La sonrisa de María

Retrato de María en la sala de su casa cuando contaba parte de sus memorias. Foto: Julio César García

Retrato de María en la sala de su casa cuando contaba parte de sus memorias. Foto: Julio César García

Menuda y discreta, de facciones delicadas y tristes, María parece una persona demasiado tímida para ser comerciante. Sin embargo, recostada a una de las puertas del Mercado Ideal de la Calle Medio, esta anciana aprovecha la multitud que asedia la tienda para vender sus jabas de nailon. Veinte, cuarenta, hasta cincuenta de un golpe le piden, casi le arrebatan quienes no quieren perder la oportunidad de comprar los frijoles que minutos antes había descargado un camión. 

A su alrededor la gente se amontona, riñe, chilla, suda y se insulta, amenazante. Mujeres y hombres, embarazadas y ancianos se adelantan argumentando las más lastimosas discapacidades.

“Muchacho aquí yo me he echado plays ricos de verdad —dice uno de los últimos de la cola, intentando sacar conversación con el de al lado y matar el tiempo—. Hace par de días ese mismo camión descargó azúcar y aquí volaron los bofetones, las galletas, de todo. No metieron puñalá porque no apareció el cuchillo en el momento”.

Primeras horas de la mañana, cuando María se dirige siempre caminando distancias muy largas  hasta su espacio de trabajo. Esquina de América y Contreras. Foto: Julio César García
Entrada del Mercado Ideal visto desde adentro. Ubicado en la esquina de Medio y Santa Teresa en la ciudad de Matanzas. Foto: Julio César García

Entre el gentío permanece con la mirada azorada, tratando de mantener respetuosa distancia con el resto de las personas aunque en el fondo se siente tranquila, incluso dichosa por aprovechar este tipo de oportunidades, cada vez más esporádicas, en que se abastece el establecimiento y se disparan sus ventas.

Hace más de veinte años que se dedica a lo mismo, en el mismo lugar, desde la remota conversación que sostuvo con una amiga que al saberla jubilada le propuso “meterse a jabera”.

—¿Te volviste loca? Eso me da tremenda pena —dice que le repitió muchísimas veces antes de aceptar, un buen día, su primer racimo de jabitas, más por la insistencia ajena que por convicción propia. El problema es que conocía a muchas personas de sus empleos anteriores, sobre todo de cuando atendía una tarima de productos agropecuarios en la antigua plaza de la ciudad, por lo que ahora no le hacía gracia que la vieran en estas nuevas funciones. 

Sin embargo, este elemento que consideraba en su contra se convirtió en codiciada ventaja entre los que se dedicaban al negocio, pues al identificarla los clientes preferían comprarle primero a ella que al resto. Ese día inicial le “voló” tan rápido la mercancía que quiso probar al siguiente, para comprobar si no era más que suerte del principiante, y así regresó, una y otra vez, hasta esta mañana de enero de 2023.

“Imagina que conozco a María hace más de 10 años y siempre ha sido una mujer muy luchadora —dice Daisy Ramos Mesa, dependienta del Mercado Ideal—. Nosotros aquí le avisamos de lo que sea que nos entre y procuramos guardarle siempre algo. Ella se lo merece”. 

Vista general del Mercado Ideal por Calle Medio. Justo a la entrada, en un costado de la puerta María tiene su sitio para vender las bolsas de naylon y otras confeccionadas con sacos. Foto: Julio César García

En el rato que lleva vendiendo esta mañana no son pocos los que se le arriman y bromean con ella, le preguntan por su salud, por su nieta pequeña, por si ya almorzó; y ella les contesta risueña, unas veces indulgente, otras con marcado asombro al enterarse de que la hija de Mariana se fue del país o que Alfredo, su viejo amigo, falleció hace unos días de una isquemia. Lo que más disfruta en la vida, dice, es llevarse bien con la gente. 

