
Nota: en la foto ilustrativa del artículo, se ve al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu ante la Asamblea General de la ONU, el 27 de septiembre de 2012, cuando aseguraba que Irán estaba a punto de enriquecer uranio al 90% y obtener «la bomba»… que aún en 2025 no tiene y que Israel sí posee desde los años 60s.
Todos y cada uno de los pasos empleados por Israel desde la sexta llegada de Benyamin Netanyahu al poder en 2022 —y no únicamente desde el 7 de octubre de 2023—, han sido en pos de dos grandes objetivos:
- A nivel interior, acallar la disidencia y anular los mecanismos democráticos que impidan la instauración de un gobierno despótico, autocrático y ultraviolento.
- A nivel exterior, destruir definitivamente el Frente de la Resistencia, eliminar toda posibilidad de que los palestinos materialicen su Estado-nación y finalmente, de ser posible, destruir la República Islámica de Irán, preferentemente mediante una guerra demoledora.
El nuevo periodo de Netanyahu, ya un personaje parteaguas en la historia de la joven nación hebrea, da cuenta la persecución de estos “sueños húmedos”. Si bien siempre ha sido un dirigente de línea dura, intransigente, vinculado a lo reaccionario y lo conservador, ahora ha venido como nunca escoltado por grupos sionistas-revisionistas, de carácter supremacista, que tiñen Eretz Israel según su propia interpretación política — la consecución del Gran Israel—, desde el Nilo hasta el Éufrates.
El cómo Israel transitó en menos de dos años este camino —con sus viabilidades, aprovechamientos y también sus imposibilidades fácticas—, puede repasarse seguidamente, en una extensa e intensa explicación, en un dossier desplegable.
Si quieren darse un repaso, abran el escrito oculto; sino prosigan con el artículo.
Benyamin Netanyahu llegaba envalentonado luego de sentir —con alguna razón—, que la caída del gobierno de Bashar al-Assad también era mérito propio.
Con impronta triunfante, se paseó el mismo 8 de diciembre por los Altos del Golán, mientras a pocos kilómetros, las disminuidas milicias de Hezbolá eran empujadas al norte del río Litani.
El mensaje era unívoco y tenía dos grandes destinatarios. Primero y principal, la cúpula teocrática de la República Islámica de Irán: la destrucción del aliado sirio no solamente era un paso más hacia el desarmado del Frente de la Resistencia, sino el aislamiento operativo de Hezbolá y una nueva ruta aérea de penetración “limpia” hacia el noroeste y centro-oeste en caso de decidirse una mortífera campaña aérea.

El otro destinatario, por supuesto, era Donald Trump, de quien se espera aún una decidida acción a favor de los intereses israelíes —esto es, secundarlos en una aniquilación de Irán—, atento no solamente a los multimillonarios aportes brindados a su campaña (AIPAC mediante), sino también, al poder en las sombras —léase, una insoportable influencia—, que ha desplegado con notable eficacia Israel en su primera presidencia gracias a los manejos del Congreso y otros resortes administrativos en Washington.
Donald Trump asumió el 20 de enero de 2025. Sin embargo, poco antes de asumir, Trump se mostró algo esquivo en conceder todos los caprichos de Netanyahu. Desde el vamos decidió enviar el 11 de enero a Tel Aviv a su enviado especial para Asia Occidental, el empresario judío sin antecedentes diplomáticos Steve Witkoff, para hacerle llegar a Bibi un mensaje inequívoco: evitar cualquier escalada innecesaria y abstenerse de declaraciones que puedan conducir a conflictos regionales.
Con un ojo en el rush sirio, Trump esperaba una llegada al Capitolio en paz, sin sobresaltos, para luego recién tomar las riendas de la política exterior.

Trump exigió que Israel no se involucrara en ninguna acción armada excesivamente provocativa porque percibía que Netanyahu quería pudrirla para darle la bienvenida forzándolo a algún tipo de intervención estadounidense en un conflicto abierto con Irán. Pero Washington se anticipó dejando en claro que no había plafón para la idea.
Paso seguido: Washington exigió, como señal de buena voluntad hacia Estados Unidos, que Israel acepte un acuerdo de alto el fuego con Hamás, algo que en realidad se venía hablando trabajosamente desde fines de 2023 a través de las instancias qataríes y egipcias (pero que Israel se negaba a aceptar).
Así las cosas, a 5 días de la asunción de Trump, específicamente el 15 de enero de 2025, Israel y Hamás llegaron a un acuerdo articulado en tres etapas, que comenzaba con un alto el fuego de seis semanas, la liberación progresiva de todos los israelíes retenidos en Gaza a cambio de otros rehenes palestinos encarcelados por Israel, un alto el fuego permanente, la retirada de las tropas israelíes de Gaza y un proceso de reconstrucción que duraría entre tres y cinco años.
Si bien este acuerdo fue presentado por Joe Biden como una medalla, nadie ignora que hubo gestiones extra-oficiales por parte de Donald Trump y es precisamente a él a quien se debe ese suceso.
Para la cúpula sionista, muy probablemente, esto no haya sido de su mayor agrado, pero como Netanyahu aspira a objetivos mayores, y ya había tenido un frente de tormenta el 24 de septiembre de 2024 por la cuestión de los rehenes (que sinceramente nunca le importaron), cuando la Histadrut, el principal sindicato de Israel, convocó una huelga general, en pos de un alto al fuego y la urgente liberación de los cautivos, entonces, prefirió quedar esta vez como un dirigente magnánimo y en sintonía con Trump, para luego rodearlo lentamente.

