Animales fantásticos matanceros: la lechuza blanca

Los animales otorgan a las ciudades cierta energía cinética (vida=movimiento). Cuando caminas de la casa al trabajo y te pones a saltar de raya a raya sobre las baldosas de las aceras, porque crees que si no lo haces el muermo apagará el switch de tu cerebro y te dejará en modo catatónico off, un buchón que vuele por encima tuyo, como una mota de polvo en los cristales de los espejuelos, puede salvarte de la desesperación.

Solo lo miras hacer rayones en el cielo y te sientes feliz, porque te recuerda que todo no está programado, cronometrado, ajustado en planes en quinquenales y recomendaciones de los nutriólogos y oficiales de tránsito.

Siempre que haya oscuridad debe existir la luz como contraste. Si la primera son los totíes que se apoderan del Parque de la Libertad en las tardes y que cuando abren sus alas parecen que se tragaran la ciudad, el rol de la segunda les corresponde a las lechuzas.

Cuando uno hace estancia en los bancos del parque, no resulta extraño percibir de repente que un rayón blanco, como si fuera un haz de luna, cruza el cielo. En picada cae sobre la copa de los árboles y escinde la oscuridad de las aves que se acicalan sobre las ramas.

Los totíes vuelan despavoridos lejos del cazador luminiscente, que rara vez no se lleva una víctima entre sus garras, como si fuera un trozo emplumado de noche. Algún nerd que ande por los alrededores podría decir, ilusionado, que es Hedwig, la mascota de Harry Potter, que cambió los grises cielos ingleses por el cubano, más límpidos.

Los otros transeúntes solo se quedarán deslumbrados ante el caos que revolverá sus monotemáticas rutinas. Quizá los más metafóricos piensen que es un augurio de que incluso en la noche más cerrada siempre habrá, aunque sea, un rayo de esperanza.

Una madrugada encontré el cadáver de una lechuza en uno de los senderos del parque de la catedral. Pensé que era una señal de que se acercaban épocas difíciles. El cerebro a veces trabaja con esas asociaciones ilógicas, pero que toma como verdades inapelables.

Durante un par de días anduve cabizbajo, con la mirada cosida a la punta de los tenis, hasta que una noche volví a ver el rayón blanco que caía en picada. Parece que nunca hubo una sola de ellas, sino varias que se turnaban para cazar. Entonces entendí que la luz no muere, sino que se multiplica. 

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