Quizá por eso asegura que con los años se ha habituado más al bullicio callejero que al momento de cobrarle los cinco pesos a sus conocidos. Antes todo fluía sin tanta presión, incluso muchas veces regalaba las jabas que las tenderas de las “shoping” le dejaban a 50 kilos y ella luego las “soltaba a peso”. Ahora, en cambio, las adquiere a cuatro y dejarse llevar por su buena voluntad le significaría un estrago inadmisible en su economía. Al menos, eso sí, a su favor tiene que ya los inspectores no se “encarnan” con ellos ni se los “comen” a multas, al concentrar más los efectivos en carretilleros y casas de venta. 

Detalle de las manos de María cuando sostiene las bolsas de naylon que suele vender en la calle del Medio. Foto: Julio César García

De cualquier forma María constituye ya, por antigüedad y disciplina, una presencia tan habitual como cualquier trabajador del mercado yumurino. Las personas persiguen tanto el arroz o el azúcar como a esa silueta cobriza, de rostro huesudo y abundantes mechones blanquísimos, que junto con la jaba le “ha salvado la vida a más de uno” que, después de cuatro horas de cola, se percata de que no tiene dónde llevar todo lo comprado.

Aun cuando hoy no las ha vendido todas, se comienza a apartar del tumulto cerca de las dos de la tarde. Dicen los que más le conocen que notaron una prisa infrecuente en ella, siempre propensa a ajustarse a los niveles de la demanda para complementar una chequera raquítica de 1 528 pesos mensuales. 

Primeras horas de la mañana, cuando María se dirige siempre caminando distancias muy largas  hasta su espacio de trabajo. Esquina de América y Contreras. Foto: Julio César García

No obstante, lo que desconoce la mayoría es que este 20 de enero de 2023 María Cristina Barbán Estrada cumple 76 años y desea hacer algo “especial” en lo que le queda de jornada. 

***

A María le disgusta su nombre, más bien le molesta que de tantas variantes su madre haya escogido una tan común en este país caribeño de tanta fe y herencia hispánica. Ella, que también tiene sus creencias, hubiese preferido que le asignaran el nombre del santo que le tocaba por el calendario, como hicieron con gran parte de sus hermanos; aunque, si vamos a ser justos, la decisión no partió de la voluntad materna, sino de la solicitud de la abuela, que anhelaba con todas sus fuerzas —cada vez más debilitadas— que la primera nieta llevara su nombre. 

Varios años después se convertiría en una presencia vital durante la niñez de María, persona que adoró hasta el día de su muerte; así que si se lo hubiera pedido a ella, dice, también habría cedido solo por complacerla. 

“Pasábamos mucho tiempo juntas, allá en el batey de Yara —Granma— donde nací, que, por cierto, está muy cerca de donde quemaron al indio Hatuey y ahora pusieron una estatua del hombre bajo una mata de tamarindo; de lo más lindo que está eso. Ahí va la gente a ‘tirarse’ muchas fotos y eso… Pero bueno, mi abuela, ella me enseñó a bordar mis primeras baticas y gracias a su paciencia aprendí muy bien esto de la costura, tanto que luego me pude ganar un dinerito como costurera; porque eso sí, menos robar, yo he hecho de todo en esta vida, desde miliciana hasta jefa de una combinada cañera”.

María habla precipitadamente de sus recuerdos, sin obedecer a cronologías o repercusión en su historia personal. Las ideas que le surjan durante el diálogo las intercala y punto; a ratos quieta, repetitiva, memoriosa, siempre comedida y certera en olores y detalles que enlaza con un hilillo de voz al que hay que acercarse bastante para comprender.      

Sentada en un pequeño banco de madera que suele usar para descansar en la sala de su casa. María muestra algunas fotos de su juventud y habla sobre su pasado. Foto: Julio César García

Su abuelo peleó en la Guerra del 95 y una de sus medallas la donó al museo de Yara, donde espera que se conserve aún, “pues aunque la vida se ha puesto muy difícil, hasta donde sé, en los museos todavía no se pierde nada”.

Del matrimonio de Ciro Barbán y Caridad Estrada nacieron dos muchachos más que se criaron junto a ella y con los que compartió, además de las hamacas de su pequeña casa de yagua, largas expediciones en las que se repartían el pueblo para vender dulce de coco, cilantro o las escobas de yarey que elaboraba su madre. 