Pero la verdad debe ser dicha: el principal escollo en la política exterior de Trump para Medio Oriente probablemente no sea la diplomacia iraní —que desde la asunción de Pezeshkian se ha mostrado en actitud negociadora—, sino la tozudez ideológica israelí y su afición a mostrar acciones violentas ante el primer desagrado, vulnerando los acuerdos.
Netanyahu lleva mucho tiempo soñando con un ataque definitivo contra Irán para frenar el ascenso de ese país como potencia regional, pero eso necesita de la intervención directa de Estados Unidos, y hará cualquier cosa para lograrlo.
Capítulo aparte para Irán: al contrario de Israel, que aún con un gobierno despótico y poco conciliador, goza de las mieles de un cordón umbilical con América y sus taxpayers; por no hablar de los gentiles empresarios judíos diseminados en Occidente que aportan a la causa, la economía iraní está prácticamente en bancarrota.
Irán tiene una altísima capacidad tecnológica militar (por ejemplo, en misilística, drones y sistemas antiaéreos de calidad; incluso domina satélites), pero las sanciones infernales aplicadas inflexiblemente por Occidente han impactado fuerte, muy a pesar de los grandes esfuerzos que ha hecho en su momento Raisi (y esta gestión) para “conectarse” con sus vecinos próximos y no tan próximos de Asia Central y Extremo Oriente.
Sabemos que la telaraña estadounidense en particular ha llegado tan lejos como encarcelar en 2018 a Meng Wanzhou, la actual presidenta rotativa y directora financiera de Huawei, supuestamente por engañar al HSBC 1 sobre negocios en Irán, violando sanciones estadounidenses. Esto hace que pocos valerosos países se atrevan a comerciar con Irán, y cuando lo hacen, se utilizan mecanismos que deben sortear las alarmas financieras dominadas por Occidente, lo cual encarece las transacciones.
Además, por increíble que parezca, el prolongado déficit en inversiones en el sistema gasífero y petrolífero —principal monocultivo persa—, convierte a Irán en una inmensa potencia “sentada” sobre un recurso vital al que le cuesta mucho extraer (en doble sentido, técnica y onerosamente).
De hecho, la veterana infraestructura energética ha provocado cortes programados de electricidad, que han afectado a la industria y al ánimo de la población. Esto se pone peor en los duros inviernos iraníes.
La dirigencia estratégica iraní actual se pregunta si no están ante un punto de inflexión necesario: cultivar (o sea, financiar) el Frente de la Resistencia puede que sea una idea central para la seguridad nacional iraní, pero está mermando los recursos que necesita el país para su despegue económico, y finalmente, eso termina afectando también la seguridad nacional, royendo los pilares del edificio. Si le pasó a la URSS, si le está pasando a Estados Unidos, ¿por qué no puede pasarle de igual manera a una potencia regional menor?
Gran parte de los ingresos petroleros persas, que están limitados por las sanciones y sólo son permitidos con cuotas fijas para “estabilizar el mercado”, fueron gastados en empresas geopolíticas. Por ejemplo, durante los últimos 13 años, entre 30.000 y 50.000 millones de dólares fueron destinados para el sostenimiento del gobierno de Bashar al-Assad… mientras que más de 20.000 millones (según cálculos de Washington Institute, tomarlos con pinzas) fueron hacia Hamás y Hezbolá. Cualquiera sean las cifras, ese apoyo no es gratuito y sugiere un agujero negro de fondos. Esto nos hace preguntar legítimamente hasta dónde podía sostenerse ya esos destinos sin afectar en algún momento la casa propia con, por ejemplo, alguna revolución en marcha que utilizase el creciente descontento como leña… No olvidemos cómo fueron explotadas sendas revoluciones de colores en 2009 y 2022, y lo fácil que prenden cuando hay malhumor social.
Si damos como ciertas las cifras de arriba, esto implica que aproximadamente más de 1/4 de los ingresos petroleros obtenidos por Irán desde 2018 a 2023, fueron a parar en apoyo y sostén del Frente de la Resistencia… que encima, tras la asolada israelí, ha quedado muy maltrecho, o directamente en un eslabón, totalmente perdido (caso Siria).

