Javier Dueñas, el vuelo del tomeguín sobre el lienzo

Javier Dueñas, artista de la plástica original de Perico
El artista Javier Dueñas obtuvo el Premio Provincial de Artes Plásticas 2024, por la obra de la vida. Foto: Ramón Pacheco

Había una vez un niño campesino que pintaba jaulas de tomeguines sobre los alféizares de las ventanas, que odiaba irse a la ciudad para asistir a la Escuela de Arte, pero amaba tanto la pintura que quedó atrapado en ese camino de ida y vuelta y sobre él construyó toda su poética visual. 

Javier Dueñas Rodríguez (Perico, 1969) descubrió desde bien temprano su vocación por las artes plásticas, gracias a un tío que era instructor. Matriculó en su taller y a ratos se embullaba con el aprendizaje, otros se perdía cazando mariposas y cocuyos. Fue ese mismo familiar quien se apareció un día con las planillas de inscripción para hacer las pruebas de ingreso a la enseñanza elemental. Se las entregó con mucha solemnidad y le espetó: “tú eres el que decide si vas o no. 

“Aprobé y ahí empezó todo. Fue muy fuerte al principio venir a estudiar a Matanzas porque mis ariques de guajiro eran duros. Me ayudó mucho una tía que tenía la paciencia de sentarse a hablar conmigo, ella había nacido en el campo profundo y logró hacerse maestra, por su labor de convencimiento ya en el segundo año casi se me había olvidado todo”. 

Javier Dueñas, artista de la plástica original de Perico

— Pasaste a la Escuela Nacional de Arte (ENA) en 1984, una época de oro para las artes plásticas cubanas, ¿cómo se sintió estar en el epicentro de ese movimiento?

— Muy impresionante, empezando por los profesores, desde el más reconocido en aquel momento, Antonio Vidal. Por cierto, no era muy bueno enseñando, pero el ejemplo de tenerlo ahí ya era suficiente. Los más malos del grupo lo llevaron a una reunión con la dirección porque cuando bajaba las notas lo que te pichaba era cien. Ahí le dijeron de todo: ‘usted no enseña pintura, lo que hace es burlarse de los trabajos de nosotros’. A mí me daba pena, realmente yo era de los que mejores notas tenía con él.

“El ambiente era buenísimo, hubo cosas que desaproveché, los más aventajados intelectualmente no se perdían una función de teatro o una buena película. Fui a unas cuantas, pero no era el que más. Los muchachos de la Feem, los que organizaban las actividades, en una ocasión nos llevaron a Noel Nicola y Santiaguito Feliú y en otra ocasión con Carlos Varela, que estaba estudiando en el ISA. Eran tiempos así, cuando llegaban los festivales de cine nos poníamos a falsificar entradas y credenciales y había algunos que lograban de verdad burlar la seguridad”. 

— De esa época, de lo que fue el arte de los 80 en Cuba. ¿Crees que quedó algo en tu obra?

— Sí, por ejemplo, tuve un profesor, Tomás Esson, que en aquel entonces él hacía su último año del ISA. A él le debo ser consciente de lo que tenía que pintar. 

Obra de Javier Dueñas

“Nosotros padecíamos un grave problema, aquí en Matanzas había muy buen claustro de profesores: Raúl Rodríguez (Borodino), Emerio Méndez, Roberto Braulio, que nos pulieron en la parte técnica pero nos faltaba la teoría. Yo era muy creativo, trabajaba mucho, pero no sabían exactamente lo que quería transmitir. Ahí el que me puso la parada alta fue Esson, hasta que no le diera una justificación conceptual y lo convenciera de lo que iba a hacer, él no me daba materiales.

“Ese pie forzado me ayudó a hacer mi tesis. La hice en mi casa, en la mesa del comedor, iba de críticas a la cotidianeidad, planteamientos controvertidos dentro de la sociedad. Todo apoyado en el dibujo animado: el gato Leopoldo y Mickey, que representaban los dos polos geopolíticos, cuestionando cosas como el desarme nuclear, temas de la agenda de esos años. De Cuba trabajé con Elpidio Valdés y los españoles, acercando esa pieza a la canción Tropicollage, de Carlos Varela. En total fueron seis obras en forma de mosaico pero hechas en cartulina. 

“No aprobé las pruebas del ISA. Desde mi apreciación fue por no defenderme bien teóricamente, porque presenté muchísimos trabajos. Pero el tribunal me hizo un par de preguntas y no me vieron bien”. 

