Telecomunicaciones breakdown

Hace días que trato de hablar contigo. No sé si quiera contarte un jugoso chisme, imagínate, a fulano se le fue la mujer con otro, o debatir sobre la nueva tasa cambiaria que se viene, o despotricar contra la novela cubana o solo decirte que te he extrañado. De lo único que sí estoy seguro es de que quiero hablar contigo y no puedo, porque las telecomunicaciones no me lo permiten.

Ayer por la mañana te llamé. Dio un timbre. Miré tu foto de contacto y me emocioné. Dos timbres. Me puse nervioso como siempre sucede cuando sé que escucharé tu voz. No hubo tercer timbre. La llamada murió. Todas las rayas de cobertura desaparecieron de repente.

Puse el modo avión. Quité el modo avión. La cobertura no regresó. Puse el modo avión. Quité el modo avión. La cobertura no regresó. Puse el modo avión. Quité el modo avión. Una raya, una sola raya y tambaleante.

Según Etecsa en 2022, creció en más de un millón la cifra de usuarios conectados a internet vía telefonía celular en Cuba.

Marqué otra vez. Dio un timbre. Miré tu foto de contacto y me emocioné de nuevo. No hubo segundo timbre. Desapareció la raya. Quise, quise reventar el móvil contra el suelo; pero respiré y respiré. Recité un mantra y ello me calmó un poco. Decidí esperar un rato a ver si las telecomunicaciones mejoraban.

Al mediodía te envié un SMS. Observé la palabra «Enviando» debajo del mensaje durante siete minutos y medio. Quería con la mirada hostigarlo, empujarlo. No funcionó. Al final me salió el cartel de «No enviado». Mantra otra vez. Ellos quieren matarme y lo van a lograr.

En la tarde te marqué otra vez. Dio un timbre. Me emocioné con tu foto de contacto donde estás bella y primigenia, como una Venus de la espuma. Dos timbres. Me cercené la uña del meñique de la mano izquierda. Tres timbres. Cuatro. Cinco. Seis. «Hola», dijiste.

Me quedé mudo. De madre que con los deseos de hablar contigo que tenía se me fugaran las palabras. Logré articular un «Hola» endeble, soso. «¿Quién habla ahí?», me preguntaron del otro lado. Era una voz áspera, gruesa, con guapería. «¿Quién habla ahí? Oye, oye. ¿Cuál es la gracia?». Colgué. Se habían cruzado las llamadas.

Igual me sucedió en la noche cuando otra vez traté de contactarte. Al final, terminé hablando con una señora de Santiago de Cuba, dulce, pero que al parecer no oía bien. Demoré dos minutos en explicarle lo que ocurrió, que no la buscaba a ella, que todo fue una confusión.

Luego pensé que quizá la señora esperaba que alguien le contara un jugoso chisme, le resumiera el capítulo de la novela que no pudo ver por culpa del apagón, que le afirmaran que no se preocupara, sin importar qué, él regresaría.

A la mañana siguiente, te escribí por Whatsapp. Tan temprano, a eso de las seis, la conexión suele ser más segura y rápida. Nada más terminé de teclear el «¿Cómo…» de «¿Cómo tú andas?» la 4G murió.

Puse el modo avión. Quité el modo avión. No 4G. Puse el modo avión. Quité el modo avión. No 4G. Puse el modo avión. Quité el modo avión. Mantra otra vez, y otra vez… Decidí dejarlo ahí, porque no quería comenzar la jornada con tanta mala energía.

Me pregunté, mientras caminaba hacia el trabajo, qué ha hecho Etecsa, que subió sus tarifas para invertir en infraestructura tecnológica y de los servicios hace ya varios meses, con esos ingresos. Sopesé que con el tema de los cortes eléctricos las baterías de las antenas no resisten tantas horas sin electricidad. Sin embargo, nada logró convencerme del todo.

En la tarde noche decidí hacer un último intento. Marqué. Timbre. Foto de contacto. Timbre. Nervio. Timbre. Un «Hola» tuyo. Tun, tun, tun mi corazón desbocado. Un «Hola» mío. Un «No te oigo bien» tuyo. Estática. Estática. Estática. Silencio.

Ahí tomé la decisión de parar por mi salud mental, por mi bienestar social, por mi bioseguridad. Guardaría todo lo pendiente por comentarte para cuando nos encontráramos en persona: la tasa cambiaria, la novela, algún jugoso chisme, este extrañar insano. Puse el teléfono en modo avión. No le quité el modo avión.

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