El nuevo gobierno de Massoud Pezeshkian ha conversado indudablemente con el Líder Supremo sobre estas limitaciones y la realidad geopolítica que se les impone, planteando la necesidad de optar por otra estrategia de supervivencia con eje en el fortalecimiento económico, dado que sin él, no habrá siquiera posibilidad alguna de mantener cohesionada la estructura misma de la Revolución, y la defensa nacional, que demanda muchos fondos, incluso se hará más complicada.

No escapa entonces a la atención de la teocracia iraní que la máxima prioridad actual es mejorar la economía, lo cual se logra mejor mediante el levantamiento de las sanciones occidentales.
Por poner un simple ejemplo de las ineficiencias iraníes, y de la necesidad urgente de contar con una infraestructura moderna de perforación y explotación, y fundamentalmente, de licuefacción, los campos gasíferos de South Pars y North Dome, compartidos por Irán y Qatar respectivamente, demuestran una notable asimetría en productividad y rentabilidad.
Característica | North Dome (Qatar) | South Pars (Irán) |
---|---|---|
Producción diaria | ~650 millones de m³ (2024) | ~700 millones de m³ (2024) |
Reservas estimadas | ~24.5 Tcm (billones de m³) | ~14.2 Tcm |
Inversión y tecnología | Alta inversión, tecnología avanzada (participación de empresas occidentales ExxonMobil, Shell, TotalEnergies, ConocoPhillips) | Tecnología limitada por sanciones, inversión dependiente de China y Rusia |
Exportaciones | Líder mundial en exportación de GNL , mucho más rentable. Produce 77 millones de toneladas/año (se expandirá a 126 millones en 2027) | Principalmente consumo interno y exportaciones limitadas vía gasoductos. La producción de GNL es casi nula (solo 0.5% de la producción) |
Infraestructura | Plantas de GNL modernas, capacidad de licuefacción superior. QatarEnergy posee 14 trenes de licuefacción | Infraestructura de licuefacción muy limitada, más enfoque en gasoductos a Turquía, Irak y Pakistán |
Impacto de sanciones | Libre acceso a mercados y tecnologías | Afectado por sanciones de EEUU, menor inversión extranjera |

En definitiva, Irán sabe que debe mejorar la situación económica o perecerá en el intento, atrayendo a sus enemigos, cual hienas y buitres, al festín del cadáver. Lo sabe Irán, lo sabe Israel y lo sabe también Estados Unidos…
Para más dramatismo, el 2 de marzo, el ministro de Finanzas fue destituido al no poder evitar una devaluación abrupta que llevó el TC de 590.000 riales el dólar a 920.000, lo que significó el 60% de disminución del valor de la moneda nacional y una inflación del 45% (los productos básicos aumentaron hasta un 200%). Según cálculos, en los últimos siete años, 10 millones de personas cayeron por debajo del umbral de la pobreza. Ese mismo 2 de marzo, Israel vulneraba el acuerdo con Hamás… (ver más adelante)

Pero existe una única manera de levantar las sanciones estadounidenses —y por extensión, casi globales—, y esa es la resolución del «asunto nuclear» que deberá emprender inevitablemente con Estados Unidos, y en especial, con el Golem judío Donald Trump.
Esta encerrona ha hecho que Irán deba recalibrar las directrices de su política exterior y su estrategia nacional: todo apunta a que, aunque no del todo para no perder prestigio, Irán ha ido aflojando la mano a sus aliados regionales para centrarse en sí mismo, con horizonte puesto en futuras negociaciones. El tema espinoso es equilibrar entre:
- Preservar los fondos para el desarrollo económico sin que ello afecte de sobremanera el Frente de la Resistencia.
- Que a la vez dicha movida no genere resquemor y termine afectando la imagen regional de Irán como líder resistente.
- Evitar que los enemigos de Irán no saquen aceleradas conclusiones creyendo que Irán es débil, está en la lona y debe dársele el tiro de gracia final (como opinan los más acérrimos sionistas y neocons antiiraníes).
- Tender hacia una negociación que no suponga una capitulación.
Algo, sin embargo, hizo muy bien Irán. La amistad en el Golfo Pérsico lograda por la buena voluntad saudita e iraní bajo los auspicios chinos, ha hecho que ahora sea muy dificultoso —aunque no imposible—, movilizar a los estados árabes sunitas contra Irán como era común en otras épocas. Muy probablemente haya sido esta importante limitación la que ha impedido un ataque coordinado israelo-estadounidense como el bosquejado conjuntamente por la Administración Biden y la cúpula sionista de Netanyahu. De hecho, el 2 de enero de este año, el asesor saliente de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, había presentado al presidente Joe Biden, en una reunión secreta, opciones para posibles ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes (y de allí la premura de Trump por enviar a Steve Witkoff, ver arriba).

