El Cinematógrafo: The Killer: retrato del asesino moderno “by David Fincher”

The Killer es la radiografía mecánica y sin filtros de un mundo que realmente existe y que la magia del cine se ha encargado de romantizar.

The Killer cuenta la historia de un asesino a sueldo metódico, disciplinado y silencioso que controla su ritmo cardiaco en todo momento. El gancho de la nueva película de David Fincher está en insertar a dicho personaje sin nombre en una comedia negra demasiado seria, demasiado fincheriana. Michael Fassbender encarna a este desconocido cuya misión fracasa. Y como en el lumpen de esta profesión no pueden quedar cabos sueltos, lo mandan a matar y tendrá entonces que buscar información en pos de liquidar a los dos asesinos que van tras él, uno de los cuales es conocido como El Dominicanoy el otro parece un isótopo.

Con The Killer pude confirmar dos cosas con respecto a su director: que nunca debió hacer El curioso caso de Benjamin Button y que nació para mostrar la perversión y el morbo que escondemos. Seven, Zodiac, Gone Girl, el ritmo narrativo de Mindhunter, algunos episodios de House of Cards o The Girl with The Dragon Tattoo son solo algunos ejemplos que muestran el camino hacia la perfección estilística que ha alcanzado David Fincher a la hora de construir personajes que trabajan en las sombras, con filias y motivaciones tan bizarras que para una persona promedio podrían considerarse seres mitológicos. Y digo que nunca debió hacer El Curioso… porque para mí, como cinéfilo que soy, casi inmaduro y muy fanático, creo que esa película significó un proyecto creativo con el cual Fincher no pudo pulir aún más su fórmula.

La forma de contar sus historias ha llegado a tal punto que con un plano abierto puede mostrar al asesino en el momento de sus actos, masturbándose, torturando, violando, o matando; nos convierte en testigos de la escena de un crimen. Nos dirige hacia una especie de tensión en la que no podemos hacer nada, es la esencia de la escena del baño en Psycho, de Alfred Hitchcock; ese ambiente con personajes que nunca sabes qué van a hacer, como los drugos de La naranja mecánica, de Stanley Kubrick,o el Anton Chigurh de los hermanos Coen en No es país para viejos.

Cualquier ser violento nos hace sentir una fiebre incontrolable que desnuda nuestra vulnerabilidad física y psicológica, el sentirnos como un mero conjunto de carne y huesos. Víctimas de la casualidad y la desfachatez humana, nos hace a la vez hermosos y fatídicos.

David Fincher hace películas que desnudan el status quo humano.

The Killer es entonces la radiografía mecánica y sin filtros de un mundo que realmente existe y que la magia del cine se ha encargado (sin quererlo) de romantizar, cuando en muchas películas se glorifica o estiliza la violencia, dígase John Wick, la saga de Rápidos y furiosos omuchas películas protagonizadas por Bruce Willis o Mel Gibson cuyo público meta son hombres de mediana edad con ganas de quedarse una noche de sábado viendo a otros hombres golpearse para conseguir el código de una caja fuerte o defender el honor de su hija.

Y la violencia en los media no es problema, sino un recurso más, que sí se convierte en problema cuando lo único que los espectadores consumen son productos donde esta no genera consecuencias; todo el mundo tiene un contador para los asesinatos de John Wick, pero nadie tiene uno para los cientos de mujeres y niños que el baba yaga convierte en viudas y huérfanos.

Pero tampoco podemos ser ignorantes cuando se habla de la violencia en un filme. Quien crea que va a vencer a Jason de Viernes 13, a Michael Myers de Halloween o al depredador de Prey con palabras bonitas está muy equivocado. Depende no solo del género, sino también del autor. El mismísimo Woody Allen resuelve el conflicto interno del protagonista de Match Point con una escopeta, no digo más.

Me encanta hacer una comparativa entre dos directores modernos que adoro y que tienen maneras reconocibles distintas cada uno de utilizar la violencia en sus largos: Quentin Tarantino y David Fincher.

Para Tarantino, la violencia se convierte en una forma a veces cómica de enseñar un mundo que desconocemos, y basándome en sus obras puedo afirmar que este sentimiento es tan poderoso o incluso más que el tan explotado amor; además, nadie puede decir que un sinfín de actos violentos no tengan un efecto en algún personaje, tal es el caso de The Bride en Kill Bill, que siguen pasando los años y esa escena de ella llorando en la habitación cuando ya ha conseguido acabar con todos sus enemigos me hace sentir vacío, como si todavía a Uma Thurman le faltara algo. Y no puedo dejar de mencionar el hecho de que en Django desencadenado y Los odiosos ocho todo el conflicto se resuelve con brutalidad, pues de qué forma un hombre negro rescata a su mujer de una mansión donde Leo DiCaprio es un esclavista convencido y Samuel L. Jackson es un esclavo que se cree mejor que los otros esclavos; y Los odiosos ocho es como una cena familiar donde uno es racista, otro republicano, otro demócrata, uno negro, una criminal, otro un cazarrecompensas y un pobre diablo es el cocinero, de modo que ahí van a llover balas.