“Ella tenía buena mano para los dulces y, como era ama de casa, esa fue la manera que encontró para agregar algunos centavos a los que aportaba mi padre con su finca. Eso sí, ¡mira que comimos boniato de esas tierras!”. 

A finales de la década del 50, cuando Fidel Castro inició la lucha contra la dictadura de Batista en la Sierra Maestra, Ciro se convirtió en guía del Ejército Rebelde. En sus caminatas para trasladar medicina o recados se hacía acompañar de “su bastón”, como llamaba a la niña María, de ocho años por aquel entonces.

Muchas veces ella se encargaba de avisar cuando los casquitos despejaban la carretera o vigilaba desde lugares bien seguros, en los sitios estratégicos a los que su diminuto tamaño le permitía acceder. No obstante, las “misiones” siempre se precedían de extensas discusiones familiares, en las que Caridad le reprochaba a su marido de manera cada vez más radical “si había perdido la mente o si tan siquiera estaba al tanto del peligro al que exponía a su hija”.

El carácter terco —y también mujeriego, valga la aclaración— del padre liquidó en poco tiempo el matrimonio y, cuando se marchó de la casa, junto con él salió María, que siempre andaba “reguindá” del hombre.

“No quise dejarlo solo y ya desde esa edad me encargaba de lavarle la ropa y cocinarle aun cuando no alcanzaba la meseta y tenía que encaramarme en un taburete para poder trajinar con los calderos. A partir de aquí comencé a despertarme casi de madrugada para dejar las cosas listas, y hasta el sol de hoy no he vuelto a dormir una mañana. Escucha lo que te digo, el cuerpo es hijo del maltrato”. 

Sus anticipadas responsabilidades, sin embargo, no consiguieron lastrar las memorias de su infancia. Al referirse a ella jamás lo hace desde la nostalgia o el amedrentamiento, sino desde la indiferencia a las calamidades, al vacío perdurable al que su pasado pudo haberla condenado y no lo hizo gracias al aliento de dicha que para ella impregna cuanto le ha sucedido en la vida.

María Cristina frente a la cocina de su casa. Este es uno de los sitios donde más  tiempo pasa,  además de las calles de la ciudad. Foto: Julio César García

“Siempre me quedaba tiempo para jugar y hasta el anochecer yo le metía lo mismo a las muñecas que al trompo, a las bolas, la suiza y hasta el dominó alguna que otra noche con mi padre. Me reía mucho. Tuve una infancia muy bonita, sobre todo muy divertida”.

***

En cuanto pudo viajó a La Habana para terminar el noveno grado, aprovechando el amparo de un par de primos que se habían integrado al Movimiento 26-7 y tras el triunfo de la Revolución se quedaron a vivir en la capital. 

Allá, además de estudiar, utilizó su estancia para vender durofrío a 50 kilos, flores en el puerto y cuidar niños en el círculo infantil Fe del Valle, con el fin de girarle algo a su madre, cuya salud se resquebrajaba por días y por quien terminó regresando a Granma, para atenderla mejor. 

De vuelta a su tierra trabajó como dependienta en varias bodegas y unidades de la Gastronomía, ganándose relojes, prendas, colchones, ventiladores y todo cuanto el sindicato concedía para reconocer la excelencia de sus servicios. 

Detalle de alguno de los pocos recuerdos perpetuados en imágenes fotográficas que María conserva de su pasado. Foto: Julio César García

“Incluso me otorgaron un curso de cocina importantísimo para Santiago de Cuba, pero lo rechacé. Estás loco. Con el miedo que le tengo a los temblores de tierra, y aquello que de vez en cuando se mueve por allá. ¿Y si me hundía bajo el suelo? Eso me da terror. De todas formas aprendí a hacer yogures, helados y un montón de platos más a través de un libro que conseguí, buenísimo, que tiene hasta recetas con maicena y nuez moscada. Por cierto, ¿recuerdas qué es la nuez moscada? Al menos yo no”. 