El ministro de Relaciones Exteriores iraní Abbas Araghchi en su visita a Riad, Arabia Saudita, en octubre de 2024. El diplomático fue uno de los principales negociadores en las conversaciones que llevaron al acuerdo nuclear con Irán (PAIC) en 2015. Tras la retirada unilateral de Estados Unidos en 2018 bajo la Administración Trump, Araghchi siguió intentando reactivar el pacto con los otros países firmantes. En 2021, fue reemplazado en su cargo por Ali Bagheri Kani después de la elección de Ebrahim Raisi como presidente de Irán. Con Massoud Pezeshkian volvió al gobierno con la cartera de Exteriores, en el máximo cargo.

Esta situación la comprende perfectamente Donald Trump… quien quiere relanzar su asociación estratégica con Arabia Saudita, y su especial relación personal con Mohammed bin Salman. Puede que los saudíes no se jueguen decididamente por la causa palestina, pero han hecho saber que no hay forma de firmar un Acuerdo de Abraham sin la constitución del Estado Palestino —con capital en Jerusalén Este—, y la permanencia de los palestinos en Gaza. Eso es un punto de comunión con Irán.
Trump, por otra parte, sabe dos cosas respecto de los saudíes: (1) el dólar sigue atado al petróleo, ergo, son un elemento clave de la dolarización de la economía global, y (2) son grandes poseedores, junto a China y Japón, de bonos del Tesoro (o sea, deuda pública) estadounidenses, que se niegan a vender o ejecutar para mantener la “ecuación macroeconómica” de Washington basada en emisión contra deuda.

Además, Riad tiene un acuerdo de facto con Rusia —el OPEP Plus—, que maneja el flujo del crudo… y el precio. Y ellos mismos han pasado por un intento de golpe de Estado palaciego, que Mohamed bin Salman lo hizo fallido a fuerza de exilios y descuartizamientos (caso Khassoghi).
Trump sabe cabalmente que la influencia y el prestigio estadounidenses a nivel regional está más bajo que nunca, y que la reputación de Israel está sumamente dañada, por tal motivo, necesita no solamente mantener a los vampiros de Tel Aviv contentos y con la vejiga llena, pero sin que ellos signifique una guerra regional, a los saudíes disciplinados y haciendo negocios con Washington, y a los iraníes, del lado de enfrente, en su corral.
Riad es consciente de los lazos que lo unen a Estados Unidos, y de las bases estadounidenses en su propio territorio y aledaños, por lo que se resguardó de no ingresar oficialmente en BRICS, quedando en una especie de limbo administrativo.
Pero tanto la realidad saudí como la iraní no es la que fuera en el pasado. Ambos países están en comunicaciones fluidas, Riad abandonó el yihadismo como método de sumar fieles y se está centrando en una diplomacia más equilibrada, ¡e incluso terminó su infame guerra con los hutíes!
En cuanto a Irán, apenas 3 días antes de asumir Trump, firmó con Rusia un Tratado de Asociación Estratégica Integral, el 17 de enero de 2025… fundamentalmente para evadir las sanciones, pero sin desdeñar de los asuntos militares.

Tanto Irán como Arabia Saudita tienen hoy otra espalda para resistir cualquier apretada israelo-estadounidense. Sacan aristas hacia Rusia y China, y se tienen entre ellos.
Pero el mismo Trump debe recalibrar sus pasos, andando con cuidado, para lograr su objetivo de obtener un acuerdo que contenga a Irán y le impida ser una potencia nuclear regional, que libere su economía pero no la impulse demasiado, y que a la vez encorsete a Israel en sus designios expansionistas (con la guerra como instrumento preferido). Considérese, respecto a este último punto, la enorme influencia que tiene «el Estado dentro del Estado» (John Mearsheimer dixit) en los asuntos internos estadounidenses.
Recordemos este dato: el 4 y 5 de febrero, el primer mandatario extranjero en visitar la White House fue Benyamin Netanyahu. Venía tras la siembra del 24 de julio de 2024 al Congreso estadounidense, en el que se aseguró —tras un discurso incendiario, lleno de amenazas hacia Irán— el apoyo bipartidario a su política exterior, con vítores y aplausos de pie. Por supuesto, el hebreo venía ahora a recoger los frutos. Pero esa vez, Trump se salió con un proyecto psicodélico: básicamente propuso que Estados Unidos —no Israel— administre la Franja de Gaza, expulse a todos los palestinos en una nueva nakba —algo que provoca poluciones nocturnas a Israel, que lo viene haciendo a puro cañonazo y bombazo—, y construya una esplendorosa Riviera internacional con vista al Mediterráneo [hablé de ello en «Un “Indian Removal Act” para Palestina»].
Sin embargo, a la hora de hablar de Irán, porque a eso fue Netanyahu, Trump aseguró que tomaría una serie de medidas mediante un memorándum de seguridad —que básicamente sonaba a una declaración de principios—, aunque no se comprometió en un programa militar. En la ronda de prensa conjunta, incluso Trump aseguró que “Irán no es débil, sino muy fuerte en este momento”, contradiciendo el saturado discurso de que Irán está “debilitado” y es hora de atacarlo.
Por otra parte, más allá de que durante su primera presidencia Donald Trump fue tremendamente duro con los palestinos (impulsando los Acuerdos de Abraham, reconociendo Jerusalén como capital israelí, reconociendo los Altos del Golán como israelíes, promoviendo el vergonzoso Plan “Peace to Prosperity”, etc), la propuesta ridícula de la Riviera pareció nacer solamente con el fin de morir temprano.
Algunos, incluso, piensan que la lanzó para sintonizar con la sed de sangre de Netanyahu, pero jamás para implementarla en serio. Obviamente, el rechazo de la comunidad internacional fue casi total, especialmente la vecindad árabe, y Trump no podía ignorarlo.