— Terminas la ENA y tienes que ir a tu casa, al campo a trabajar en la escuela pedagógica Roberto “Coco” Peredo, de Colón.

— Fue durísimo estar en un lugar donde ni siquiera lo más importante era lo que yo hacía, donde era como un complemento. Por suerte no fui el primero, ya por ahí había pasado otro artista, Denis Núñez, que era parecido a mí, muy tímido. 

Obra de Javier Dueñas

“Imagina una persona que evadió durante sus años escolares el tener que pararse en un matutino a leer una noticia. Una vez, hasta me subí a la cuerda floja, porque yo era acróbata, preferí hacer eso que leer una noticia. Aun así tuve que ir a dar clases y fue más difícil enfrentarme a un aula de muchachitas casi de mi edad, tenía 19 añitos y ellas entre 14 y 15.

“En un momento, una visita que vino de provincia nos dio un alzón tremendo: ‘Usted tiene aquí artistas de nivel que son artistas que exponen en la provincia’, pero fuimos muy incomprendidos hasta el punto que primero se fue William Hernández a probar suerte en Varadero. Yo estaba medio temeroso hasta que probé que con un solo cuadrito que vendieran hacía más dinero que mi salario completo y me fui como artista independiente a trabajar al Parque Josone.

— ¿Desde Varadero, ¿cómo logras encauzar nuevamente tu carrera hacia los circuitos expositivos y de circulación del arte?

— Antes de salir de la Formadora, Adán Rodríguez Falcón y yo decidimos participar en el Salón El arte un arma de la Revolución, en el año 90. Hice una pieza titulada 31 y Pa´lante y por poco no la ponen porque para aquel momento era un poco polémica. Resultó ganadora y es la única obra que he expuesto en el Museo Nacional de Bellas Artes, en el Salón Nacional de Premiados.

Obra de Javier Dueñas

Comenzar con un premio me impulsó, estaba compitiendo incluso con mi profesor Roberto Braulio, con gente muy talentosa. Participé en el siguiente y obtuve mención. Los premios no son definitivos pero marcan la carrera de un artista y estos salones me malcriaron bastante en ese sentido.

“Cuando llegué a Varadero, en 1993, estaba muy decepcionado por una exposición que realicé a dos manos con William Hernández y nos la censuraron. Se titulaba Identidad y algo más. En mi caso las obras eran pedradas porque casi siempre reflejo lo que estoy viviendo, con mucho colorido, mucha ironía, pero fuerte. 

“Cuando ya estábamos ultimando los detalles, el entonces director de la galería nos llamó a su oficina y nos dijo que había una pieza que debía bajarse de la pared, se trataba de una apropiación del Bosco, concretamente de La piedra de extracción de la locura, y representaba a un hombre uniformado abriendo la cabeza de otro. Nuestra respuesta fue: ‘si se quita no hay muestra’. Llegó a inaugurarse pero estuvo sólo 10 días.  

— ¿Qué impacto tuvo la censura en ti?

— Me decepcionó mucho y me aparté por un tiempo. Fue Roberto Capote Peón (Tirilli), de la galería de arte de Colón quien volvió a meterme en la pelea. Él iba a tener una visita del Consejo Nacional de las Artes Plásticas y necesitaba algo fuerte de artistas locales. De ahí me escogieron para el único viaje que he dado en mi vida, a Nicaragua.

Obra de Javier Dueñas

“También aprendí a aprovechar el dinero que ganaba vendiendo ginganes en Varadero para hacer exposiciones en La Habana. Realmente me ayudó muchísimo mi amigo William Hernández, que se había ido primero a la capital y cuando le coincidió una exposición en el Convento de San Francisco de Asís con un viaje, me propuso para que la hiciera yo. Esa fue mi primera gran oportunidad, pero pude mandar a hacer bastidores y comprar el lienzo gracias a lo que vendía para el turismo. Después tuve otra personal allí mismo, de ilustraciones, Cuentos de la Alhambra, y como tres colectivas”. 

— ¿Cómo llegaste al mundo de la ilustración de libros?

— A través del escritor colombino José Manuel Espino. Le iban a publicar un Premio La Edad de Oro y le pusieron un ilustrador que no le gustó. Él es de los que dan la batalla dura y sacó bronca con la jefa de diseño, que le dijo: ‘búscalo tú’. Vino a ver a Zenén Calero, pero ya estaba contra el tiempo y no se comprometió. Nos encontramos en la galería de Colón, me explicó cómo eran los personajes: Wendy, Peter Pan, el Capitán Garfio, y en una tabla de madera pinté una pequeña muestra. 