En las décadas siguientes tuvo a sus tres hijos y aunque su novio le propuso varias veces casamiento, ella lo “planchó” de forma absoluta. “Al final íbamos a durar lo mismo firmáramos o no el papel. Es que conocía a muchas personas que duraban menos después del casamiento que antes, como si lo que estuvieran firmando el día de la boda fuera el divorcio. En mi caso, apenas nuestro hijo mayor comenzó con sus enfermedades cardiológicas el hombre recogió y se fue. ¿Estaba clara o no?”

Retrato de María. Foto: Julio César García

Meses enteros de ingreso en hospitales, operaciones a corazón abierto, implante de marcapasos y consultas cada vez más frecuentes en instituciones hospitalarias de La Habana le obligaron a tener prolongadas ausencias laborales y gastos insostenibles para su escuálida economía, sobre la que gravitaba la alimentación de dos muchachos más.

Como hacía años uno de sus hermanos vivía en la ciudad de Matanzas, María no pensó dos veces la invitación que le hizo y arrancó con sus tres hijos para allá. Todos se acomodaron en un albergue de la calle Río; al menos si se le presentaba una emergencia estaría más cerca de la atención médica especializada.

Enseguida ella se gestionó un trabajo como auxiliar de limpieza del hospital Faustino Pérez. Al hijo mayor intentó insertarlo en la Empresa de Servicios Comunales, pero en muy corto plazo lo licenciaron por su estado de salud. Hoy, para contribuir con su madre, la ayuda en las mañanas con la venta de jabas frente a una panadería, y en las tardes atiende una cría de curieles que con cierta frecuencia le compran los chiquillos del barrio.

Yosbany, el hijo mayor, sosteniendo uno de sus curieles. Foto: Julio César García

El segundo trabajó en la Dirección Provincial de Cultura y tiempo después se marchó a vivir a Bélgica. “Imagina, el muchacho conoció en Varadero a una mujer de lo más buena, se juntaron y ya me dieron un nieto. Lleva 11 años afuera y todavía no se adapta al frío. ¿Puedes creerlo? Es que salió muy enfermizo. El pobre no puede ayudarnos mucho, está pasando veinte trabajos”.

En tanto, su hija más pequeña, sordomuda de nacimiento, no ha logrado sostener un vínculo laboral en una sociedad con muchos rezagos culturales que suelen aislar a quienes consideran inferior, o simplemente diferente. En estos momentos es madre de dos hijos, un adolescente y una pequeña de tres años, y continúa desempleada.

María Cristina a la izquierda y al fondo su hija de 48 años Marlenys cargando a su nieta Verónica de 2 años. Foto: Julio César García

Con 115 pesos de sueldo en el hospital, cuando María terminaba su jornada de trabajo se dirigía a la antigua plaza de la ciudad, donde la empresa Acopio concentraba productos agropecuarios para comercializar con la población. Allí lo mismo vendía que fregaba un cubículo. Hacía lo que encontrara a su paso y, como empezó a ganar más por esta vía, se consagró de dependienta tras una tarima y se jubiló, cuando la edad límite para las mujeres se fijó a los 55 años de edad.

Durante su estancia en este lugar conoció a un vendedor de pan con lechón que terminó convirtiéndose en su amigo y un día, al visitar el albergue donde paraba y quedar sobrecogido por las condiciones de “ese palomar”, le habló de un cuartico que conservaba para asar cerdos, allá por el barrio Los Mangos, pero que ya no le resultaba funcional por su ubicación en la punta de una loma; de forma que podía dejárselo a precio “de cochino enfermo”, concluyó bromeando. Ella vendió su “ranchito” en Oriente por el valor pactado y cerraron el negocio. 

Entrada y patio de la casa de María en Capricho Final en la ciudad de Matanzas. Justo en este lugar María Cristina tiende su ropa que en ocasiones lava al regreso del trabajo. Foto: Julio César García

***

La tarde de su cumpleaños, apenas llega a la casa María cambia sus sandalias por un par de chancletas cómodas y se tira en la butaca que tiene tras la ventana de la sala, sitio en el que suele quedarse largamente aislada y aletargada, para escoger el arroz o solo ver el tiempo pasar mientras reposa los pies de su caminata diaria.