Sin embargo, personalmente sostengo que la idea fue lanzada con el afán de que «si pasaba, pasaba». Si lo pensamos seriamente, erradicando a los palestinos de Gaza se cumplirían algunos objetivos largamente perseguidos por Israel como (1) tomar los territorios a través de emprendimientos inmobiliarios, favorablemente a cargo de empresarios judíos, (2) restaurar el dominio regional de Israel en la región, (3) finiquitar la “solución de dos Estados”, (4) enterrar la noción misma de un Estado palestino, (5) crear las condiciones para la integración regional de Israel mediante los Acuerdos de Abraham y (6) diluir el nacionalismo palestino en varios países de aceptación.
El tenor de Trump cambia cuando pasamos de Palestina a Irán. Con los primeros, existe una especie de desprecio no disimulado, una suerte de racismo entrañable; con los segundos, cierto cuidado y (por qué no) respeto.
De hecho, cuando Trump habla con Netanyahu sobre el destino de las organizaciones palestinas, la imaginación para humillarlos no parece tener límite. Pero cuando Bibi intenta llevarlo hacia una confrontación con Irán, Trump pisa el freno y tira tangentes. Un mes antes, ante la insistencia israelí con «el peligro iraní», Trump re-publicó explícitamente en Truth Social un duro comentario sobre Netanyahu (“deep, dark son of a bitch”) del pensador estratégico estadounidense, el profesor Jeffrey Sachs, para dejar en claro que no siente ni calidez ni camaradería hacia Netanyahu (sobre ciertos asuntos).
Muchos podrán argumentar que Trump firmó ese 4 de febrero (con Netanyahu en Casa Blanca) el conocido Memorando Presidencial de Seguridad Nacional para aplicar la “máxima presión” sobre Irán donde establecía que “se debe negar a Irán un arma nuclear y misiles balísticos intercontinentales”; “se debe neutralizar la red terrorista iraní”; y “se debe contrarrestar el agresivo desarrollo de misiles por parte de Irán, así como otras capacidades de armas asimétricas y convencionales”. Es verdad.
Pero como dije arriba no hay allí retórica beligerante. No dice que será a través de un ataque fulminante ni existe amenaza de guerra alguna. Lo enlista como objetivos que bien podrían ser parte de una negociación.
La postura de Trump, sin embargo, es enervante: sostiene un mazo en una mano y una zanahoria en la otra, ofreciendo reconciliación o retribución dependiendo de la emoción del momento o quien es el interlocutor. ¿Es este un enfoque juicioso? Claramente no. Pero es el estilo negociador de Trump y hay que lidiar con ello.
De hecho, el 12 de marzo, Trump hizo llegar una carta al Líder Supremo iraní, ayatolá Alí Jamenei, a través de Anwar Gargash, consejero diplomático del presidente de Emiratos Árabes Unidos, quien se la dejó al ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, con el fin de hablar sobre el Plan Nuclear y la cuestión de las sanciones.

Pero el Líder Supremo respondió de una manera incómoda: «¿Qué interés podemos tener en negociar sabiendo que no respetará sus compromisos? Nos hemos sentado a la misma mesa y hemos negociado durante años y, después de haber completado, finalizado y firmado el acuerdo, él dio una patada a la mesa y lo rompió».
El veterano ayatolá tiene razón: en 2015 se había logrado un acuerdo por el cual Estados Unidos reconocía el derecho de Irán a desarrollar su programa nuclear civil. A cambio, Irán se comprometía a permitir que el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) verificara que no estaba desarrollando en paralelo ningún programa nuclear de carácter militar, por lo cual se comprometía a no adquirir más de 5.060 centrifugadoras, a no enriquecer uranio a más de 3,67% y a limitar su producción de plutonio. Esto se llamó PAIC [Plan de Acción Integral Conjunto].