David Fincher utiliza este medio para llevarnos a sitios donde solo han estado las víctimas de las agresiones: la mujer que iba con su bebé de meses en el mismo carro que el asesino del zodiaco, la Rooney Mara violada en The Girl with the Dragon Tattoo, los agentes de Mindhunter obligados a adentrarse en la psiquis de asesinos cada uno más macabro que el anterior, los agentes de Seven tan distintos a la vez y llevados ambos por el mismo camino de la infamia, la pobre Amy Dune siendo asesinada por su esposo en Gone GirlEl cine es voyeurismo colectivo, y Fincher lo sabe; no por gusto ese candidato a la presidencia americana y homicida Mr. Underwood, de House of Cards, rompe la cuarta pared constantemente y habla con nosotros, igual que el protagonista de The Killer.

Este nuevo John Doe nos habla a través de sus soliloquios, comenta que matar personas por dinero no es para aquellos que sean propensos al aburrimiento. Duerme en intervalos de una hora y abre sus ojos para reconocer el ambiente. Tiene una playlist, que personalmente considero lo mejor de toda la película, con canciones de The Smiths. Espera a su presa, la acecha con un fusil francotirador, se convierte en una especie de James Stewart con arma de fuego de alto calibre en vez de un lente fotográfico, pero la ventana indiscreta de Fassbender se convierte en una ventana fatídica; fracasa, escapa, y comienza una vendetta que no es para nada emocionante, sino pausada, con un cambio de ritmo justo a la mitad del filme, con una de las secuencias de acción mejor rodadas del año.

The Killer se va convirtiendo en una comedia muy negra, el personaje principal observa cómo sus planes más elaborados se disuelven por culpa de detalles que él creyó tener calculados; es aquí donde podemos decir que el asesino de Michael Fassbender no es tan meticuloso como el de Kevin Spacey en Seven. No es una comedia sencilla de hacer, no es física, no hay mucha carga cómica en un hombre que acaba de dispararle a otro tres clavos en el pecho. La carga cómica no está en la escena, sino en el monólogo del protagonista, en la cara de un Michael Fassbender golpeado (de nuevo) por el azar y que no puede evitar preguntarse si es tan espectacular como cree, porque a John Wick eso no le pasaría.

Asocio a este nuevo asesino de Fincher con el de Bill Hader para la serie Barry. Allí, Barry es un hitman que ya no quiere ser un hitman, quiere ser actor. Pero tiene que enfrentarse, literalmente, a una banda de chechenos que controla el narcotráfico en Los Ángeles, que a la vez están en guerra con los bolivianos, bolivianos que están siendo cazados por la policía, uno de estos policías le pide a Barry que asesine al nuevo novio de su ex esposa: un tipo que es cinta negra en karate y fuma marihuana; y Barry es solo Barry. Como si existiera una especie de tendencia moderna a satirizar lo mainstream, y un ejemplo obvio es The Boys, mostrando cómo nos hemos dejado sodomizar culturalmente por seres humanos que vuelan y lanzan rayos por los ojos.

Justo como ocurre con Parasite, de Bong Joon-Ho, The Killer tiene un cambio de ritmo increíble a partir de su segunda mitad. Nuestro protagonista ha encontrado la casa de uno de sus perseguidores, El Dominicano; duerme al perro guardián y se cuela en el lugar. Busca su objetivo mientras recita un lema mental y lo ataca un hombre de dos metros. Dicha pelea me recordó a la de Ryan Gosling y Dave Bautista en Blade Runner 2049, precoz pero íntima… Después hay que acabar con el enemigo que parece un isótopo, y es nada más y nada menos que Tilda Swinton. Aquí se reparte el drama a partes iguales: aunque Swinton se robe la escena, la actriz tiene una forma de recitar sus líneas que suena como una especie de regaño, ¡ella solo estaba haciendo su trabajo! Como detalle cómico debo añadir que me encantó que  el mantra casi religioso del asesino funcionara, por una vez en todo el filme.

La nueva película de David Ficher termina como comenzó, lenta y sin grandes momentos narrativos, pero eso no quiere decir que el sello fincheriano no esté ahí. Pongo por encima el estilo y no la estructura, porque muchas veces me sentí perdido; es que literalmente los personajes hablan susurrando, y en materia de cortes debe haber ocho o nueve planos de Michael Fassbender registrándose en un aeropuerto con nombre falso, conduciendo, durmiendo o hablando solo.

La cinta fue víctima de su propio nombre y de un mercado que cree que una historia con asesinos modernos tiene que estar llena de acción y de hombres con trajes negros capaces de hacer maravillas sangrientas con un lápiz, ¡y yo amo John Wick!, pero las cosas como son. Con esto de las nuevas películas nunca hay que ilusionarse, vivimos en una época, “celuloidemente” hablando, en la que nos sabemos los nombres de los directores y les pedimos que hagan películas calcadas a la que nos gustó. Ni una sola de Alfred Hitchcock se parece a la anterior. The Killer es otro largometraje más con el que deberíamos simplemente disfrutar y pensar en lo que viene, porque la escena de la pelea con el dominicano me vaticina una futura obra donde el autor explote lo aprendido.

Es verdad que el mercado está saturado de las mismas historias, y esta es una especie de crítica fría a un espectador que liga la sangre con el placer. Y David Fincher no hace eso. (Por Mario César Fiallo Díaz)

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