La historia de un curandero

Decir Villalonga, el del Naranjal, es sinónimo de alivio y remedio, pues las manos de este señor han curado a cientos de personas solo con medicina natural.

Jesús Villalonga Zalazar es un hombre de 76 años, delgado, siempre con su camisa y pantalón holgados, una gorra que cubre sus canas y unas botas que indican su fuerte dedicación a la profesión de cochear. Es muy conocido en la localidad de El Naranjal, sobre todo en el reparto Armando Mestre, aunque me atrevo a decir que muchas personas de Matanzas saben de su existencia. A la vez, si alguien conoce la historia naranjaleña y de nuestra provincia, ese es él.

Siempre frecuenta los mismos lugares. A quien quiera verlo solo le basta con ir a la piquera de los coches, o a su casa, o si no buscar en los terrenos aledaños al hogar, donde pone su caballo a pastar. Ahí suele vérseles, inseparables los dos.

El fuerte sol de la tarde y su coche debajo del framboyán cercano a su casa fueron los testigos de nuestras largas conversaciones, donde me nutría de todos los saberes que él me aportaba solo contándome su historia. 

Villalonga nació, creció y ha pasado toda su vida en El Naranjal. Cuando lo cuenta es imposible obviar el orgullo en su rostro, a pesar de haber enfrentado una niñez llena de necesidades y dificultades junto a su familia.

“Nací y me crié en una casita, cuando aquí solo había fincas y parcelas de tierra. En mi familia éramos cuatro hermanas y dos varones, además de otros dos que no conocí porque murieron estando yo muy pequeño. Soy el más chiquito, ahora solo quedamos mi hermano mayor y yo. De mi infancia recuerdo el hambre y el trabajo que pasábamos, mi mamá luchaba muchísimo para poder criarnos. Ella lavaba y planchaba ropa de hospital, con plancha de carbón, y nosotros con ella trabajábamos también.

“Empecé muy joven, como a los 14 años, a la vez que estaba en una cosecha de papa en Los Molinos, o si no limpiando en el cementerio. Vine a coger el sexto grado al triunfar la Revolución, en las escuelitas de noche, pero nunca dejé de trabajar”. 

TRABAJAR

Por su evidente delgadez se podría pensar que fue una persona dada a trabajos de poca fuerza, pero en realidad su cuerpo esconde más de 50 años de sudor y sacrificio. Desde su adolescencia hasta la actualidad ha tenido muy pocos días de descanso. Lo que comenzó como una manera de poder sobrevivir se convirtió en su cotidianidad, así me lo confiesa: trabajar forma parte de su ser. 

Empezó en el Combinado Avícola, para después integrarse a la granja Las Marías, lugar donde conoció a su esposa Celina. “Allí trabajé por 268 pesos, a mí no se me olvida ese salario. Muchas veces venía a la casa a pie, y eso queda en la carretera de Cidra”.

Después estuvo en la fábrica de escobas de Matanzas hasta que fue llamado al servicio militar, dejando en casa un niño de seis meses de nacido. Durante esos tres años pasó un curso de tanquista y luego se incorporó al corte de caña en la zafra de los 70, etapa de la cual recuerda lo mucho que le gustaba esta faena, la cual considera un arte pues no todos dominan su técnica.

Culminado su servicio comenzó en la empresa de Acopio como estibador, oficio que le permitió ganar el mérito de Vanguardia Nacional.

“Gracias a eso viajé a la Unión Soviética junto a mi mujer en el año 86, con todos los gastos pagados. Estuve en Moscú, Leningrado y Kiev. Después de esto pasé a chofer en la misma empresa. Ya próximo a la jubilación, me incorporé a Comunales y cogí un área de chapeo en El Naranjal. Aquí me jubilé y desde entonces me dedico a mi trabajo actual. Llevo ya 27 años como cochero”.

COCHEAR, UNA DE SUS PASIONES

“Ser cochero llegó debido a mi pasión por los animales, especialmente los caballos”, me reveló Villalonga en uno de nuestros encuentros. “Quien tenga un animal debe mostrarle cariño como yo al mío, yo no lo dejo solito y cuando se siente mal no lo trabajo. En toda mi vida he tenido seis: algunos los vendí, otros se me murieron, hasta ahora mantengo al Niño, que tiene 11 años”.

Jesús Villalonga junto a su caballo El Niño.

“Ya una vez me lo robaron, era el tiempo en que lo tenía en una finca. Estaba un poco lejos de mí, ahí aprovecharon y me lo llevaron. A los pocos días la policía me llama como a las seis de la tarde para que fuera a buscarlo. ¡Es un privilegiado! Es de los escasos caballos que se han robado y luego aparecen.

“Siempre me han gustado. Cuando el Período Especial hablaron con unos cuantos de nosotros para cochear, el mismo Estado nos dio el vehículo, nosotros comprábamos el caballo y así empezó este medio de transporte en El Naranjal.

“A todo aquel que supiese manejarlo se le permitía cochear. En los inicios se cobraba un peso por persona hasta La Plaza e, incluso, trabajábamos Matanzas entera, lo mismo el puente de Tirry que Versalles. En ese entonces se tenía dos caballos, uno por la mañana y otro por la tarde. Había personas que cocheaban por la noche, pero yo no lo hacía, el animal debe trabajar seis horas; así dice el reglamento de veterinaria, y si no lo han cambiado, yo nunca lo llevo a las seis horas: a más tardar, cinco.

“Los tiempos son diferentes, han regulado mucho las cosas y no existen ni la disciplina ni el respeto de aquella época. De aquel entonces quedamos solo tres viejos, y solamente yo sigo cocheando”.

