia llamada Año Nuevo.
La resiliencia cubana no es un discurso. Es una práctica cotidiana, un “resolver” que se ha refinado hasta el arte, y que en Nochevieja adopta formas casi sagradas. Mientras por allá afuera —y dentro también— miden la contracción económica o las horas sin luz, en los patios y solares se libra la batalla más importante: la de la esperanza. Y para esa batalla, el cubano no necesita más que lo que tiene a mano: agua, un trozo de tela vieja, una maleta vacía y una fe a prueba de balas.
Justo a la medianoche, un coro de salpicaduras rompió el silencio. Fueron miles de cubanos lanzando un cubo o una jofaina de agua a la calle. Este ritual, que para el foráneo puede parecer un capricho, es una poderosa declaración de intenciones: se arroja fuera todo lo malo acumulado, la energía negativa del año que se va. En un contexto donde lo negativo tiene nombres concretos —inflación, escasez—, el gesto es catártico. “Aquí terminan las penas”, dice el agua sobre el asfalto.
Minutos antes, las aceras se llenaron de una procesión silenciosa y decidida: hombres, mujeres y jóvenes dan la vuelta a la manzana arrastrando una maleta. La tradición pide que esté llena de ropa para atraer viajes. Hoy, ese viaje puede ser el anhelo de recorrer el mundo o la metáfora de un deseo profundo de movimiento, de cambio, de que la vida tome finalmente una dirección nueva. Es prueba de que, incluso en las circunstancias más complejas, no dejamos de soñar con horizontes más amplios.
Luego está el fuego, que inicia cuando un grupo de vecinos rodea un muñeco de trapo y paja. Tiene cara de año viejo, vestido con harapos. Cuando las llamas lo consumen, estalla un aplauso y algún trago de aguardiente circula. Quemar al “muñeco” es quizás el acto más gráfico de la filosofía cubana ante la adversidad: reconocer lo malo, personificarlo y prenderle fuego con alegría para empezar de cero. Es aplicar el refranero popular de que “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.
Detalles más íntimos completan el cuadro: la prenda roja —a veces al revés— para atraer amor o suerte, el billete dentro del zapato para convocar prosperidad, y la cena que, contra viento y marea, intenta reunir en la mesa algo de puerco, congrí y yuca.
¿Son solo supersticiones estas prácticas? Reducirlas a eso sería no entender nada de Cuba. Estos rituales son la arquitectura emocional con que nuestro pueblo se sostiene. Son actos de creación de comunidad, donde el vecino que quema su muñeco invita al de al lado, donde se comparte el agua si a uno le faltó, donde nos reímos de las desgracias del año al calor de las mismas llamas que las reducen a ceniza.
Es la materialización del “a mal tiempo, buena cara”. La buena cara no es ignorar el mal tiempo —somos los primeros en señalarlo con un humor ácido y preciso—, sino decidir no dejarse derrotar por él. En Cuba comprendemos, como en ningún otro lugar, que la cultura es una forma de vivir, sentir y compartir. Es un espíritu de resistencia que ha sabido convertir la escasez en ingenio, en inventiva; de celebrar en la misma cuadra donde se expresan quejas por la dura situación.
No es una contradicción. Es la complejidad de un pueblo que sufre las carencias, pero se niega a que le roben la capacidad de gozar, de reinventarnos y de creer.
El brindis por este nuevo año, entonces, no es solo por los 365 días que llegan. Es por la abuela que, con pensión insuficiente, aún guarda un dulce para los niños del barrio. Es por el joven que, frente a la tentación de emigrar, prueba suerte con un negocio propio. Es por los obreros que mantienen en pie lo que se puede.
Al filo de la medianoche del último día del 2025, Cuba dio una lección al mundo otra vez. Demostramos que la resiliencia no es un concepto abstracto, sino un muñeco que arde, una maleta que rueda, un baldazo de agua que limpia el alma. Y con ese mismo espíritu, pisando fuerte los boletos de la esperanza, cruzamos el umbral del nuevo año. Porque, como también dice el refrán: “Dios aprieta, pero no ahoga”. Y nosotros ni ahogándonos dejamos de bailar. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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