Detalle de los pies de María. Foto: Julio César García

Me explica que al inicio, como las aguas de la Ermita de Monserrate escurren para esta zona, al menor “lloviznazo” se le anegaba la casa y tenía que pegarse a sacar el agua a base de cubos. Como sus brazos resistían cada vez menos los rigores de esta tarea, poco a poco juntó unos cantos que le sirvieron de contención a las inundaciones; pero por la premura —y ausencia de recursos— no previó la inclusión de ventanas, por lo que ahora no tiene más ventilación que la que traspasa la entrada o se filtra por el fondo, donde se encuentra la cocina, entre paredes bajas y manchadas por el hollín de la luz brillante que utiliza para cocinar, al menos hoy, un puñado de frijoles colorados.

María frente a su ventana. Una de las dos entradas de luz natural que tiene la casa. Foto: Julio César García
María frente a su ventana. Una de las dos entradas de luz natural que tiene la casa. Foto: Julio César García

—Estos son mis favoritos. Están caros los muy condenados pero decidí darme un gustazo —me dice y se dispone a pelar cuatro yucas con las que piensa complementar la cena. Antes de sentarse, rellena de agua los recipientes de los curieles. 

Bastante ilusionada, me comenta que consiguió algunos sacos de cemento y solo le falta embullar a un sobrino para echar el piso a la casa. Esta vez espera tener mejor suerte que en el ‘encarguito’ anterior, donde contrató a un albañil para fundir una meseta que al día siguiente había soltado un pedazo. 

“Los pobres somos así: avanzamos de a poco. Lo que tenemos que asegurar es la salud y voluntad de echar p’alante. Ah, y algo de comer, muy importante”. 

Durante los más de 20 años que habita esta casa, en incontables ocasiones ha recurrido a la institución de Vivienda en el territorio para solicitar algún espacio, por pequeño que sea, que pueda ocupar su hija con los dos niños, pero en todo este tiempo ha chocado contra una respuesta invariable: “No hay”. “A veces creo que porque soy de Oriente caigo mal, o que quizá hasta se hayan olvidado de esta casa, aunque luego pasan cobrando la FMC y el CDR y veo que no, que sí nos tienen presentes”.

Mientras hablaba su nieta se había acercado a la sala sin que ella se percatase. La toca por la espalda y le pide pan con leche. María libera una carcajada. “Claro que sí mi amor” —le responde y antes de meterse en la cocina me dice que la chiquitica le ha salido de armas tomar.

—A ver, cántale felicidades a la abuela —la provoca, pero la niña sonríe y le da la espalda, un poco tímida.

Habitación donde duermen María, su hija y su nieta . Al fondo una segunda habitación donde duermen su hijo mayor y y su nieto. Al final la cocina. Foto: Julio César García
Habitación donde duermen María, su hija y su nieta . Al fondo una segunda habitación donde duermen su hijo mayor y y su nieto. Al final la cocina. Foto: Julio César García

Verónica nació en el momento más crítico de la pandemia en Matanzas, un período del que María no se recupera aún. De hecho, achaca su inapetencia crónica a la tensión que vivió por aquellos días en que se quedó sola, pues a la hija la ingresaron en maternidad y el mayor se quedó varado por Oriente, tras coincidir la visita a algunos parientes con la interrupción del transporte interprovincial. 

Todavía hoy, desde la mañana hasta la tarde, no prueba mucho más que un dulce, algún jugo o un pan de gloria que le acerque su hijo mayor. “Pero yo te juro que no me da hambre. Para mí lo más importante es conservar las fuerzas para subir la loma que me conduce al mercado, y mientras Dios me las dé, aquí dentro de estas cuatro paredes yo no hago nada”. 

Para darle otro rumbo a la conversación, salta de su silla, se interna en el cuarto y segundos después sale con tres fotos añosas, dos de ellas bien pequeñas y en blanco y negro, junto a otra más actualizada, donde la eternizaron detrás del mostrador de la antigua plaza de la ciudad. “Esto es para que veas que yo no echo mentiras, que no siempre he sido así”. 