Pero Benyamin Netanyahu empezó a montar una campaña de desprestigio donde aseguraba que el Mossad contaba con documentos donde Irán estaba practicando una tecnología dual: en mayo 2018, poco después de la “revelación televisiva” de Netanyahu, Donald Trump anunció que Estados Unidos se retiraba del acuerdo PAIC firmado por Obama en Viena, y volvía con sanciones más duras.

Claro, esa impronta sionista sobre Trump se mantuvo toda la presidencia, y lo llevó, incluso, a cometer la vileza de ordenar la muerte de Qassem Soleimani.
Con esos antecedentes frescos, lo que debería Trump es recrear de una manera más intensa la perdida confianza, con gestos concretos de acercamiento más que con memorandos desafiantes o una carta al “padre de la víctima” sobre las posibles muertes que podrían venir de no acceder (pues así lo interpreta Teherán).
Para colmo de males, el 2 de marzo (el mismo día que destituían al ministro de Finanzas iraní), Israel prohibió la entrada de toda ayuda humanitaria (incluidos alimentos y combustible) a la Franja de Gaza, vulnerando el acuerdo/tregua suscrito el 15 de enero. Unos días después, Israel cortó el suministro eléctrico a la principal planta desalinizadora de la Franja de Gaza, que abastecía de agua potable a más de 500.000 palestinos. Israel comenzaba una vez más su cerco medieval y lo hacía porque se negaba a avanzar en la Fase 2 del acuerdo original, imponiendo condiciones de un «nuevo acuerdo» 3 (al que llamaron confusamente «Plan Witkoff» aunque el negociador estadounidense no tuvo nada que ver con él) por el cual Hamás debería liberar más cautivos israelíes de los acordados en la Fase 1 a cambio de una prórroga de 50 días del alto el fuego, con la opción de volver a la guerra.
Evidentemente, Israel no tiene ninguna predilección por sus rehenes sino por reiniciar urgentemente la guerra en Palestina para cumplir sus objetivos geopolíticos. La intencionalidad de Netanyahu y sus carniceros es evidente: la tregua fue una excusa para aliviar algo la tensión interna, no para buscar una solución política. El ‘corte’ en la Fase 2 es indispensable para que algunos israelíes queden en manos de Hamás y así proseguir la campaña genocida.
Los familiares de los 59 rehenes que aún esperan están enfurecidos con Netanyahu: dicen que los ha abandonado y que los ha entregado a su suerte por su codicia y estúpida intransigencia.

En una postura que ya excede al cinismo, Israel interpretó la preferencia de Hamás por mantener el acuerdo original como una «negativa» a extender el alto el fuego, y empezó los ataques aéreos contra los civiles gazatíes, hecho que luego reafirmó el 18 de marzo, con ataques más pronunciados que mataron más de 400 palestinos.
Por increíble que parezca (¡oh casualidad!) ese mismo día la Administración Trump desclasificó aproximadamente 80,000 páginas de documentos sobre el asesinato del (ex presidente) John F. Kennedy. Muy casualmente, porque todo tiene que ver con todo, uno de los documentos menciona las sospechas de Kennedy sobre Israel y su secreto programa nuclear impulsado por el Deep State estadounidense. Kennedy quería imponer sanciones económicas contra Israel a menos que se adhiriera a las salvaguardas internacionales. Además, quería inspeccionar las instalaciones nucleares de Israel y registrar la AIPAC (entonces AZC, American-Zionist Council) como agente extranjero. Hoy Estados Unidos presiona a Irán, incluso bajo la amenaza de guerra, con aquello que Israel se negó a cumplir rotundamente… y quien comanda esa presión es Israel.
Hoy Israel posee unas 90 ojivas nucleares, pero no reconoce oficialmente tenerlas, y se ha negado a someterse a las amplias garantías requeridas por el TNP, mientras el AIPAC (ex AZC) es el único grupo de presión en nombre de un gobierno extranjero que no está registrado bajo la FARA (Foreign Agents Registration Act).
El jefe del Departamento de Contrainteligencia de la CIA, James Jesus Angleton, descripto por el jefe del Mossad, Meir Amit, como el mayor sionista estadounidense, pudo haber sido el complotador del asesinato.
¿Por qué Trump revelaría esto y en este momento? ¿Acaso teme ser asesinado por los sionistas y sus sicarios en el Deep State? ¿Acaso está queriendo dar un metamensaje sobre sus limitaciones para concretar la paz?