“Muy temprano cogí el tren y al arribar a la sede de la editorial Gente Nueva, abordé a su diseñadora y me equivoqué con ella. Le dije: ‘aquí le traigo mi currículum’ y ella me respondió: ‘nosotros no le miramos el currículum a nadie, un niño de preescolar puede traer una obra que si es buena, la queremos’. Me repuse de aquel piñazo y le enseñé el dossier. Empezó a reírse, a mirar y me invitó a colaborar con ellos. Ahora ya son más de 40 libros ilustrados, además con Ediciones Matanzas, Vigía, Aldabón, Editorial Oriente”. 

Obra de Javier Dueñas

— Tu obra está influenciada por la visualidad propia de la caricatura y el cómic ¿Qué determinó esta influencia?

— Al principio no era consciente, pero académicamente yo no era bueno. En el nivel elemental, por ejemplo, en Dibujo empecé a coger muy malas notas porque no sabía traspolar bien el objeto real al papel. Me era mucho más fácil dibujarlo en una fotografía y tuve que adquirir mañas y marañas. El mejor del aula en eso era Osvaldo Valladares, que tenía una mano natural y yo me senté a su lado y dibujaba a partir de su dibujo. No sé cómo supe reconocer eso siendo un niño. Luego, en la ENA, también tuve problemas en Pintura con los modelos de natural y quizás ese déficit hizo que me inclinara por el dibujo animado y la caricatura. 

“Mi sueño era atesorar los clásicos Walt Disney, con aquellos fondos que me fascinaban. Y en la tesis, no sé exactamente cómo, llegué a decir: quiero hacer una apropiación de dibujos animados, inconscientemente fui buscando donde mejor me desenvolvía. Siempre admiré mucho la obra de Manuel. Me fui inclinando por esa línea de lo caricaturesco y me lo comentaban en la escuela con un tono despectivo: ‘tú eres más ilustrador’ ”. 

Obra de Javier Dueñas

— ¿Te parece importante que tus cuadros cuenten una historia?

— Después de las clases de Tomás Esson, sí, porque entendí que te pones a pintar texturas y cosas y te pierdes. En estos últimos tiempos ya no soy tan explícito porque llegó un momento en que se me agotaron los temas, ahora se repiten elementos: la bicicleta, el puerco, las vivencias de lo cotidiano, soy una especie de narrador de mi tierra.

“Muchas veces, los fines de semana, William y yo nos íbamos en bicicleta para el central España donde había unas locomotoras viejas y nos pasábamos la mañana entera haciendo bocetos de trenes. Siempre me interesó dejar un testimonio de la época en que vivo y la realidad de la Cuba rural es muy rica, muy narrativa”.

— ¿Por qué nunca te fuiste de tu pueblo,  a pesar de las dificultades de sacar adelante una carrera artística desde la periferia?

— Todo me resultó muy difícil, tuve que echarme la obra arriba y salir a buscar donde ponerla. En mi juventud cogía el tren de madrugada y cargaba con muchas de las cosas de los salones, piezas grandes, ensambladas. A veces me montaba en una máquina para La Habana y el cuadro llegaba medio desarmado. 

“A mí me ataban mi familia, mi terruño, el campo hala mucho. Los 21 días que estuve en Nicaragua no podía encerrarme por demasiado tiempo en la habitación, tenía que salir a compartir película con otros cubanos que se reunían en el lobby del hotel. Sentía nostalgia de todo un poco, me volvía loco.

“De niño, extrañaba y lloraba sentado en las ventanas de la escuela y me ponía a dibujar jaulas de trampa porque yo cazaba pajaritos. No más llegaba a mi casa, me quitaba los zapatos, cruzaba una cerca y me internaba en el monte. Algo cambió en mí cuando participé en un concurso de dibujo que se hizo en el Palmar de Junco y cogí una mención, hasta salió en el periódico y todo. Aquello se sintió rico, el guajirito que yo era estaba representando a Perico”. 

Destaques: 

“Los premios no son definitivos pero marcan la carrera de un artista”.

“…aprendí a aprovechar el dinero que ganaba vendiendo ginganes en Varadero para hacer exposiciones en La Habana”.

“Me fui inclinando por esa línea de lo caricaturesco y me lo comentaban en la escuela con un tono despectivo: tú eres más ilustrador”.


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Sobre el autor: Giselle Bello Muñoz

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