En la primera aparece casi adolescente, y la imagen refleja un día de romance con el padre de sus hijos, en el que prefirieron conversar a la orilla de un río. En la otra, como de carné, llevaba el pelo corto, crespo y oscuro, muy diferente a la melena blanquecina que se desploma sobre sus hombros en el retrato más presente. 

En todas sonríe, y es precisamente este un elemento que parece inalterable en su fisonomía, una sonrisa contenida y ambigua que varias décadas después le imprime un aliento tibio, como de esperanza, al rostro exhausto de esta mujer.  

Mientras se marcha para ablandar la yuca, la reja de la entrada se abre y, con ella, se desata el alboroto de los curieles que empujan sus hocicos contra las mallas de la jaula. El que entra es Yosbany, el hijo mayor, con una bicicleta cubierta de hierba de guinea. Apenas la distribuye se la empiezan a tragar nerviosamente, hundiendo sus cabezas en los recipientes, peleando, lamiendo, chillando. 

Detalle de las manos de su hijo mayor Yosvani quien siente una gran afición por la cría de curieles  y los animales en general. Foto: Julio César García
Detalle de las manos de su hijo mayor Yosvani quien siente una gran afición por la cría de curieles y los animales en general. Foto: Julio César García

El hombre presume que los animales ya le conocen, que la reacción no es solo por la comida —a fin de cuentas también servida por su hermana y su madre—, sino porque lo identifican y quieren, y eso le hace feliz. Se queja de la alimentación, cada vez más escasa. Antes al menos conseguía harina y molía un poco de chícharo que mezclaba y los curieles se le ponían en tres o cuatro libras. Ahora tiene que dar mucho pedal para “empatarse” con un poco de canutillo, espanta muerto o hierba de guinea, que es lo que encuentra en los alrededores.

María y su hijo Yosvani mientras calientan agua en el fogón pique y el la ayuda a escoger arroz. Foto: Julio César García
María y su hijo Yosbani mientras calientan agua en el fogón piqué y él la ayuda a escoger arroz. Foto: Julio César García

“Yo vendo la mayor parte, pero no te niego que de vez en cuando me como alguno. Son riquísimos. Saben a pollo. El próximo que me coma lo voy a hacer asado, eso debe quedar exquisito. Si quieres te aviso”.

—Oye, no metas más cuento que te estoy escuchando —nos interrumpe jocosamente Lorenzo, el otro nieto de María, que llega descalzo de jugar pelota con los “socios” del barrio.

De vuelta a la casa, la anciana me explica en voz baja que con ese muchacho ha tenido mala pata para buscarle trabajo. Ya ha probado en panaderías, dulcerías, “me fui hasta los Mosquitos a ver si luchaba algo por allá, pero nada”. Ahora espera de todo corazón que lo reclute el Servicio Militar a ver si se encamina, pues ya está próximo a cumplir los 18 años. 

A la izquierda Yosbany de 50 años, hijo mayor de María, y sentado su nieto Lorenzo, en la sala conversando. Foto: Julio César García

En lo que esto llega, Lorenzo dedica sus días a pescar en las cercanías de la Zona Industrial de Matanzas. Mientras espera la comida, saca un carrete de nailon grueso, azul celeste, y comienza a ensartarle un anzuelo en la punta. 

 —¿Cuánto crees que valga esta joya? —me pregunta sin despegar los ojos del carrete.

—Mil pesos.

—Te quedaste corto. Tres mil quinientos y no lo vendo, fíjate lo que te digo. Ya como este no lo hay en ningún lado. Es un nailon muy pescador, de pejes grandes, serruchos, agujas, jureles, cosas así. Con él cogí una vez una picúa de 17 libras que tuve que picar a la mitad para que cupiera en la nevera, imagina cómo estaba el bicho ese. 

—Mira tú, con el tiempo que hace que en esta casa no se come pescado —salta María, pero el nieto hace como que no la escucha. Se limita a jugar con el piercing de su lengua y enrollar mejor su carrete.

—¿Y qué haces con tus capturas? —insisto yo. 