Sigamos tras este pertinente “interludio”.
Usar cualquier ardid para señalar la virulencia e irrazonabilidad del Hamás es la vieja táctica de “pegarle al chancho para que aparezca el dueño”, o sea, no es meramente la imposición de las condiciones programáticas (de exterminio) contra los palestinos, sino un tiro por elevación para lograr su ansiada guerra final contra Irán, a través del endurecimiento de sus posturas.
E Israel, por supuesto, no lo puede hacer a espaldas de Estados Unidos. Cuando Trump presionó para la tregua, se alistó. Cuando Trump libera las riendas de Tel Aviv haciéndose el distraído, Israel arremete con su brutalidad de siempre. Esto no habla nada bien de la intención negociadora y pacífica que dice tener el gobierno de los Estados Unidos.
Si algo faltaba para confirmar la cosa es que, poco después del envío de la “carta conciliadora” a Ali Jamenei, el 15 de marzo, fuerzas aeronavales estadounidenses —con apoyo logístico británico—, lanzaron un demoledor ataque contra Saná, la capital yemenita, y la provincia norteña de Saada, lugares donde se agrupan las fuerzas del Ansar Alá, más conocidos como “los hutíes”, de cercanas relaciones con los mullah de Teherán (y el último suspiro no enclenque del Frente de la Resistencia).
El domingo 16, los ataques volvieron a replicarse sobre los mismos lguares, sumándose las provincias de Hodeida, Bayda y Marib.

Los bombardeos aéreos se produjeron apenas días después de que los hutíes dijeran que reanudarían sus ataques contra los buques israelíes que navegan frente a Yemen en respuesta al último bloqueo israelí a Gaza. Pero es obvio que no se trata de proteger a Israel sino de utilizar a Yemen de punching-ball para imponer presión a Irán.
Los hutíes habían atacado más de 100 buques mercantes con misiles y drones, durante su campaña contra barcos militares y civiles en solidaridad con la causa palestina. La campaña yemenita duró desde el 19 de noviembre de 2023 hasta el 19 de enero de este año, cuando entró en vigor el alto el fuego en Gaza. A pesar de los anuncios de reanudación, los hutíes no han atacado aún ninguna embarcación…
En Irán esto prende todas las alarmas: no hay aquí un camino hacia la desescalada ni buena voluntad negociadora. Hay un reinicio caprichoso e intrínsecamente malvado de Israel por proseguir su programa aniquilador en Gaza. Y hay, asimismo, una complicidad evidente del gobierno estadounidense, como en las épocas de Biden, que se acrecientan con los gruñidos de furia de Trump por Truth.

Para mayor gravedad al asunto, todo ello se dio en el medio de un escándalo denominado «Signalgate». ¿En qué consiste? Pues que se utilizó un chat cifrado no oficial (Signal) que supuestamente borra los diálogos poco después (si es que no son capturados en pantalla…) para decidir bombardear Yemen.
Los altos funcionarios estadounidenses que participaron del chat grupal fueron el asesor de seguridad nacional, Mike Waltz —armador del grupo—, el secretario de Defensa Pete Hegseth, el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Estado, Marco Rubio, la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, la jefa de Gabinete, Susie Wiles, el subasesor de Seguridad Nacional, Alex Wong, el director del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, y el supuestamente agregado por error, el editor en jefe de The Atlantic, el mega ultra sionista Jeffrey Goldberg, con aceitado acceso al gobierno israelí, quien terminó revelando los detalles sensibles. 4
Si no hubiese sido un “involuntario error”, diríamos que la cúpula ejecutiva estadounidense dio una “prueba escrita” a su enlace sionista de su persistente acoso a Irán.

