¡Nop!

Ficha técnica de ¡Nop!:

Título original: Nope

Año: 2022

País: Estados Unidos

Dirección: Jordan Peele

Guión: Jordan Peele

Reparto: Daniel Kaluuya, Keke Palmer, Michael Wincott, Steve Yeun, Brandon Perea, Terry Notary, Donna Mills

Duración: 130 minutos

Desde la primera aventura de Kong en la jungla del asfalto hasta ¡Nop!, casi nunca la fantasía ha descendido tan cerca de la realidad para demostrar que el hombre posee el instinto devorador del espectáculo, la necesidad de cosificar lo desconocido y someterlo a su insaciable curiosidad. No en vano esta película crea a modo de flashback una versión corta y creíble, menos pantagruélica, del clásico de Cooper y Schoedsack; a partir de entonces, Jordan Peele plantea su siguiente juego y se lanza a su particular propuesta de lo inverosímil, que involucra la mejor amenaza extraterrestre luego de Señales (2002, M. Night Shyamalan).

Ver o no ver, he ahí la cuestión; subestimar o no la sensibilidad de la bestia, diferencia que Peele confía al poder de la mirada en su historia. Argumental y visualmente, la manera de mirar de sus personajes manifiesta un poder indescriptible; no tanto por cómo están de bien los actores cuando lo hacen, sino por la sugerida magnitud y trascendencia de aquello que, aterrados, fascinados o aleccionados, ellos ven y nosotros intuimos.

El creador de ¡Huye! (2017), Nosotros (2019) y el guión de Candyman (2021) mantiene no solo la tradición de titular sus películas con expresiones de diálogo, sino también la maestría y originalidad que ha caracterizado su corta carrera como director-guionista. Lo consigue sin traicionar lo personal de su estilo, renovando temáticas gastadas, logrando la mejor exaltación de la raza negra desde tiempos del blaxploitation; entre otros apuntes que le hacen uno de los más capaces y estimulantes de nuestro tiempo. Pero si su combinación durante las obras antecedentes parecía encumbrarle como icono mayor de un género auténtico que podríamos llamar horror racial, en ¡Nop! su universo se expande.

Esta vez, sobre la pradera que imagina y representa como vasta, silenciosa, casi prehistórica, en cuyos ambiguos límites establece el drama de O.J., (Daniel Kaluuya) y Emerald (Keke Palmer), además de la nube que les inquieta también se cierne la sombra del Spielberg de Encuentros en la tercera fase. Dos peripecias más terrenales que cósmicas en el fondo, en una de las cuales actuó el maestro François Truffaut y en la otra, a falta de Werner Herzog, hubo de contentarse Peele con un Michael Wincott estupendo en la piel de cineasta acérrimo; por lo cual se intuye en ambos americanos, en sus respectivos momentos, el respeto a sus mayores y el deseo imposible, quizá mayor que su propio ego, de que sus homenajeados referentes se atreviesen a combinar lo bueno de antes con la novedosa ambición de la era blockbuster.

No se puede obviar la persistente influencia del Kubrick de El resplandor en las películas de Peele, clásico que ha citado entre sus predilectos dentro del género, a la hora de engrandecer una trama sencilla mediante simbolismos varios, con todo el riesgo que ello pueda conllevar y al que se sobrepone en calidad de maestro de los escalofríos pero aún prometedor. El resultado es impactante y conmovedor, con un control envidiable del tempo narrativo gracias al cual todo sucede a su debido turno, a su debido ritmo, y ninguna prisa banaliza el chocante hallazgo que nos espera, ni se explican demasiado las cosas.

La idea de convertir a los hermanos protagonistas en descendientes del jinete negro que ilustró con su destreza hípica uno de los primeros experimentos fílmicos, posibilita varios puntos a favor del conjunto: la doble reivindicación (del cine y de los negros); el símil de que la presencia afrodescendiente en la industria es tan antigua e ignorada como el acompañamiento de vida no terrestre a nuestra especie; el desplazamiento de ambos jóvenes en la sociedad de su tiempo, sentimentalmente unidos como están a días de gloria pasada… El sucesivo cambio de la tragicomedia al suspense, del suspense al terror y del terror a la épica no contribuye tampoco a enmarcar fácilmente el estilo del film en una tradición precedente, solo acaso en la desbordante hibridación de influencias que alcanzan los autores cuando se describen a sí mismos en cada plano.

Pese a la apariencia de deslumbramiento casual que conlleva el cine de espacios abiertos y espíritu aventurero, hay intencionalidad y perfeccionamiento notables en los encuadres, incluso un aprovechamiento máximo de los bordes del fotograma, como cuando la entidad enemiga acecha desde lo alto a O.J. o durante la aparición sucesiva de siluetas anómalas en la semioscuridad de un establo. La posición de la cámara y la duración de los planos, alternando entre cortos y prolongados dentro de una misma secuencia, incrementa la adrenalínica alternancia entre los ominosos silencios y la resolución rápida de esas situaciones riesgosas que en alto grado de empatía llegamos a compartir. Solo así se puede generar claustrofobia en un lugar tan poco cerrado como una llanura, y recuerdo la diabólica avioneta que perseguía a Cary Grant en Con la muerte en los talones.

Subyace un encanto físico que hace justicia al legendario jockey exhibido en aquella primitiva secuencia fotográfica en movimiento: es la autenticidad perdida y rara vez recuperada, que se abre paso a pesar de los adelantos tecnológicos al alcance de los presupuestos actuales, y maravilla a los ojos cuando Daniel Kaluuya desafía el peligro a caballo entre nubes de polvo, cuando Keke Palmer frena la moto en un momento digno del capitán Hilts en La gran evasión, o cuando Michael Wincott inmortaliza a golpe de manivela y pasión lo que acontece ante su profesional mirada sin más iluminación que la luz solar ni mayor sonido que sus palpitaciones.

Peele se ve reflejado en este último, con el que comparte la vocación por la imagen de un Flaherty, de un Van Dyke, de cualquier apasionado por el cinematógrafo desde los orígenes de la invención que haya tenido la suerte de contar algo por primera vez, o al menos transmitir esa sensación.

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