—Venderlos y darme mis gustos. Soy joven y no hay nada malo en eso, ¿no? 

—Claro que no… pero cuéntame, ¿te da negocio?

—Muchacho… un día normal allí tú llegas con unos cuantos chicharros de carnada y por la noche fijo se te pega un jurel. Ya ahí trabaste mil cañitas. Pero si eres alguien de experiencia como yo, siempre dejas cuatro o cinco carnadas para la mañana, que es buena hora para el serrucho, por ejemplo, y con uno medianito de 25 libras ya tienes asegurados cinco mil pesos más. Y te hablo por mí que los doy baratos. ¿En serio crees que voy a traer esos pejes para acá? Ni jugando, lo que pasa es que mi abuela no entiende nada. 

Esta última frase quedó suspendida en el aire, con incómodas resonancias tras el silencio repentino que se dilató sin que lo quebrara respuesta alguna, pues minutos antes María había regresado a la cocina para apagar el fogón. 

María en la cocina, preparando toda la comida. Foto: Julio César García
María en la cocina, preparando toda la comida. Foto: Julio César García

De nuevo en la sala, Verónica le tiró de la mano y esta vez, sin previo aviso, le gritó un “¡Felicidades!” en hermosa jerigonza que le devolvió la sonrisa a la abuela. El nieto, que aún manoseaba el nailon, no pudo disimular el gesto de quien se acaba de despertar súbitamente y desde su silla también la felicitó.  

Verónica, la nieta de María recibe la primera cuñita de kake el día en que su abuela cumplía 76 años. Foto: Julio César García
Verónica, la nieta de María, recibe la primera cuñita de kake el día en que su abuela cumplía 76 años. Foto: Julio César García

Poco después María serviría la cena, comería frente al televisor y fregaría los platos, antes de tirarse a dormir y finalizar su jornada especial.  

A la mañana siguiente despertará temprano —casi de madrugada—, colará café, llenará los tanques de agua —porque después se va y se queda sin bañarse—, descongelará el refrigerador —“el desgraciado desde que perdió la junta hay que cerrarlo con un cordón”—, dejará listo el almuerzo de su nieta y se apresurará a salir hacia el Mercado Ideal, no sin antes pedirle a Dios que le conserve por mucho tiempo más sus fuerzas para subir lomas.

María camino a su bregar diario desde lo más alto de la calle Capricho en el barrio de los Mangos de la ciudad de Matanzas

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Sobre el autor: Ayose García Naranjo

9 Comments

  1. ¡Qué clase de periodismo! Conmovedor, estremecedor testimonio de una mujer humilde y luchadora de estos tiempos, y un fresco tremendo de su realidad, que es la de muchos hoy. Felicidades y merecidísimo el reconocimiento recibido por este trabajo, que se nota hizo no solo desde la excelencia periodística, sino también desde el lado izquierdo del pecho.

  2. Gracias, Ayose, por un periodismo tan humano y honesto, sin prejuicios ni triunfalismo. Ojalá sirva también para mejorar la vida de María y de muchas personas que sobreviven como ella.

  3. Escuché acerca del escrito, hoy, en Radio Rebelde, y me impulsó a buscar el trabajo.
    Espero sea el primero de muchos otros, de este corte, a lo largo y ancho del País.
    Felicitaciones!!!

  4. Maravilloso trabajo periodístico, felicidades a su autor. Este periodismo es el que nos hace reflexionar ante la vida y sirve además para todo el que lo lea, reflexione ante sus modos de actuación en la Cuba de hoy. María es un ser excepcional, sus necesidades no han logrado que pierda su ternura y su amor al prójimo. Dios le de larga vida y su ejemplo como ciudadana tribute al mejoramiento humano de no pocos cubanos en la Cuba de hoy.

  5. Es un artículo honesto que habla de un tema raro en la prensa en Cuba la migración interna y las condiciones y riegos de toda clase a la que se exponen esas familias, lo agradezco pero también me agrede un poco.

  6. Gracias por ese retrato tan conmovedor. Magníficamente ilustrado con esas fotografías de arte. Una joya. Me quedo sin palabras. Solo GRACIAS.

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