
La caridad y las bestias del algoritmo. Caricatura tomada de Internet
Mr. Beast es una bestia. Él te venda los ojos y te coloca en una habitación repleta de objetos valiosos, un Ferrari, dos maletas cada una con diez millones dólares, un televisor pantalla plana; y lo primero que toques podrás quedarte con ello. Mr. Beast es una bestia mediática que en la selva de las redes sabe que no hay mejor manera de capturar presas que con un buen cebo.
En Cuba no tenemos a un Mr. Beast. Ese tipo de influencers solo los encontramos en países en que la gente carga con menos preocupaciones y más liquidez que nosotros. No obstante, aquí se hace la misma práctica, pero con una carnada diferente: la pobreza y el abandono.
Abundan en las redes aquellos que parecen señoritingas de la República, que realizan sus propias galas benéficas en el salón de bailes rectangular de la pantalla de su celular. Con tanto desparpajo y vino espumoso, uno se pregunta si lo que importa es la causa o el vestido de cola larga y escote corto que exhiben esa noche.
En ocasiones, logran visibilizar algunos casos de desahucio y, si no mienten, incluso, realizar colectas para brindarles ayuda monetaria. Si habláramos de forma pragmática, podríamos decir que sus actos, al final —mientras no sea pura pantalla, nunca mejor dicho—, resultan beneficiosos; mas, lo cuestionable son sus motivos.
Las señoritas de la alta sociedad trataban de hacer algún tipo de ablución, de restriego de conciencia. Los de aquí, muchas veces, como Mr. Beast, parece que quieren buscar seguidores; pero este último se vende como lo que es: una bestia del algoritmo; los nuestros más bien se camuflan en la maleza que constituyen las miserias de esta Isla.
Solicitan donaciones, gestionan remesas, consiguen equipos electrodomésticos y se lanzan unas cuántas fotos, con su mejor perfil, el derecho o el izquierdo, no importa; y la suben y esperan la lluvia de «Dios los bendiga» y «Felicidades para ellos» y «Hacen falta más gente como tú».
Siempre he creído que la ayuda se entrega sin tanta bulla, porque entonces parece que vale más la bulla que la ayuda. Valga la aclaración de que estoy de acuerdo con que se publicite la empatía; sobre todo cuando se persigue un propósito mayor. Mas, nunca claudicaré con esos que se promocionan como una forma de alimentar esa otra bestia que es su ego.
Entre las tantas funciones —»chopitrapo», cloaca, campo de batalla semiótico y político, «stand up» de comedia—, Internet también sirve para crear redes de ayuda; por ejemplo, así sucede con los casos de personas desaparecidas. Hago hincapié en las mujeres, las más propensas a nunca volver por ese puerco machismo que convierte a los hombres en puercos y que aún prevalece.
También, como mencioné antes, coloca frente a tus ojos personas y situaciones que nos duelen aquí, a dos dedos debajo de la tetilla. Entonces, aparecen en los estados de Watsapp, en el «feed» de Facebook, con peticiones de socorro, búsqueda de donantes de sangre, de medicamentos, entre otros.
Hay quien se aprovecha de ese sentimiento, de esta punzada del guajiro en lo humano, para captar miradas sobre sí mismo. Se alzan como falsos héroes: la Madre Teresa de Calcuta con un IPhone 16, un Ghandi con dos dedos para la cámara, con el gesto de paz, dice «cheese» y se toma una selfie.
Creo que la caridad, algo sobre lo que deberíamos saber tanto los cubanos, porque, incluso, nuestra Virgen la lleva en su nombre, no puede ser vertical: el que más tiene tiende la mano al que menos, pero el rico sigue siendo rico y el pobre, pobre; sino horizontal, es decir, propiciar un cambio de circunstancias en que se alcance una equidad entre todos y que no haya quien por falta de insulina le cercenen los pies o quien se vaya a dormir con solo agua de chícharo en el estómago.
Mr. Beast es una bestia; pero a Mr. Beast no le importamos, somos ínfimos, menos de los nueve millones al fin y al cabo entre los siete mil millones de suscriptores que el mundo tiene para ofrecerle. Él no vendrá y te pondrá en una habitación para que le toques las llantas a un Ferrari. Por ello, nos corresponde a nosotros apoyarnos; pero con la idea de que todos zozobramos, más o menos ahí, en esta Isla bote. No tratemos de monetizar con el dolor del otro, no hagamos de la miseria del otro nuestro brillo. No seamos bestias del tercer mundo.
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