
El Teatro Sauto, esa joya neoclásica que la ciudad de Matanzas atesora con orgullo, parece vivir por estos tiempos un drama tragicómico. Sus muros, testigos de afamadas óperas y zarzuelas, hoy soportan grafitis que ni el más audaz artista urbano firmaría. Sus decimonónicos portales, diseñados para recibir a intelectuales y románticos, son ahora el «baño de emergencia» de quienes prefieren aliviarse entre columnas históricas antes que caminar unos pasos.
Ironías de la vida: el mismo lugar que sobrevivió a Valeriano Weyler y la Reconcentración hoy lucha contra restos de pizzas y el sonido desafinado de los autos.

La “decibelia” —término perfecto para describir este ruido que nos ensordece— no solo viene de la calle. Hasta la cafetería anexa al teatro aporta su playlist estridente, como si el patrimonio necesitara un DJ. Y mientras, los conductores convierten las calles a su alrededor en un parqueo salvaje, rompiendo “bolitos” como si fueran migajas de un pastel. ¿Dónde quedó aquel respeto que nos define como cubanos?
No se puede hablar de esta triste realidad del Sauto sin mencionar a quienes buscan abrigo en sus portales. En otros tiempos, el teatro acogió a víctimas de la crueldad colonial; hoy, es refugio de personas en situación de vulnerabilidad. Solidaridad sí, pero ¿por qué la dignidad de unos debe chocar con la conservación de todos? Cuando el alumbrado falla y la vigilancia brilla por su ausencia, hasta las cadenas históricas desaparecen… ¿Acaso el patrimonio no merece custodias más que simbólicas?
Y aquí no basta con señalar al ciudadano desaprensivo. Si un hombre con demencia logra violentar una puerta y entrar al teatro —afortunadamente sin mayores daños—, ¿no es acaso un síntoma de que faltan cosas más allá de una activa seguridad? La cafetería debería ser aliada, no cómplice del ruido. Y si los separadores de concreto son pulverizados cada semana, ¿no urge a los responsables de Tránsito señalizar, multar, educar?

Más allá de las grietas, el peligro trasciende los excrementos, los malos olores o los golpes a las puertas. Lo intangible —el orgullo matancero, la memoria cultural, la tradición— se erosiona cuando normalizamos que un Monumento Nacional sirva de escenario para el desorden. ¿Qué imagen damos al turista que viene a admirar nuestra Atenas? ¿Qué nos queda a nosotros como ciudadanos? ¿Un teatro impecable o una situación que huele a indiferencia y despreocupación?
El Sauto —enrumbado ya a un nuevo aniversario— no pide alfombras rojas, solo respeto. Preservarlo es tarea de todos los matanceros: de aquellos que dejen de ver sus muros como un cuaderno de reproches, de las instituciones que actúen más allá de los discursos, y de una comunidad que recuerde que los monumentos no son piedras viejas, sino espejos de lo que somos. O de lo que aspiramos a ser.

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