Debido a su amor por los equinos, Villalonga ha sufrido graves heridas. Fumándose uno de sus cigarros criollos, me contó cómo su espalda sufrió una fractura tratando de arreglar la escuadra del Niño.

“Cuando el huracán Irma pasó por aquí y nos dejó la provincia sin corriente, fui una mañana a la escuadra del caballo porque se le había caído el techo. Mientras cogía un palo y lo subía para calzarlo, sentí cómo me chasqueó la espalda. Caí en el piso muerto de dolor.

“Estuve ocho días rabiando del dolor, no dormía ni sentado. Hasta que un amigo me llevó a ver a un ortopédico y me sacaron la placa. El doctor no creía lo que veía. Me preguntó cómo yo bajé y subí las escaleras para llegar a la consulta, pues tenía la quinta vértebra fracturada.

“Por  mal que me sienta o enfermo que esté, salgo a trabajar. Yo me sobrepongo a todas las enfermedades, no creo en el malestar ni en dolores de cabeza. Cuando estoy curando me paso mucho tiempo sentado en el piso, y cuando me voy a parar las personas me quieren ayudar, pero yo les digo que yo puedo. No tengo casi problemas de salud, aunque por supuesto, la edad trae sus cosas, pero me siento bien a pesar de eso, te puedo echar una carrera de aquí al estadio como cualquier muchacho. A la mujer mía yo le digo que para yo morirme tiene que ser del corazón partido bien al medio; si no, no me muero tampoco”.

LA CURANDERÍA, SU SEGUNDA VIDA 

Además de cochear, curar se convierte en la segunda actividad que más realiza en el día. Desde cualquier parte de Matanzas lo visitan para sanar todo aquello que «la medicina logra erradicar». Sus manos han librado del dolor a muchas personas, ya sea por una indigestión o algún caso de hospital. 

“Soy curandero de toda una vida, es un campo que se me abrió de pronto. Yo curo lo que sea: malas digestiones, culebrillas, asma, bronquitis, espolones, giardia, hasta ojos de pescado. Por ejemplo, los viernes yo curo los ojos de pescado, los espolones y las espuelas de gallo. Lo hago ese día en específico porque dentro del reglamento está establecido así; al igual que quien hace la cura no debe comer porque puede sufrir una mala digestión. Eso es porque todo lo que tú sanas se te pega, hay viernes que tengo cinco o seis culebrillas, y después paso trabajo para descansar. Cuando me paso de cura se me altera mucho el sistema”.

Esta virtud la pone en práctica a través de la medicina natural, sobre todo con el uso de las hierbas. Desde niño estuvo rodeado de ellas. Cuando alguien de su familia enfermaba, su madre enseguida preparaba un remedio de alguna planta de su patio. Él afirma que por cada enfermedad existe una hierba para su remedio, lo que hay es que conocer de la materia. 

“Hay hierbas muy buenas, lo que hay es que saber el  diagnóstico de las personas para poder mandar la correcta. Las hay muy beneficiosas, pero también otras que, si el diagnóstico tuyo no las lleva, no las debes tomar.”

Resultan constantes sus palabras de devoción hacia las plantas, y sobre cómo estas todos los días le enseñan algo nuevo. Incluso, plantea que todo lo aprendió solo, y cada conocimiento lo guarda en su mente. No existe un libro en el que tenga escrito sus remedios, pues con sus 76 años afirma que nada se le olvida. 

El edificio en el que reside Villalonga constituye la primera edificación de su tipo construida en el Naranjal.

Debido a la efectividad de sus curas, casi todos los días a este señor le tocan a la puerta para ver si una dolencia tiene solución. Así lo afirma su esposa Celina, con la que lleva más de 50 años casado.

“Aquí no se para, constantemente entra y sale gente en busca de algún remedio o si no para ver si Villalonga los puede curar. Pasa lo mismo con el teléfono, es todo el día, gente que pregunta cuándo Villalonga los puede ver. A causa de eso son mis regaños constantes, porque en lo que termina de curar a una persona viene otra. Llegan casi las ocho de la noche y él todavía no ha comido. Y por supuesto, para entonces la comida está fría, casi tiesa, pero bueno, aquí se ayuda en lo que se puede”.

Sucede en su casa, en una barbería o en la piquera de los coches, donde a menudo pierde su turno porque repentinamente le llevan algún niño enfermo. No obstante, en el Naranjal no es el único lugar donde le solicitan, pues lo han llamado para realizar curas en hospitales como el Pediátrico, el Faustino Pérez y el Hospital Militar. 

UN HOMBRE AGRADECIDO

Para este curandero, el Naranjal representa su hogar y lugar de eterno descanso, vio cómo de unas pocas casas, algunas fincas con grandes parcelas de tierras y una escasa cantidad de habitantes, se expandía un terreno con múltiples edificios y probablemente una de las poblaciones más extensas de la ciudad de Matanzas. A esta localidad y a su gente ha consagrado la mayor parte de su vida. Pese a las dificultades, para él no existe lugar más bello.

También está muy agradecido a su familia. Su hijo, que aunque no viva con él, le alegra siempre el corazón con sus visitas. Con su nieto y bisnieta aún lejos, sabe que su amor está con ellos. 

Pero toda su devoción y dedicación a su pueblo, a los suyos, es recíproca. Muchas son las personas del reparto Armando Mestre que le agradecen sus curas y consejos, todas esas veces que Villalonga erradicó tanto una mala digestión o la mayor de las dolencias.  (Por: Beatriz Mendoza, estudiante de Periodismo)

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