Más allá del escandalete mediático y la ilegalidad al vulnerar las comunicaciones oficiales gubernamentales —por no hablar de la ilegalidad de atacar otro país de manera unilateral sin una resolución del CSONU, o de emprender un ataque estadounidense sin anuencia del Congreso—, los iraníes captaron la señal y respondieron con firmeza, no dejándose amedrentar.
Según la agencia de noticias libanesa Al-Mayadeen, la República Islámica de Irán:
- Reafirma que no negociará directamente con Estados Unidos, especialmente bajo la política de máxima presión, y rechaza categóricamente el enfoque norteamericano.
- Afirma que no negocia en nombre de ninguna potencia regional y que no dicta la política exterior de otras naciones o grupos, incluido Ansar Alá de Yemen, que es un aliado independiente.
- Afirma que no aceptará las “condiciones poco realistas” de Trump y que las demandas estadounidenses son tan amplias que ni siquiera pueden considerarse hipotéticamente.
- Advierte inequívocamente que cualquier acción militar u hostil, ya sea por parte de Estados Unidos o de cualquiera de sus “secuaces”, será respondida con una respuesta iraní que abarcará todos los activos militares estadounidenses en Medio Oriente.
Téngase en cuenta, además, que apenas un día antes del bombardeo a Yemen, o sea, el 14 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, organizó una reunión conjunta en Beijing con los viceministros de Asuntos Exteriores de Rusia e Irán, Serguéi Ryabkov y Kazem Gharibabadi, donde propuso cinco puntos para una solución adecuada de la cuestión nuclear iraní.
Ellos implican:
(1) La resolución pacífica de las disputas, por el cual todas las partes deben promover una seguridad común, integral, cooperativa y sostenible, creando condiciones para reanudar el diálogo y evitando acciones que puedan escalar la situación; (2) El equilibrio entre derechos y responsabilidades, esto es, que Irán debe continuar cumpliendo su compromiso de no desarrollar armas nucleares, mientras que las demás partes deben respetar plenamente su derecho al uso pacífico de la energía nuclear como signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP); (3) El compromiso con el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), como base para nuevos consensos; (4) La promoción de la cooperación mediante el diálogo, lo que implica rechazar la intervención precipitada del Consejo de Seguridad de la ONU, ya que no contribuye a generar confianza ni a reducir diferencias [esto es un órdago a la cláusula snapback que activar el mecanismo de restablecimiento automático de sanciones y (5) El enfoque gradual y recíproco, pues actuar desde una posición de fuerza no es efectivo para resolver cuestiones difíciles.
A la vez, el canciller ruso Serguéi Lavrov enfatizó el apoyo de Moscú a la postura básica de Teherán de que cualquier reanudación de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán debe basarse en el acuerdo nuclear de 2015, que cuenta con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU (que, por supuesto, Trump rompió en 2018).

Curiosamente, la reunión de Beijing coincidió con la conclusión de un ejercicio naval «Security Belt 2025» de seis días en el puerto iraní de Chabahar, entre las Armadas de Irán, Rusia y China. El lema del ejercicio fue «creando paz y seguridad juntos».

Aun con urgentes problemas económicos, la posición de fuerza que evidentemente quiere imponer el bloque israelo-estadounidense solo podrá lograr un mayor enquistamiento en la posición a priori negociadora del liderazgo iraní, y quizás, lejos de posibilitar la típica intentona de subir la presión para cambiar el régimen, lo termine fortaleciendo bajo las banderas del orgullo nacional.
La confabulación para destruir la Revolución en 1980, con el ejército iraquí de Saddam Hussein apoyado por Occidente y la URSS, lo único que logró, finalmente, no fue su destrucción sino su supervivencia y consolidación. No habría que probar fortuna con esos tipos duros, no olvidemos que “el debilitado” Irán resultó ser la némesis de la presidencia de Jimmy Carter (y casi la de Reagan), mientras que ni siquiera el guerrerista G. W. Bush se les animó a pesar de ponerlos bajo el Eje del Mal.
Por ahora, China y Rusia han manifestado su apoyo político y han dado una muestra (para la tribuna) de apoyo material al coordinar sus armadas para contribuir a una seguridad conjunta en el Golfo Pérsico. (Por Christian Cirilli/Tomado de La Visión)
- Meng Wanzhou, la actual presidenta rotativa y directora financiera de Huawei, se hizo especialmente conocida por su arresto en Vancouver, Canadá, el 1 de diciembre de 2018 a petición de Estados Unidos, que la acusaba de fraude bancario y violación de sanciones contra Irán, lo que generó una fortísima crisis diplomática. Washington alegaba que Meng engañó a HSBC sobre las operaciones de Huawei en Irán a través de una empresa subsidiaria llamada Skycom. China reacción con indignación, calificando el arresto como «políticamente motivado» (lawfare). Al ver que las gestiones por su liebración no avanzaban, China arrestó a dos ciudadanos canadienses, Michael Kovrig y Michael Spavor, acusados de espionaje. Meng permaneció en arresto domiciliario en Canadá hasta que, en septiembre de 2021, se llegó a un acuerdo con el Departamento de Justicia estadounidense y fue liberada, regresando a China. ↩︎
- La irónica afirmación atribuida al primer Secretario General de la OTAN, Lord Ismay, decía que el objetivo de la existencia del bloque militar era mantener a los estadounidenses dentro de Europa,
a los rusos fuera de ella, y a los alemanes debajo. ↩︎ - Ya se había llegado a un acuerdo entre Israel y Hamás el 15 de enero, que incluía tres fases y que finalmente conduciría a un alto el fuego permanente. La primera fase implicó un intercambio limitado de cautivos israelíes y prisioneros palestinos, así como un alto el fuego temporal e Israel permitió una mayor cantidad de ayuda humanitaria a Gaza. ↩︎
- En su juventud, Goldberg fue un admirador del extremista judío Meir Kahane, algunos de cuyos seguidores son miembros del actual gobierno israelí. Viviendo en Israel, Goldberg se unió a las Fuerzas de Defensa de Israel, donde se convirtió en guardia de prisión, supervisando a presos palestinos. ↩︎
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